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Hay que volver a Bombay

  • Alegato en favor de una ciudad internacional y llena de contrastes
Por CANDELA WILHELMI (SOITU.ES)
Actualizado 01-12-2008 09:52 CET

Habrá que volver a Bombay. A rendirle homenaje. Eludiendo la época del monzón y cuando el Oberoi y el Taj estén rehabilitados, cuando haya cicatrizado esa herida que los terroristas quisieron infringir en la cara más moderna de la India, en esa macrociudad que demuestra que el país, con titubeos, avanza hacia el progreso mucho más rápido que sus vecinos pakistaníes, descendientes de los que quisieron partir la India en nombre de Alá, una decisión que ahora se ve trágica y ya lo fue entonces, con el movimiento de refugiados más numeroso de la historia.

El viajero llegará a un aeropuerto en obras. Cerca, está el hotel Sahara, de siete estrellas, una horterada que conviene eludir pero que los indios muestran con orgullo por simbolizar los cambios de la ciudad, con restaurantes de varias nacionalidades, enormes peceras y dos televisiones gigantescas colgadas de las paredes. Los extranjeros prefieren bajar hacia el barrio de Colaba, por eso fue objetivo de los terroristas, y no Bandra, el barrio lujoso, residencial y nuevo, con tiendas occidentales, restaurantes y centros comerciales de donde no salen muchos de los nuevos profesionales indios y donde viven los delegados de muchas multinacionales. De hecho, un moderno edificio acristalado de Price Waterhouse Coopers es una de las señales que indica que estás en Bandra, además de la presencia de los populares 'rickshaws', los motocarros negros y amarillos, prohibidos desde hace unos años en el casco histórico de Bombay.

Los hippies trasnochados, profundos y trascendentes no entrarán siquiera en la ciudad y se irán a Puna, dos horas de viaje más por carretera, estación de montaña donde reinan desde hace décadas los maestros del yoga en los ashrams para occidentales y que en su origen fue ciudad de entrenamiento militar y reposo veraniego de británicos. Dirán que Bombay ya no es lo que era y tienen razón. Hay menos chabolas, menos mendigos, aunque nunca faltan miles de pobres en una urbe de 18 millones de personas, peregrinos del gran sueño indio que promete buenos sueldos a ingenieros informáticos en la publicidad de las universidades en los autobuses urbanos. Ya no es lo que era. Tampoco nuestras costas, donde puede haber gente que eche de menos al marinero analfabeto y de negro que cocinaba sardinas a los primeros turistas ingleses.

Los ejecutivos de multinacionales de paso y los turistas bajarán hacía la punta de la península, hacia Colaba, el barrio que han querido marcar unos terroristas que entraron por la puerta de la India, todo un símbolo, hoy embarcadero de turistas rumbo a la isla de Elefanta. El monumento, justo enfrente del Taj, estaba todavía en obras, recuperándose del último atentado. Desde entonces, la seguridad parecía férrea en los hoteles de lujo de la ciudad. Había arcos de seguridad y se examinaban los bajos de los coches con espejos. Una vez pasada la inspección, la puerta la suelen abrir siempre altísimos sijs de fajines de seda, turbantes, bigotes y barbas que enmarcan una sonrisa fija.

El progreso no siempre cambia la estética a mejor. En el Taj, por ejemplo, han desaparecido las arcadas de madera de más de un siglo de su zona comercial. Ha llegado el inevitable mármol, con el que no contaron al principio los arquitectos que hicieron el primer hotel donde podrían alojarse indios y extranjeros, gracias al dinero del señor Tata. También ha cambiado la cafetería del lobby principal. Que nadie pretenda encontrar aquella con aspecto de jaima rajastaní donde el occidental podía dar una tregua a la comida picante con un delicioso té con tostadas a media tarde. Ahora, era una cafetería occidental más. Al fondo, a la derecha, sobrevive, sin embargo, un clásico: Maharaja´s, la tienda de las camisas. El dueño, un clon de Mario Vargas Llosa, desplegará en un momento los algodones de calidad necesarios para las camisas a medida. En las estanterías, se amontonan las camisas de cuello mao en linos de decenas de colores, al igual que los pantalones tipo pijama que son muy cómodos en verano. Muchos años después, gusta ver la etiqueta de la tienda del hotel taj que en camisas que sobreviven con mucha dignidad. Un poco antes, está la librería, con todas las novedades de los escritores indios que, desde hace una década, acumulan premios internacionales, como el Booker de este año, Tigre Blanco, de Arivand...., escritor criado en Australia, estudiante en Columbia y Oxford, periodista de Time, hoy habitante de Bombay. Hace un par de meses me llevé el último libro de Jumpa Lahiri, una deliciosa recopilación de cuentos que, como casi siempre en esta escritora, transcurren en la costa Este de EEUU. También compré el de Shobba Dé, la señora más elegante de las letras indias, precisamente sobre la vertiginosa transformación de su país. Los libros tienen precios indios, así que conviene dejar hueco en las maletas. Ese día, un decorador un poco histriónico americano, seguido por dos asistentes indios, parecía que compraba los libros de diseño al peso para decorar las 'coffee table' de los salones.

La prueba del empuje económico de la ciudad estaba al otro lado del hotel, en esa galería comercial donde ya no quedaban tiendas indias de chales bordados, sedas salvajes, algodones alegres. A la izquierda, entrando en el lobby está la piscina, donde seguramente seguirán sirviendo un apetecible té helado que mitigó durante un día de enclaustramiento mi impresión de un viaje de tres cuartos de hora entre chabolas desde el aeropuerto la primera vez en Bombay, hace 18 años. Después, las tiendas son ya casi franquicias de las marcas de lujo occidentales.

Al salir del hotel hay que estar preparado para dos cosas. Poner una cara contundente al rechazar las chucherías que venden en la Puerta de la India, como globos gigantes, unas bolitas que se inflan con el agua o unas lucecitas que vuelan alto en el cielo nocturno impulsadas por un tirachinas. Yo me quedé con la última oferta, y, después de un duro regateo, cerré el trato con sonrisa de los dos y apretón de manos. A los niños les gusta esa ingeniería india básica que enciende una luz con una pequeña alcayata. También conviene tener claro que a los taxistas hay que pedirles con firmeza que pongan el taxímetro, meter en este caso, si no se quiere pagar hasta diez veces más de lo correcto. Es cierto que luego descorazona saber que muchos de ellos viven en el slum más grande de Asia, o eso dicen allí, camino del aeropuerto. Barrio de chabolas, mayoritariamente musulmán, donde conviene entrar al que tenga estómago para admirar a unos curtidores que trabajan para las mejores firmas del mundo.

A pie desde el Taj está Colaba Causeway y sus callejuelas con restaurantes dignos de estar en el Soho en Nueva York, donde los indios, por cierto, siempre suelen llegar en coche con chófer. Es el caso de Indigo, donde es preferible reservar y luego pagar una cena estupenda a la mitad de lo que costaría en España. Allí, los occidentales que se alojan en el Taj y en el Oberoi, o simplemente los expatriados de compañías ansiosas de estar en el segundo mercado del mundo, se mezclan con indios jóvenes y pujantes, muchos de ellos relacionados con Bollywood, esa industria que da trabajo también a extranjeros que hacen de extranjeros, como se cuenta en Shantaram, la novela que se había convertido en una guía del barrio, ofrecida en los puestos callejeros de libros con pequeñas taras a precios de risa. En el libro, cuyos derechos cinematográficos ha adquirido Johnnie Depp, el protagonista suele quedar con sus amigos en el Leopolds, el bar que también fue tiroteado en el atentado. El camino porticado que lleva al restaurante está lleno de puestos callejeros de bisutería, ropa amplia para los viajeros occidentales y algunos juguetes. Entre los extranjeros, el que encabeza el top ten en un jugutería es un 'rickshaw' que se embala con un simple empujoncito hacía atrás.

Shantaram es un retrato también de los bajos fondos de Bombay, de sus mafias poderosas y las ramificaciones en la política y en el cine, asunto que también aborda 'Once was Bombay', de Pinki Viran, un relato nostálgico de la ciudad que se va desvaneciendo entre tensiones nacionalistas hindúes y musulmanas, presiones que le consiguen cambiar el nombre a la ciudad, hoy Mumbai, y a Victoria Station, el impresionante edificio de la estación central, también asaltado por los terroristas. Allí conviene ver los vagones cargados con las comidas que los dawalas llevan diariamente a los miles de trabajadores a los que se les prepara el almuerzo en casa para que les llegue calentito de la mano de una red informal que ya ha llamado la atención de las consultoras, admiradas del escaso margen de error de estos repartidores que acumulan los termos, de varios colores y códigos, en los manillares de sus bicicletas.

En la zona de Victoria están los edificios más bonitos de la herencia británica. El museo, con su colección de pinturas en miniatura, sus pasillos con balcones abiertos y unos cuartos de baño de los que tienen todavía agujero en vez de váter. Conviene admirar la colección de cuadros que donó el fundador de la saga de los Tata, la familia industrial más importante de la India, junto con los Birla, éstos de Calcuta. Precisamente muy cerca de allí está la casa familiar, que parece trasplantada de Londres, hoy sede del Deutsche Bank en Bombay. Desde la parte de atrás del edificio se ven los amplios campos de cricket, el deporte nacional, que han sobrevivido milagrosamente en la mejor parte de la ciudad, ajenos a la presión urbanística. Por allí está la tienda de Fab India, donde poder quemar la tarjeta comprando kurtas, camisas, pantalones de estampados alegres y precios estupendos al pasarlos a euros.

En diagonal, se llega al paseo marítimo, Marine Drive, o el collar de la reina, The Queens Necklace, cuando las farolas nocturnas están encendidas. Al principio de esa bahía están el Oberoi y el Trident, también escenario de la masacre. En los dos, los lobbies se encuentran adornados por inmensos ramos de flores frescas, arreglados con exquisito gusto, lo que me recuerda que una de las visitas más interesantes en Bombay debe ser al mercado de flores, un festín de colores, aunque básicamente predominan el naranja y el blanco arreglados en guirnaldas para vender a las puertas de los templos hindús. Es más interesante que Crawford Market, visita a la que animan las guías pero que, en realidad, no es más impresionante que cualquier mercado de abastos de una ciudad grande española, con el inconveniente de que la fruta reluciente apetece pero no es aconsejable comerla. Además, la parte dedicada a la carne y al pescado pone a prueba a los estómagos más delicados. Por allí está también el bazar de los ladrones, unas cuantas filas de anticuarios donde se ponen los dientes largos porque en el avión no hay sitios para esas mesas, aunque sí para unas lámparas de cristal que, aunque las hay aquí por muchos sitios, allí están tiradas y los viejecitos con los que se regatean luego no escatiman esfuerzos para embalarlas a prueba de aviones.

Cerca de Crawford está la sede más grande de Crosswords, la cadena de librerías más famosa de la ciudad. También por esa zona está Parel, un barrio a mitad de camino entre el aeropuerto y Colaba, donde es posible ver complejos como el Peninsula Park, con edificios corporativos de multinacionales, parterres de flores impecables, cuadrados de césped que parecen pintados y, en la puerta, el bullicio de siempre, los pitidos, los puestos en el suelo y alguna vaca que se pasea con la calma que se le presupone en un prado holandés, pero no en el caos. Cerca, el Mumbai ITC Grand Central, el nuevo hotel de lujo de Intercontinental, una torre que imita a la del Ayuntamiento, con balcones acristalados desde los que se ven las grúas que le han salido por todas partes a la ciudad. Por esa zona, se pueden ver las famosas lavanderías, unas filas de cientos de pilas de piedra y cuerdas donde la ropa se va colgando por colores, después de que haya sido pisada como una uva con mucho jabón, estrujada y apaleada, aunque queda la sensación de que va camino de convertirse en una mera atracción turística.

La galería comercial del Oberoi, un poco decadente debido a una escalera mecánica que lleva años rota, es un compendio de las mejores compras indias. Hay muchas sedas al metro, algodones, ropa y mi parada obligatoria: una óptica donde te hacen las gafas en 24 horas y a un tercio de lo que cuestan en España. Si no se tiene previsto volver, son amables y las mandan al hotel donde te alojes. Pagas antes y sabes que hay total confianza en que cumplan. Las lentillas desechables también son bastante más baratas que en España.

En el Oberoi y el Trident hay magníficos restaurantes, pero, si se quiere salir un poco de allí, una opción puede ser Gallops, en el hipódromo, muy cerca en taxi. Ambiente de reminiscencias británicas, aunque la comida es bastante india, cerca de las pistas de carrera, buena ocasión para un recuerdo al gin tonic, bebida que se ideó en la joya de la corona del Imperio Británica. Para los que necesiten de vez en cuando tomar algo tan internacional, vulgar y de confianza como un sándwich el sitio es el lobby del Trident o el Oberoi al mediodía o al atardecer, con vistas a Marine Drive, camareras encantadoras de saris elegantes y, en las mesas, una mezcla de extranjeros y extranjeros indios, o sea, descendientes de los miles que se fueron a Inglaterra o a EEUU.

El metro cuadrado más caro de la ciudad sigue estando en Malabar Hills, donde se cierra la bahía buena que bautizaran los portugueses en algo que se vino a llamar Bombay. En la punta, amplia y verde, tiene su casa el gobernador de Maharastra, el estado al que pertenece Bombay. Desde allí, bloques de lujo van trepando a lo alto, arrinconando a los escasos palacetes antiguos de principio de siglos. Conviene especificar que el lujo indio, en ocasiones, se refiere sólo al sitio porque las calles pueden estar llenas de basura, el tráfico sigue siendo caótico y las fachadas están casi en estado de ruina. Mucho se debe al monzón. Para tener las fachadas impecables habría que pintarlas todos los años. Además, los pájaros con sus cagadas llenan de semillas los pequeños huecos y, gracias al clima, en poco tiempo han crecido casi árboles debajo de los balcones. Por eso, conviene fijarse con calma en la arquitectura de los edificios, muchas veces eclipsada por la ropa colgando, la vegetación y la pintura de un color indefinido. Y es recomendable fotografiarlos porque hace apenas tres meses el Supremo del estado a dado luz verde a un plan discutido durante siete años que autoriza a demoler los edificios anteriores a 1940, un permiso que ha puesto en guardia a los más conservacionistas. Se da por hecho que gran parte de Colaba está protegida, como los edificios de la universidad y del Gobierno, o el edificio central de la policía.

En Malabar Hills están las Torres del Silencio. Aparentemente, es un parque frondoso por el que apenas asoman unos zigurat. En realidad, es el destino final de los parsis, una tribu llegada hace siglos de Persia que en buena medida han controlado la economía de la ciudad. Allí van los cadáveres, que serán la comida de los buitres y milanos que se ven sobrevolando la zona. Así acaba su ciclo de vida.

Un poco más hacia el norte, Breach Candy se consolida como otro de los barrios de los nuevos ricos indios. Allí está uno de sus más prestigiosos hospitales –la medicina india es tan buena que los seguros americanos están ofreciendo a sus clientes la posibilidad de operarse allí y devolverles dinero–, además de los nuevos concesionarios de coches de lujo, joyerías custodiadas por guardias de seguridad y enormes edificios de apartamentos que no aportan nada estéticamente pero que, en sus folletos, prometen el paraíso por encargo a diversos decoradores. Desde allí hacia Colaba se pasa por Kalaniketal, un paraíso de varias plantas donde comprar saris de bordados delicados, seis metros por prenda para reconvertirlos luego en trajes occidentales.

Hay que volver a Bombay y no sólo por las compras. Por los indios. Porque allí, si te pones a bailar detrás de un elefante gordo y amarillo, de pantalones humanos de purpurina, en la fiesta de Ghanesa, como me pasó, a ritmo de varios tambores y timbales, ellos, lejos de sentirse ofendidos, se ríen, te saludan y se quieren hacer fotos contigo. Porque puedes tener 18 años, como tenía aquella primera vez, ir sola, y saber que no te va a pasar nada por Colaba. Allí, nadie parece mirar con resentimiento a los occidentales que llevan miles de rupias en los bolsillos. Eso era hasta ahora. Habrá que volver para comprobarlo. En la cartera llevo un billete de 500 rupias con la cara sonriente de Gandhi para pagar la entrada de una película de Bollywood, algo que la última vez quedó pendiente. También tengo que ir al parque nacional Gandhi, más al norte y, cerca de allí, visitar ese templo donde los monjes van en pelotas. O saber si es sólo una leyenda de Shantaram ese otro templo, el de los standing babas, con monjes que no se tumban y aguantan fumando enormes canutos.

En fin. Volver a Bombay, aunque sólo sea para ver cómo es posible avanzar desde la miseria y pese a las tensiones entre religiones. Saber que, con sus muchos problemas, existen 1.200 millones de personas que llevan intentado vivir en democracia 60 años, con primeros ministros asesinados –Indira y su hijo Rajiv Gandhi –, con unas tasas de analfabetismo altas, con un sistema de castas que en Bombay se diluye, con una corrupción galopante –que le costó el puesto hace tres meses al jefe de la policía de Bombay—pero con unas ganas tremendas de avanzar. Y eso es lo que no soportan los que han pagado a los terroristas paquistaníes que trataron de asaltar el otro día la ciudad.

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