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El día después

  • O de cómo un programa es capaz de despejarte más que un café bien cargado
  • Y de cómo una promo de tele se ajusta sin engaños a su contenido
Por NAGORE. A
Actualizado 29-07-2008 21:55 CET

Andaba algo preocupada. La noche anterior no había pegado ojo y temía que el sueño decidiese arroparme en el momento más inoportuno. A ver si la voy a pifiar ahora, me dije, ahora que dan las once. Recé para que mis párpados no se empeñasen en materializarse en persianas automáticas, recurrente juego sucio al que me someten de vez en cuando.

¿Qué demonios les cuento que me ha parecido el programa al día siguiente si me preguntan? Con la ilusión y ganas que le han puesto al asunto. La tortura duró hasta que el logo del nuevo barba negra hizo acto de presencia en la pantalla. COCINA SIN BOBADAS. Ya les digo, para bobadas andaba una. Dicho y hecho. ¡Toma road movie, de hora de duración, que me dio la impresión de no llegar a la segunda cuenta de un rosario! Eso, si alguna vez me hubiera dado por semejante práctica, porque la señal definitiva provino del hecho de no poder levantarme a poner ni el cafelito de rigor. Ritmo trepidante de producción, o lo que sea, que dirían los entendidos, que para los neófitos se resume en una historieta que engancha hasta el punto que el culo y el cojín del sofá se quedan prendados el uno del otro.

Dicen que eso no es fácil de conseguir en TV. No debe serlo porque nos comemos cada tostón, que es mejor no empezar a recordar. Aquí se habló de ellos, de cerdos quiero decir, y de tostadas, o rebanadas de pan tostadas, empapadas de infinidad de maneras, (chorreantes que diría el boss del programa) y de otros tantos productos que hablan de la autenticidad, de las raíces e identidad de una tierra, del compromiso de ciertos elaboradores y proveedores, y de otros tantos placeres de la vida, muchos de ellos intangibles. No voy a pararme a enumerarlos, otros post de glotonia ya han detallado el contenido al milímetro. Sólo incidiré en las diez majestuosas localizaciones que nos hicieron soñar y en las preparaciones, que de manera menos poética, consiguieron que babeásemos sin remilgos. Lo vi acompañada, claro, pero sospecho que no fuimos los únicos. En babear, entiéndanme.

Retazo viene de pedazo

Me quedo con retazos. ¡Menuda romería de verano! ¡Pedazo de romería veraniega! ¡De categoría! que se dice por estos pagos. Recelé en algún momento de esa veintena de amigos invitados. Pura envidia. Los hay con suerte, ¡qué carajo! ¿Y esos uñones en forma de percebe que ganan salteados? Por no hablar de la ventresca viajada y hasta leída o de la sandía que se volvió rusa por arte de magia. Todo, aunque suene lo contrario, de una sencillez espartana.

Hace tiempo, cuando David me empezó hablar de este embrollo en el que se estaba metiendo, le comenté que no entendía por qué el resto de cocineros de televisión se afanaban en emular a un tipo como Arguiñano, cuyo poderoso imán radica en poseer ese infalible don de la positividad, de la alegría natural, sin cortapisas. Ese, tan raro por escaso, que contagia. Aunque te estuviese vendiendo máquina herramienta, probablemente conseguiría el mismo efecto. Es difícil que alguien le pueda superar en esa faceta.

Me vino a la memoria la conversación al comprobar que a lo largo del programa al conductor de Cocina sin bobadas nadie le había robado esa magnífica risa gutural, tan explosiva, que curiosamente parece nacerle de las entrañas. No era impostada. Entendí entonces que la cocina sin artificio también se nutre de ella.

Ya nos habían asegurado que el personaje preconiza humor e ironía. Los que pululamos por aquí lo sabíamos de sobra pero el resto no podrá decir que les han mentido. Tal vez por ello también se ha arriesgado, por fin, con un formato novedoso en el panorama nacional. ¿Qué no lo han visto? Pues en la siguiente, si pueden, no se lo pierdan.

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