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¿Comida rápida = comida basura?

  • De disquisiciones gastrofilosóficas.
Por GARGANTÚA PARA GLOTONIA
Actualizado 25-11-2008 10:24 CET

El bueno de Gargantúa —uno de nuestros más ávidos lectores—, opina que no es oro todo lo que reluce, ni todo oro luce. Se pregunta si toda comida rápida es mala, o mejor aún, a qué platos debemos llamar así. No por ser de servicio rápido algo ha de estar forzosamente malo.Si viviera Aristóteles, se preguntaría lo mismo. Más o menos.

Hace varios meses, mientras me tomaba un vino en uno de esos bares en los que puedes autoservirte los «pinchos» que se ofrecen en la barra, pude escuchar la conversación de tres jóvenes que, compartiendo mostrador conmigo y otras gentes, trataban de determinar si aquel sistema de restauración, del que en ese momento eran usuarios, podría considerarse como fast-food, o no. Y como casi siempre ocurre, uno decía que sí, el otro decía que no, y el otro decía que sí, pero que no. Y entre «ponnos otra...» y «mira qué buena pinta tiene eso que está al lado de los pimientos rellenos...», allá los dejé discutiendo a carrillera batiente sobre lo que la mayoría de los mortales ni siquiera se habían planteado.

Y viene la historieta a cuento porque, con mucha frecuencia, en diferentes ámbitos de la vida, tenemos un especial interés en catalogar, etiquetar y encasillarlo todo, dando prioridad a las cuestiones etimológicas por encima de las conceptuales. Y así, haciendo verdadero alarde de falta de razonamiento lógico, se ha llegado a la conclusión, asumida por la mayoría de la gente, y lo que es peor, divulgada a los cuatro vientos por «autoridades» en la materia culinaria y alimentaria, de que todo lo que sea «comida rápida» -traducción literal del término «fast-food»- es nociva, tanto desde el punto de vista sensual como desde el punto de vista nutricional.

Porque el error radica en que, cuando hablamos de establecimientos de comida rápida, los asociamos inmediatamente, y casi exclusivamente, con establecimientos que, en la mayoría de los casos, venden hamburguesas u otros productos que han sido fabricados siguiendo unos procesos de producción similares, utilizando maquinaria muy parecida y vendidos y consumidos en establecimientos de idénticas características. Y es que, desde mi punto de vista, el factor que determina qué es lo que debe llamarse, o no, «comida rápida», es el tiempo que media desde que se solicita la elaboración hasta que ésta es presentada para su consumo, independientemente del tiempo que requiera ese plato para su cocinado. Porque un plato de callos, unas albóndigas, una caldereta, o cualquier otra elaboración que necesite bastante tiempo para su cocinado, será, sin ninguna duda, una posibilidad de «comida rápida» -aunque se consuma en plato y no entre pan y pan-.

Por eso, se les podría haber dicho a aquellos tres jóvenes, que aquellos «pinchos» que se exhibían en aquel mostrador, que las tapas que hacen olvidar las penas en cualquier cervecería andaluza, o que las raciones que podemos papear en cualquier mesón, taberna o figón -qué bonitas las tres palabras, ya en desuso- de nuestra geografía, son, clara y sencillamente, «comida rápida». Otra cosa es que sea buena, o no, cara o barata, en plato o en bocata, caliente o fría, abundante o escasa, servida o tirada. Y es que, un jamón, por muy jamón pata negra que sea, puede ser un auténtico manjar o una auténtica bazofia, al igual que una hamburguesa, bitoque, filete ruso o como se le quiera llamar será, o no una exquisitez, no en función del tiempo que se requiera para cocinarlo o consumirlo, sino en función de la calidad de los ingredientes que la componen, de la temperatura de servicio, del cumplimiento, en todo momento, de la normativa higiénico-sanitaria y de la corrección y adecuación de los procesos de cocinado. Del mismo modo, una pizza o un bocadillo será una elaboración nutricionalmente equilibrada, o no, dependiendo de la composición del mismo y de las cantidades y calidades de sus componentes.

En resumen, no todo lo que se pueda cocinar o consumir rápidamente es malo, ni toda la «comida rápida» se puede consumir, exclusivamente, en establecimientos donde sus trabajadores/as se cubren la cabeza con una gorra o se juegan el pellejo saltándose los semáforos en rojo.

¡Comida rápida sí, pero de calidad!

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