La edición 2008 del Festival de Sitges está siendo la de las niñas-actrices. Sim Eun-kyoung, en 'Hansel y Gretel'; Kim Yoo-heong —maravillosa y a la que aún no habíamos mencionado—, de 'The Chaser'; y Lina Leandersson, de 'Let The Right One In' (en sueco queda más aparente, pero habría que encontrar la 'a' con circulito, que es la 'o' sueca).
Tres niñas entre las que cuesta decidirse por una. El encanto de Sim Eun-kyoung, la —imagino que estudiada— espontaneidad de Kim Yoo-heong, los ojos tan sabios, tan cansados, de Lina Leandersson; la maestría de las tres en el arte de la interpretación apunta a que deben de ser tres mentirosas de cuidado. No otra cosa es el cine. A este respecto, una famosa anécdota que nada perdería caso de ser apócrifa. Hablando de 'Náufragos' (Alfred Hitchcock, 1945), se quejaba Luis Buñuel –sordo, como una tapia—: "¡Pero, en mitad del océano!, ¿de dónde sale la música?" Y respondía Hitchcock: "Que me cuente Buñuel de dónde salen las cámaras y yo le contaré de dónde sale la música".
Empieza el día con 'Let The Right One In'. Historia de vampiros que produce un escalofrío por la espina dorsal justo allí donde dice su título. Terrible desde cualquier punto de vista, 'Déjame que entre' ('Premio Méliès' ya en Sitges) debiera tal vez haber terminado un par de escenas antes, porque donde lo hace no resuelve el problema planteado ni lo deja satisfactoriamente abierto. Aun así, de lo más estimulante que se ha visto hasta hoy.
Perdemos el sentido del humor y hasta yo voy a acabar entendiendo lo que escribo. Sitges pesa. Como en 'La tía Julia y el escribidor', unas películas empiezan a confundirse con otras y hasta consigo mismas. La que muchos estaban esperando, 'Synecdoche, New York', escrita y dirigida por el guionista Charlie Kaufman, es, a la vez, un caleidoscopio, un juego de muñecas rusas, un exorcismo y un mirarse el ombligo existencial. La vida desdoblada: como una pajarita de papel deshecha, una hoja plana surcada de arrugas. Todos somos el otro y en el otro, hasta la muerte. Intente NO hacerlo en casa (a ver si puede). Película brillante, duele y cansa.
'Tokyo'. De tres directores diferentes, tres párabolas. La primera es un juego visual con argumento que lo sostiene y lo impulsa: Michel Gondry hace lo que hace Michel Gondry, aquí estupendamente. La segunda, de Leos Carax, Monstruo de las Alcantarillas perteneciente a una rara estirpe primordial en cuyo idioma se combinan los ruidos guturales y los gestos, transcurre por dos caminos paralelos: la adaptación (y el éxito, en el abogado) y la rebeldía radical frente a la norma y a la gente común. Cierra Bong Joon-ho, cuya incursión por la soledad contagiosa —y maniática— recuerda en algún punto 'Denise Calls Up' (Hal Salwen, 1995) pero, a diferencia de aquélla, queda sosa.
Ruta de las especias, seguiremos mañana.
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