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La vida ya no tiene sentido para los chinos

Por MARTIN XIAOBAO (SOITU.ES)
Actualizado 27-08-2008 13:02 CET

PEKÍN.- A dos metros y 21 centímetros de altura sobre el nivel del suelo en Pekín, varios palmos por encima del resto de los mortales, la estrella china del baloncesto, Yao Ming, hacía ayer esta reflexión: "Hemos pasado muchos años preparándonos para este evento y ahora ha terminado. Acabo de jugar la competición más importante de toda mi carrera. ¿Tiene sentido mi vida? Sería estúpido pensar así, pero si fueras chino entenderías este sentimiento".

Se acabaron. En los idiomas oficiales de los Juegos, ‘c’est fini’, ‘finished’ y ‘jieshu le’, que dirían por aquí. Los chinos y, sobre todo, los pekineses, vuelven a la normalidad esta semana tras siete años de preparativos. De vuelta de una campaña de propaganda olímpica, limpieza, reajuste de vidas, tráfico y hogares que fue reforzándose a medida que se acercaba el gran momento. Tras una pereza inicial, similar a la resaca de un banquete regado por baijiu, el licor de arroz, Pekín va recuperando poco a poco su dinamismo.

Aunque lo de Li Xiaochuan, esta mañana, no tenía nada de dinámico. Por primera vez en casi dos meses, este cocinero de hotel pijito se ha tomado un día libre. Ha sacado una silla a la calle y dice que no piensa mover un dedo, viendo pasar a la gente y charlando con los vecinos. "He estado tan ocupado, que no he podido ni ver una sola competición". A la vuelta de la esquina, en la avenida Andingmen, los trabajadores han comenzado a retirar parte de las decoraciones de las farolas, mientras colocan nuevos báneres que dan la bienvenida a los Juegos Paralímpicos, que comienzan dentro de dos semanas.

En Pekín prevalece una sensación de misión cumplida, de que la ciudad debe dejar reposar el éxito de la cita olímpica. Pero también hay algo de ambiente enrarecido, por la ausencia de un objetivo colectivo. Los Juegos Olímpicos han sido el motor del cambio de la ciudad, el oxígeno de la metamorfosis estética y funcional. Haciendo un poco de futurología, se podría augurar que han sido el último aliento del colectivismo que se ha visto en la historia reciente del país. ¿Y ahora qué? "Ahora, a seguir adelante con más tranquilidad y menos presiones", dice Li, reclinándose en la silla y abandonado al placer de una Tsingtao fresca.

Para servidor han sido sus primeros Juegos. Desconozco si los de Pekín estaban mejor o peor organizadas que los anteriores. Sencillamente, creo que la tarea era farónica, y el esfuerzo que se ha hecho ha estado a la altura, aunque China ha contado a su favor con esa capacidad de movilización de masas de la que sólo puede echar mano un país en desarrollo y con una maquinaria propagandística tan fuerte.

Se podrían mencionar pequeños fallos: lo complicado del transporte hasta los recintos deportivos; el incordio de las medidas de seguridad, no sé si excesivas, o paranoicas, pero mejor pasarse de largo que pecar de corto; la calidad de la comida, la falta de espontaneidad... Pero éstos no son más que anécdotas que no deben empañar el éxito, con nota, de la organización.

En lo deportivo, se han batido más récords que nunca (a pesar de que se temía que la calidad del aire pekinés iba a reducir este recuento), se han repartido más medallas que nunca… y China, por cierto, se ha llevado el mayor número de oros que nunca antes y que nadie más. Así que el Zhongguo Jiayou, el grito de guerra de los aficionados chinos, quedará unido para siempre a Pekín 2008.

Sí que me apenó ver cómo el Olympic Green era una especie de fortín, rodeado de un muro metálico que se imponía entre la gente corriente, sin entradas para las competiciones, y los estadios. Espero el día, quizás tras los Paralímpicos, en el que tanto el Nido de Pájaro como el Cubo de Agua sean integrados por fin en la ciudad, permitiendo ‘al pueblo’ acercarse, fotografiarlos y hasta tocarlos.

El éxito de la cita ha reforzado al gobierno chino, que ante los ciudadanos —su clientela— ha sido el ganador de la medalla de oro del reconocimiento internacional. De forma paralela, hacia el exterior, ha conseguido trasladar esa imagen de modernidad y progreso que, si bien cierta, no termina de ser ese reflejo fidedigno de la realidad completa de la China actual. Pero confiemos en que, durante los descansos de la película y aprovechando el tirón un esfuerzo de comunicación institucional tan grande, el mundo haya tenido ocasión de conocer mejor a China y sus gentes. Y que, en consecuencia, se les valore y respete más como sociedad, cultura y nación, no sólo por la fuerza de su economía.

También me alegro de que los éxitos o fracasos de los deportistas hayan dominado en la cobertura mediática frente a lo extradeportivo. Las protestas de defensores de la independencia tibetana o de quienes reclaman mayores libertades religiosas en China han sido de baja escala, pacíficas y protagonizadas por extranjeros, sobre todo. Pese a una llamada de atención por parte del COI —no demasiado entusiasta, por cierto—, las autoridades chinas se han salido con la suya y, como se esperaba no han dotado de contenido a sus tres manifestódromos: de las 77 solicitudes que se registraron para protestar durante el último mes, el número de aprobadas es igual a cero.

Lo que es más grave es que quienes han intentado protestar por la vía legal han terminado detenidos, incomunicados o ‘deportados’, sea a sus ciudades en China o sus países de origen en el caso de los extranjeros. Para vergüenza de un gobierno que ha demostrado tanta capacidad organizativa, hemos conocido los casos de Ji Sizun, desaparecido desde que entró en una comisaría porque quería pedir mayores reformas políticas; Zhang Wei, encerrada un mes porque quería denunciar la demolición de su casa en Pekín; o de Wu Dianyuan y Wang Xiuying, de 79 y 77 años respectivamente, amenazadas con ser enviadas a un campo de trabajo por empeñarse en manifestarse por la misma razón.

Es la cara menos amable del gobierno chino, y lamentablemente, la prueba de que algunas viejas prácticas siguen inamovibles, a pesar del progreso en otras áreas. ¿No hubiese sido más inteligente mostrar al mundo la madurez del modelo chino permitiendo a estas gentes escenificar, de forma pacífica y organizada, sus razones para el descontento?

Lo que realmente preocupa es qué pasará ahora. Las infraestructuras y muchas de las mejoras que Pekín ha experimentado con los Juegos quedarán como un legado positivo (veáse si no, cómo el cartel de bienvenida a los turistas sigue bien orgulloso en un restaurante del centro). Pero, una vez que la capital se ha vaciado de atletas, mandatarios extranjeros y periodistas, ¿seguirá el mundo interesado en conocer a China? Y lo que es más importante, ¿tendrá el gobierno alicientes para tomarse el respeto a los derechos humanos con la misma seriedad que la organización de unos Juegos Olímpicos?

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