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Desolación en Génova

Por PILAR PORTERO (SOITU.ES)
Actualizado 10-03-2008 03:53 CET

Pizarro, enojado, no ha escondido su disgusto desde que los primeros sondeos adelantaban la derrota. La confianza en una posible remontada que reinaba en la sede del PP durante la tarde, alentada por sus dirigentes, se ha ido esfumando durante la noche. A las 12 en punto, la carroza volvía a ser calabaza.

Los periodistas hacían cola para recoger su acreditación a la entrada de la sede del PP. Eran las 19: 30 de la tarde y la consigna entre los dirigentes populares era conservar la ilusión. La frase 'sólo son sondeos, hay que esperar a los resultados y estos van a ser mejores' era denominador común. Daba igual que le preguntases a Soraya Saénz de Santamaría, la única mujer que ha salido a saludar junto a Mariano Rajoy, aparte de su compungida mujer, o a Juan Costa, o a Moragas, o a Vidal Cuadras. Todos parecían convencidos de que lo mejor estaba por llegar.

Manuel Pizarro, el menos político del equipo, en cambio no disimulaba su enojo. Amarrado al teléfono, dando explicaciones, subía y bajaba las escaleras de Génova, con cara de pocos amigos. Cuando Aznar le convenció para que dejará el sillón en el consejo de Telefónica, el concepto derrota no debió estar presente en la negociación. El ex presidente de Endesa, que ya había pulsado algunas teclas para confeccionar un equipo a su medida tras la victoria electoral, no estaba preparado para lo que a la vista de su reacción, considera una humillación. Su oportunidad ha pasado y la sensación de amargura que estaba viviendo era tan notoria que cualquiera que se cruzase con él, lo percibía.

Mientras en los corrillos exclusivamente populares se desinflaban, las bases seguían soñando con un milagro que les permitiese acortar la distancia, rozar la presidencia. Cuando la secretaria de Pío García Escudero rompió a llorar en la calle, mientras esperaba que Rajoy y su jefe comparecieran en público, la desolación alcanzaba su climax. Los más jóvenes, los moderadores de los foros del partido, los cachorros, alentaban a su presidente con los ojos húmedos. Se habían dejado la piel, como se repetía la secretaria de Escudero, y los nervios les traicionaban. Emocionados, sabían que estaban protagonizando un momento histórico: Rajoy no volvería a dirigirse a ellos otra noche electoral. Su líder no daba más de si. Habían gastado las energías en apoyarle, estaban exhaustos. Sólo querían irse a casa.

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