Las leyes electorales deberían tener una cláusula en letra pequeña para casos extremos. Porque a veces los resultados electorales son tristes de ver, y más tristes de sufrir. Es lo que ha pasado en Nepal: la gente, harta de la monarquía absolutista y de que los miembros de la familia real estuvieran todo el rato masacrándose (y masacrando a la población, de paso), ha votado en masa a la antigua guerrilla maoísta. Ahora tendrán un régimen comunista aliado de China pero, por las trazas del asunto, con un ramalazo a Corea del Norte.
Eso está pasando también, parece, en Italia: la gente, harta de una izquierda que se pasa la vida peleándose y que, en los dos años del gobierno de Prodi, no ha hecho nada más que hablar, se ha tapado la nariz y ha votado al de antes. O sea, a Silvio Berlusconi. Nada menos. Hay que estar muy desesperado para votar a Berlusconi, considerando que ya ha sido otras dos veces presidente y que, hasta donde se sabe, ha hecho poco más que arreglar asuntillos de sus empresas.
Mi propuesta está pensada para casos como esos, y está inspirada en los concursos televisivos, que siempre dan al concursante alguna segunda oportunidad. A primera vista, puede parecer una burrada. Pero piénsenlo bien: si se vieran en la necesidad de elegir entre lo malo y lo peor (y no digo que no les haya ocurrido ya), ¿no les gustaría disponer de una tercera opción? No hablo del voto testimonial o en blanco, sino de una fórmula que aseguraría la gobernabilidad y, además, el entretenimiento.
Para casos como los que he citado, y muchos otros que se dan o pueden darse, propongo la «fórmula cambio». Viene a ser como el concursante que no se fía del paquete que tiene delante, o pide la ayuda del público. La «fórmula cambio», que, en mi opinión, debería ser patrocinada y supervisada por la ONU, consistiría en algo muy simple: el votante desesperado vota normalmente al candidato o lista que le parece menos horrible, pero escribe en la papeleta las palabras «fórmula cambio». Se hace el recuento y se establece un ganador, pero al mismo tiempo se cuentan las papeletas con «fórmula cambio». Y si son mayoritarias, pues eso, «cambio».
El gobierno electo se intercambiaría, según mi propuesta, con el de otro país que hubiera realizado elecciones más o menos al mismo tiempo, y que también hubiera votado por «fórmula cambio». Ahora mismo, por ejemplo, se trataría de Nepal e Italia. Los nepalíes se encontrarían con un primer ministro chistoso, cosa que viene muy bien para el tedio de las montañas, con varias televisiones privadas y con un montón de futbolistas y señoritas en bikini. Los italianos, por su parte, tendrían un gobierno maoísta que intentaría al principio hacer la reforma agraria, pero luego se acomodaría y, serios y formales como son los maoístas, pondría un poco de orden en las cuentas públicas y, por fastidiar a los curas, aprobaría una ley de parejas de hecho.
La «fórmula cambio» puede funcionar. Seguro que los italianos y los nepalíes se apuntan enseguida.