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La Hillary y el Obama del PP

Por PILAR PORTERO (SOITU.ES)
Actualizado 16-01-2008 14:53 CET

Gallardón y Esperanza. ¿Qué prefieren los españoles, una presidenta aznariana o un presidente al que votaría la oposición? Mujer o negro. Seamos realistas, tanto el alcalde de Madrid como la presidenta de la Comunidad de Madrid quieren vivir en la Moncloa, y no precisamente llevando los papeles a Rajoy.

La decisión del candidato del Partido Popular de no incluir a ninguno de los dos en las listas electorales parece un acto más de la opereta que desde hace años protagonizan los dos dirigentes peperos. Las zancadillas que se ponen y el odio que se profesan, alentado por sus colaboradores más próximos bajo la promesa eterna del off the record, resulta sospechoso. Creer que un partido nacional que presume de solvencia y unidad pueda estar sujeto a las rencillas de dos de sus miembros por muy decisivo que sea su tirón en las urnas, escama.

La película de ayer es difícil de digerir: Rajoy llama a capítulo a Espe y Alberto y, ante un testigo como Acebes, reflexiona en voz alta sobre la oportunidad de que Gallardón cumpla su sueño. Aguirre se opone y exige su inclusión en las listas junto con su enemigo. Rajoy corta sus cabezas sin titubear. Tan increíble como que Gallardón dimita tras las elecciones

El momento de mandar al garete toda una vida dedicada a la política es ahora, no cuando un hipotético triunfo o una derrota abra un nuevo abanico de posibilidades. Pudiera ser que entonces Rajoy le resarciera con un ministerio o que la inevitable renovación en caso de fracaso le sirva su ansiada oportunidad en bandeja. No valen las amenazas, nada le impide materializar su deseo de abandonar al partido que le margina.

Que la proximidad del poder nubla la vista no es ninguna novedad. Si hasta Zapatero a estas alturas está convencido de que ganó las elecciones por su carisma y magnetismo, como no iba Rajoy a sacrificar a dos pesos pesados tras un ataque repentino de narcisismo. Está estudiadísimo también el efecto perverso del autoengaño colectivo en situaciones de tensión política. Kennedy y el desastroso desembarco de Bahía Cochinos en 1961 figura en multitud de libros de psicología como caso claro de obviar la realidad.

Se siente, pero los golpes de mano no le pegan a Rajoy. Si ha aguantado cuatro años con un ex ministro del interior pegado a la chepa que se quemó el mismo 11-M y al que debería haber jubilado nada más perder las elecciones y vuelve a apostar por Zaplana para acompañarle en la carrera por hacerse con el Gobierno, no parece probable que juegue a Rey Salomón con los dos candidatos más famosos y populacheros.

Y es que, aunque Gallardón y Esperanza se tiren los trastos a la cabeza como si esto fuera "La guerra de los Rose", ambos tienen demasiados puntos en común: Un orgullo a prueba de bombas, escuela para meterse a la prensa en el bolsillo y convencer a los periodistas de que el falso compadreo que gastan es auténtico, facilidad para mezclarse con el pueblo y resultar cercanos, capacidad para bailar un chotis o hacer el payaso en cualquier latenight de la tele sin complejos, una vanidad rayana en lo patológico y la innata vocación de presidentes de este país. Cualidades no les faltan para alcanzar su meta.

Sólo falla que ella es mujer y él es de un color no identificado. Pizarro, por muchos aplausos que haya recibido en su presentación como segundón, no puede superar el número de votantes que acumulan entre ambos. La visceralidad nunca debería ser un argumento político. Se supone que las decisiones están consesuadas entre la cúpula. Y si hay que comulgar con ruedas de molino y aceptar que Rajoy, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, ha decidido dar la campanada en el último minuto, resulta preocupante que padezca de Aznaritis aguda sin ni tan siquiera haber olido el sillón presidencial.

Gallardón y Esperanza merecían una oportunidad. Cuesta perdonar a Rajoy por privarnos de tan apetecible show.

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