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Tras el éxito de los JJOO, Pekín afronta nuevos desafíos

Por PIERRE HASKI* (RUE89)
Actualizado 25-08-2008 10:30 CET

PEKÍN.-  Organización perfecta, represión de disidencias, orgullo nacional reforzado. Los Juegos Olímpicos han hecho al poder chino más fuerte que nunca.

Es inútil andarse por las ramas: China ha logrado un triple éxito en los Juegos Olímpicos. Sólo queda la duda de saber qué va a hacer con ese triunfo ambiguo.

En primer lugar, ha asumido el reto del dispositivo técnico de la competición: instalaciones perfectas, organización más eficaz que nunca en un acontecimiento organizado por China. Pero, ¿quién lo dudaba? Estos Juegos, celebrados en una capital esterilizada, no han sido desde luego los más festivos, pero han sido considerados técnicamente perfectos.

Asimismo, ha conseguido que todo el mundo estuviese presente en Pekín sin hacer ninguna concesión en cuanto a su sistema político y arrinconando a los detractores de estos JJOO chinos, un desenlace en absoluto previsible si se piensa en las polémicas que generó el paso de la antorcha olímpica por diversos lugares; Nicolas Sarkozy ha experimentado en carne propia la nueva correlación internacional de fuerzas.

Por último, ha ofrecido a su población una sobredosis de juegos y orgullo nacional, sobre todo gracias al número récord de medallas de oro, que le han permitido superar a EEUU en la clasificación final; el nacionalismo ha sustituido indudablemente al comunismo como fuente de legitimidad del partido de Mao.

Ha nacido la superpotencia china

Era bien sabido que China atribuía una importancia desmesurada a los Juegos de Pekín, llamados a simbolizar, de cara al pueblo chino y el resto del mundo, el fin de la época del "hombre enfermo de Asia", sobrenombre de China a principios del siglo XX; el fin de ciento cincuenta años de "humillaciones" y fracasos del país más poblado del mundo; y además, el retorno de China al centro del mundo, con sus ambiciones de potencia, cuando no de superpotencia.

Había tanto en juego que los dirigentes de Pekín no estaban dispuestos a aceptar la mínima nota discordante, lo cual ha podido comprobar Nicolas Sarkozy en toda su crudeza. Por haber puesto condiciones a su asistencia a la ceremonia inaugural, haber tergiversado y cambiado de opinión varias veces y, por último, haber incitado al "diablo en hábito de monje" que es el Dalai Lama para el gobierno chino, ha sufrido la humillación de tener que bajarse los pantalones y no abrir la boca en Pekín. Todos los socios de China han captado el mensaje: no se pone en evidencia al Secretario General del Partido Comunista Chino (PCC); la primera lección para todo aprendiz de sinólogo está más vigente que nunca.

Con una situación económica y social más difícil de lo que parece, y que estos Juegos han sacado a relucir, Hu Jintao se jugaba nada menos que su lugar en la historia china, y Sarkozy lo ha comprendido demasiado tarde.

Esta correlación de fuerzas es del todo real. Potencia económica y financiera, China se ha convertido también en una potencia política que expande su influencia en Asia, África y, progresivamente, más allá. Para bien, como cuando facilita un acuerdo entre Corea del Norte y Estados Unidos, o para mal, como cuando utiliza su poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para proteger el régimen de Mugabe en Zimbabue.

Los más optimistas creen que una China que ha recuperado la confianza en sí misma y su lugar en el mundo, a través de la experiencia exitosa de los JJ OO, podrá mostrarse más responsable y menos crispada en sus relaciones internacionales. Esto es más que dudoso, porque China ha descubierto también que, a día de hoy, pocos están en condiciones de plantarle cara.

Las protestas, reprimidas

Estos Juegos no han servido para impulsar la causa de los derechos humanos y las libertades en China. Es la triste realidad tras los años de preparación y los 17 días de competiciones, durante los cuales el poder chino no ha cedido en nada.

Ni una sola excarcelación antes de los Juegos, los pocos disidentes amordazados, exiliados o en arresto domiciliario, y prohibición de facto de toda protesta durante los Juegos. Así, se han asignado hipócritamente tres zonas para ejercer el derecho de manifestación, supeditado a un registro previo cinco días antes en la policía.

Por haberlo ejercido, las dos mujeres de la fotografía, Wu Danyuan y Wang Xiuying, de 77 y 79 años de edad respectivamente, han sido condenadas a un año en un campo de "reeducación por el trabajo". Expulsadas de su vivienda en 2001 a causa de los JJOO, se consideraban perjudicadas y querían manifestar su desacuerdo.

Su caso quedará como un símbolo de las promesas olímpicas incumplidas, y del silencio cómplice del Comité Olímpico Internacional (COI).

Los detractores extranjeros no han tenido mayor margen de maniobra. Las pancartas con el lema "Free Tibet" o los happenings en la plaza de Tiananmen han tenido el impacto de una picadura de mosquito en un acontecimiento tan gigantesco, y prácticamente ningún chino ha oído hablar de ello.

Esta incapacidad de los defensores de los derechos humanos de dirigirse directa o indirectamente a los chinos, especialmente por medio de internet, único espacio de libertad muy relativa en China, es sin duda reveladora del funcionamiento de estas organizaciones en una situación inédita.

El poder chino ha vuelto a demostrar su capacidad en este caso, gestionando la presencia de 20.000 periodistas extranjeros y numerosos visitantes sin que haya existido mayor riesgo, y vendiéndoles una imagen de modernidad y eficacia. Ni las polémicas sobre las "pequeñas libertades con la verdad" que se tomaron en la ceremonia de apertura, como la cantante verdadera-falsa y los niños de las minorías que no eran tales, han empañado la bella fachada de estos Juegos.

Del nacionalismo y sus peligros

Los pekineses llevaban siete años "saturados" de JJOO, desde la designación de la capital como sede, que ha vivido un verdadero torbellino de transformaciones. Nuevas líneas de metro, estadios y piscinas, remodelación de una capital plurisecular convertida en metrópolis cada vez más "americana"...

Hay numerosos perdedores en esta aventura: los expulsados de sus casas para dejar espacio al cambio, los que esperaban mayores beneficios económicos del acontecimiento, quienes han tenido que cerrar sus fábricas para disminuir la contaminación, o esos cientos de miles de emigrantes que han sido devueltos a sus casas sin salario durante la celebración de los Juegos.

Pero, más allá de las discrepancias, hay una opinión pública henchida de orgullo, que se vanagloria de haber podido y sabido organizar un acontecimiento como nunca antes había organizado China. Existe un mar de fondo nacionalista en una parte de la juventud que se hizo visible con ocasión de las polémicas en torno al Tibet y la llama olímpica, y que se ha embriagado con el éxito chino en los JJOO.

El objetivo de las medallas de oro se ha convertido en un símbolo, y el Gobierno elaboraba ya desde hace años un plan de actuación —el "Proyecto 119", lo llaman, que identificó 119 competiciones en las que los chinos tenían opciones de triunfo— para que China pudiese superar a Estados Unidos. Así, hemos asistido a la generación espontánea de campeones chinos en deportes en los que China no existía, como el hockey sobre hierba femenino, cuyo equipo ha llegado a la final, ¡o el béisbol!

En internet, algunos blogueros chinos denuncian este "deporte de Estado" costoso que no se corresponde con la realidad de la práctica deportiva en el país, y en el que ven un planteamiento ideológico comparable al dopaje de los atletas de la Europa del Este en la época comunista. Pero resulta que es legal y genera pingües beneficios.

El "caso Liu Xiang", surgido por la retirada del campeón chino de 110 metros vallas, fue revelador del planteamiento muy "militar" de la población china: el deportista lesionado es, para muchos jóvenes, un desertor en tiempos de guerra... Los patrocinadores vieron las orejas al lobo.

A pesar de todas las reservas, Pekín 2008 no tiene nada que ver con Berlín 1936. La comparación es injusta, pues China no se dispone a abalanzarse con sus tanques sobre sus vecinos ni a exterminar a sus minorías, ni siquiera a tibetanos o uigures, que sufren amenazas principalmente políticas, culturales y económicas.

Por lo demás, el Gobierno sabe muy bien que ya no puede venderle la ideología comunista a su pueblo, que cree tan poco en ella como los propios dirigentes del PCC... A cambio, le ofrece el aumento del PIB y orgullo nacional. A pesar de todo, tiene que rendir cuentas.

El ejercicio es ciertamente delicado. El nacionalismo es un arma que puede volverse muy rápidamente contra sus aprendices de brujo, y puede moldear una generación —la de los nacidos en los años 80— hasta tal punto consciente de la nueva correlación de fuerzas que adoptará una actitud dominante. Una especie de América bis, sin las cortapisas institucionales de los Estados Unidos.

Los dirigentes del partido comunista chino deben pues aprender ahora a manejar su éxito, tanto en el mundo como internamente. Los desafíos post-juegos olímpicos no se han encarado todavía en una China dopada por su triunfo: aún no se ha dado verdadera respuesta a las cuestiones clave del sistema político chino, el modelo económico y social, e incluso su papel en el mundo. Las enseñanzas que Pekín extraiga de su triunfo ambiguo tendrán un enorme peso en el mundo de mañana.

Entretanto, dejemos la última palabra a Li Yang, cineasta independiente chino a quien entrevistamos durante nuestra cobertura "fuera de juegos". Con una buena dosis de humor, ha sugerido hacer de China un país tan hermoso como el que el Gobierno ha "vendido" al mundo durante los JJOO.


*Artículo originalmente publicado en el medio digital francés Rue89.

*Traducción de Ciro Arbós.

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