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Mi vida sin CO2

Por MIGUEL MORENO (SOITU.ES)
Actualizado 01-07-2008 19:58 CET

No es fácil vivir sin producir CO2. Como la investigación requiere, por necesidad, sobrevivir, hemos decidido no contabilizar el dióxido de carbono que produzco al respirar, básicamente por las contraindicaciones que implicaría dejar de emitirlo. Aceptada esta salvedad, en soitu.es queremos comprobar si es posible vivir, un día por lo menos, sin producir absolutamente nada de dióxido de carbono. Empieza el reto cero CO2.

El primer problema llegó con Esther, mi compañera de piso. No hubo forma de convencerla de que apagar la caldera salvaría el planeta. Su argumento de que si me quiero duchar con agua fría es mi problema resultó ser inderrumbable. Puesto en el brete de la soledad del ecologista incomprendido, concluí que la solución necesaria pasaba por apagar la caldera sin decírselo. Al margen de la bronca que me echará cuando lea estas líneas, la medida fue un éxito, con lo que conseguí ahorrar en torno a 6,43 kg de CO2, según las cuentas que nos han hecho en la Fundación Ecología y Desarrollo (Ecodes), gracias a ducharme con agua fría. He de reconocer que en este aspecto hice algo de trampas, ya que he estado posponiendo este artículo hasta que me ha parecido médicamente sensato enfrentarme a un duchazo sin calentador. Ahora, despertándome con 24 grados en el ambiente, lo que me parece increíble es darle al agua caliente hasta que se empañen los cristales.

En cualquier caso, como en invierno el sacrificio sería sin duda menos llevadero, se puede recurrir a otras medidas (la más sencilla: acortar el tiempo bajo el agua). Cecilia Foronda, responsable del proyecto CeroCO2 de la Fundación Ecología y Desarrollo, me recuerda que si mi casa tuviera paneles solares, me ahorraría estas 'penurias'. Las casas de nueva construcción están obligadas desde 2007 a contar con paneles solares que cubran la demanda de agua caliente. Mi casa es antigua, pero podría instalarlos a cambio de dos días de obras y unos 5.000 euros, según las tarifas de APLISOLAR (bien es cierto que hay subvenciones).

Antes de salir de casa, me encargo de apagar todos los aparatos eléctricos que tengo a mano. Estoy acostumbrado al puntito rojo de la televisión y de la Playstation, pero, según Foronda, esa miserable luz puede llegar a suponer hasta un 10% del consumo eléctrico anual de una casa, es decir, hasta un 10% de la producción de CO2 anual de un hogar.

En la puerta de casa, me espera el ascensor. Cruzamos las miradas, golositas, tentadoras... Vivo en un séptimo. Para no resultar repetitivo, no voy a hacer hincapié en cada vez que subo o bajo las escaleras, pero tened en cuenta que son 120 peldaños, por los que habré pasado 12 veces para el final del día. Al fin y al cabo, son otros tantos viajes en ascensor que habré ahorrado, y cada uno de estos trayectos equivale a algo más de una hora de luz con una bombilla de 60 vatios. Haciendo cuentas (una bombilla de 60 vatios emite 23 gramos de CO2 en una hora), en todo el día he ahorrado cerca de 276 g de CO2. Parece ser que los beneficios para mi salud son innegables, aunque llegada cierta hora, bajar y subir escaleras comienza a entrañar ciertos riesgos (evidentemente, no iba a encender la luz del descansillo: ¡reto cero CO2!). En lo que a mí me toca, la gente puede invertir en gimnasios, que yo ya buscaré en qué meter la pasta que me ahorro escalón a escalón.

Contaminación laboral

La redacción de soitu.es está bastante bien comunicada por transporte público, y puedo optar por autobús, metro, o cercanías. De los tres, el autobús es el que más dióxido de carbono emite por los combustibles que utiliza. Por poco que emitan, tanto el Metro como el Cercanías producen algo de CO2, y yo estoy muy metido en nuestro reto como para permitirme deslices. La opción más ecológica, la bicicleta. Media hora larga de ciclismo, en buena parte cuesta arriba, me ayuda a prevenir un infarto y a ponerme en forma, pero vamos, me resta 15 minutos de sueño que podría regalarme si optara por el Cercanías, aparte de obligarme a un cierto aseo nada más llegar a redacción. Lo bueno es que a las 6 de la mañana ni siquiera en Madrid hay mucho tráfico y llegas al curro mucho más despejado. Más cómodo, sin duda, sería cogerme yo solo el coche para un trayecto para el que tengo a mi disposición cualquier transporte público. Tan cómodo, de hecho, que es la opción de tanta gente que de hacerlo me chuparía un buen atasco cada día y emitiría, con un coche medio, entre 150 y 190 gramos de CO2 por kilómetro.

En redacción es difícil escatimar luz. En un antiguo garaje de unos 400 m2, optar por la luz ambiental es pseudo utópico y, siendo un medio digital, apagar el ordenador no es una conducta ecológicamente responsable, es simplemente motivo de despido. Eso sí, nos alumbran fluorescentes y bombillas ecológicas, que "consumen un 80% menos que una bombilla normal", asegura Cecilia Foronda. Las cuentas que nos han hecho desde Ecodes cifran la parte que me toca cada día en la contaminación de la oficina: 10 kg de CO2 por los fluorescentes y 7,89 kg por los ordenadores.

El reto del CO2 se complica a la hora de comer. Jamás había pensado que mi comida contaminara, pero cuando me lo explica Foronda me parece lógico: "Ah, claro, por la emisión al cocinar y eso", "Sí, bueno, y por la mochila de CO2". ¿Qué? ¿Qué es una 'mochila de CO2' y desde cuándo carga con ella mi comida? Foronda me explicó que la comida, y en general todos los productos, tienen un CO2 que se acumula a lo largo de su producción, transporte... Por tanto, me recomendó comer alimentos que se produzcan cerca de donde vivo y cuya producción genere menos CO2. Suprimida cualquier opción marina (no hay forma de que a Madrid llegue pescado de aquí cerca), Foronda me recomienda hacerme vegetariano, porque la carne expulsa mucho más CO2: "Sólo las defecaciones emiten un metano que no producen las plantas".

La página web de Bon Appétit Management Company asegura que nuestra dieta es responsable de un tercio de las emisiones de efecto invernadero y ha desarrollado una calculadora online donde puedes hacerte tu propia dieta ecológica. Tras casi 45 minutos pegándome con la sartén virtual de la página, mi menú se va al garete cuando voy al restaurante con mis compañeros y no tienen nada de lo que había elegido. Intenté seleccionar, de lo que había, lo que me parecía que contaminaría menos, y éste fue el menú que me salió:

  • Sopa: 296 gramos de CO2 equivalente
  • Arroz: 764 gramos de CO2 equivalente
  • Atún: 295 gramos de CO2 equivalente
  • Helado: sin datos
  • Total: 1.355 gramos de CO2 equivalente, sin contar con el helado, y la página web me alerta de que estoy desertificando el planeta.

(CO2 equivalente es una medida internacional que incluye todos los gases de efecto invernadero)

La contaminación en el ocio

Veinte minutos de regreso en bici (la vuelta a casa es cuesta abajo) a las cuatro de la tarde, con 41 grados asomando en los termómetros que me cruzo, me hacen echar de menos el aire acondicionado y valorar sobremanera los árboles que desde la acera vierten algo de sombra a la calzada.

Metido ya plenamente en mi tiempo de ocio, decido esquivar mi casa, y evitar así la tentación de encender cualquier bombilla o electrodoméstico. De hecho, la idea era pasar el día entero sin encender la tele, pero claro, el día en que España jugaba su primera semifinal de Eurocopa en 24 años, perderme el partido me parecía casi delictivo. La opción más responsable es buscar un bar donde la emisión de CO2 se reparta entre los más posibles. El razonamiento es lógico, cuanta más gente haya por televisor, menor consumo de energía por cabeza. Parece que miles de personas están preocupadísimas por el medio ambiente, porque no hay bar donde no haya que embutirse a empujones.

De vuelta a casa, que ya no hay luz solar que pueda aprovechar, mi idea era no encender ninguna bombilla y ese CO2 que me ahorraba, pero Foronda me desaconsejó utilizar una linterna, porque "las pilas tienen muy poca vida útil y en su producción y tratamiento de residuos se genera mucho CO2". Descubrí, eso sí, que la luz del pasillo me sirve para alumbrarme al mismo tiempo en la cocina, el baño y el comedor, siempre y cuando deje las puertas abiertas y tampoco me esfuerce en ver con mucho detalle. De normal, con no derrochar y no dejarme las luces encendidas bastaría, de hecho, sería un logro enorme si todo el mundo apagara las luces que no usa. En casa tengo bombillas de bajo consumo de 20 vatios, con lo que si hubiera encendido pasillo, baño, comedor, cocina y dormitorio, seis bombillas en total, durante tres horas habría generado 144 gramos de CO2. La relativa penumbra que el pasillo reparte sobre el resto de salas me permite emitir tan sólo 24 gramos.

Para mi espanto, me doy cuenta de que el plazo de la prueba no ha terminado y tengo que hacer una colada. Según las cuentas de Ecodes, una lavadora normal emite 235 gramos de CO2 cada vez que la pongo en marcha. En concreto, la mía tiene un programa para lavar la ropa en media hora, un sistema de ahorro que permite que consuma menos luz (básicamente porque está menos tiempo funcionando). Sería una buena solución para un día corriente, pero aquí el desafío es no emitir nada de dióxido de carbono, así que me pongo a lavar a mano. En el tiempo en que la máquina habría lavado, por ejemplo, 10 camisetas, una toalla, una sudadera, 10 calzoncillos, 10 pares de calcetines y una camisa, yo froté apenas cuatro camisetas, cinco calzoncillos y un par de calcetines. Y dudo que quedaran igual de limpios, la verdad.

Que viva el siglo XXI..., mientras pueda

Me gusta vivir en el siglo XXI, lo tengo claro. Rodeado de un sinfin de comodidades que ni siquiera valoro. Pero este experimento me ha escupido otra verdad a la cara: soy carbono dependiente.

Siguiendo a rajatabla la premisa inicial de este experimento, he emitido 19,269 kg de CO2 (casi 18 kg de los cuales son de la oficina). Me he pasado el día sin encender mi tele, ni mi ordenador de casa, ni siquiera el iPod. No he usado el ascensor, he lavado a mano y me he duchado con agua fría. Podría haber apagado la nevera y poner la comida en un lugar fresco. Habría ahorrado 373 gramos de CO2 en un sólo día. Pero teniendo en cuenta que buena parte de mi dieta doméstica se basa en comida congelada, me pareció irresponsable tirar a la basura la compra de la semana.

Cada cosa que hago, hasta la más nimia, genera CO2. Las cantidades de este artículo parecen casi ridículas, pero ha sido un sólo día. Un año tiene 364 más, tengo pensado vivir más de un año y no vivo solo en el planeta. Suponiendo que mantuviera el estricto régimen de CO2 de este experimento, generaría 7.033 kg de CO2 en un año, es decir 7,033 toneladas. En un día normal, fuera de los extremos de este artículo pero teniendo en cuenta que estoy bastante concienciado, habría emitido cerca de 24 kg de CO2. Es decir, 8.760 kg en un año. Aunque son cifras calculadas con baremos distintos, según los datos de emisiones per cápita que nos han facilitado en Ecodes, un español medio produce 9,69 toneladas de CO2 anuales. Es decir, casi tres toneladas más que yo en mi día sin CO2. Si mantuviera ese ritmo de vida, habría reducido mis emisiones en casi un 30%, que dicho así no suena tan impresionante como si tenemos en cuenta que el Protocolo de Kioto pretende que las emisiones individuales no crezcan más de un 15% (que no aumenten: ¡yo incluso he disminuido!).

Hay CO2 que no puedo evitar. Y "tampoco se trata de volver al medievo", tal y como razona Foronda. Sin embargo, muchas veces se genera de forma innecesaria. Existen muchos consejos prácticos para reducir las emisiones sin sacrificios. Aquí nos planteamos llegar hasta el final con el reto y conseguir no emitir nada de CO2. Para ello, la única opción que me queda es compensar el CO2 generado. Hay varias ONGs que llevan a cabo proyectos en países en vías de desarrollo que captan o reducen una cantidad equivalente al CO2 que no podemos reducir. Tal y como explica Foronda, "la compensación permite luchar contra el cambio climático a la vez que contribuye al desarrollo limpio de esos países mejorando las condiciones de vida de las comunidades donde se desarrolla".

CeroCO2 es una de esas páginas que permite compensar emisiones. Funcionan con donaciones de 10 euros por cada tonelada anual emitida. Contando mis emisiones en mi día sin CO2, debería pagar por todo el año 70,33 euros. En conclusión, para cumplir con el reto cero CO2, tengo que aportar 19 céntimos por mi día de experimento. ¿Y tú, te animas a compensar lo que contaminas? Si quieres estimar tus emisiones, aquí te dejamos otra calculadora de CO2. Si quieres contactar con el autor de este artículo éste es su perfil de utoi.

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