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¡Google, estoy aquí!: una semana probando Latitude

  • El programa es capaz de ubicar en un mapa en tiempo real la situación de amigos y familia
Por DELIA RODRÍGUEZ (SOITU.ES)
Actualizado 11-02-2009 16:53 CET

Cada vez que Google presenta un nuevo diabólico servicio que acabará para siempre con nuestra privacidad y nos convertirá en sus esclavos zombies, me entran ganas de probarlo. Llevo una semana —justo desde el día en el que fue lanzado— con Latitude instalado en el móvil. Es, para unos, el programa que impulsará definitivamente el negocio del geoposicionamiento. Para otros, es una gran amenaza que servirá para que jefes, hackers malvados, acosadores y Google sepan al instante dónde estamos con precisión milimétrica.

Pero vayamos por partes. Aunque puede verse desde iGoogle con un ordenador cualquiera o un portátil, si queremos que los malos puedan localizarnos en condiciones, hay que usar Latitude en un smartphone con GPS. Lo instalé en uno de los últimos teléfonos tope de gama en salir al mercado, el Xperia X1 de Sony Ericsson, que utiliza Windows Mobile como sistema operativo. Latitude funciona sobre Google Maps, que vienen instalado de serie con el teléfono, así que sólo tengo que ir desde el navegador a google.com/latitude y bajarlo de forma gratuita. A partir de ese momento aparece como una opción más en el menú de Google Maps.

Selecciono "unirme a Latitude" e introduzco mi usuario y contraseña en Google. "Mantente en contacto con tus amigos", me dice. Así que lo primero que hago es buscar amigos. El programa está sincronizado con Gmail, de donde obtiene la lista de 624 personas que me han escrito o a las que he escrito un correo electrónico alguna vez desde esa cuenta. De todos ellos, sólo cuatro se habían bajado Latitude el mismo día de su lanzamiento, y los cuatro escriben sobre tecnología en internet —como yo— lo que da una idea del enfermizo perfil del 'early adopter' y del poco nivel de mi red de contactos. Primera conclusión: la gente normal se mantiene aún alejada de este tipo de programas, probablemente porque tienen cosas mejores que hacer y teléfonos sin plan de datos.

Añado a los cuatro, y unas horas después tres de ellos han aceptado que conozca su ubicación. El programa es extremadamente delicado con las opciones de privacidad, y me permite elegir si un contacto no debe verme, si sólo puede saber la ciudad en la que me encuentro o si lo autorizo a localizarme con toda la exactitud que permite un gps (y que oscila entre lo escalofriante y el despiste total en zonas sin cobertura). Si quisiera hacerme la encontradiza para tomar un café con mis tres amigos de Latitude (o si quisiera asesinarlos) me sería bastante difícil. No porque Latitude no me facilite con exactitud el lugar en el que están, sino porque viven en Nueva York, Tokio y Murcia. Durante toda la semana he visto sus fotos —las mismas que utilizan en Gmail— moverse sobre un bonito mapa del mundo. A cambio, mi icono me acompañaba sobre el mapa de Madrid en los trayectos en autobús y me esperaba, manzana más manzana menos, cerca de la dirección del trabajo. He espiado un poco a mis contactos acercándolo lo máximo posible a su posición, pero tampoco se puede hacer mucho más y el juego pronto pierde su gracia. Google Maps calcula el tiempo que tardaría en llegar a ellos y la ruta que debería seguir para alcanzarlos incluso a pie. Eso sí, advierte antes de que el servicio aún está en beta. Un alivio saberlo antes de cruzar medio mundo.

Enseño el mapa del mundo con caras geoposicionadas en la redacción y enseguida surgen usos prácticos para el invento. El más repetido tiene que ver con las noches de copas. Casi nadie conoce programas "geosociales" como Loopt, Plazes, el español Tooio, Whrrl o Twinkle, que funciona sobre Twitter. Aunque la práctica sea desconocida para muchos, pueden localizarse con latitud y longitud las fotos que se suben a Flickr, o los mensajes lanzados a Twitter. Pero son pocos quienes lo hacen. "El geoposicionamiento se usa hoy por frikismo", me cuenta Andrés Ribera, uno de los fundadores de iPoki, un servicio desarrollado en Galicia muy parecido a Latitude en su filosofía, aunque más rudimentario y bajo licencia GLP. Los contactos que él encontró probando Latitude también se pueden contar con los dedos de una mano. "Los usuarios actuales son muy 'techies'. Ten en cuenta que para aprovecharlo necesitas un teléfono potente, y que en pocas horas el GPS acaba con la batería". Es cierto: si quisiera usar el nuevo programa de Google para tomar un café con los amigos debería ser por la mañana, porque para la hora de la comida las baterías han pasado a mejor vida.

Una tecnología incipiente

Ribera cree que un futuro en el que estemos localizados por nuestras coordenadas servirá para "optimizar la cadena de valor de las cosas" y mejorar la economía. Que podamos recibir un mensaje si una tienda cercana que nos interesa está liquidando existencias, o un aviso de que nuestro restaurante favorito ofrece un menú con descuento a cambio de deshacerse de un excedente. Le pregunto sobre las dudas que ha generado la privacidad de Latitude y me asegura que son tonterías, puro desconocimiento ante una tecnología que, como todas, es neutra. Pone un ejemplo: "es igual que cuando salieron los móviles. La gente decía que nunca tendrían uno porque el jefe lo usaría para localizarlos y ahora todo el mundo está loco por tener un móvil de empresa". También está convencido de que pronto nacerá una etiqueta, un protocolo que decidirá qué uso del posicionamiento estará bien o mal visto. Y de que es fundamental que surjan ventajas claras para el usuario. De momento su uso resulta extraño. Uno de mis amigos define a la perfección la paradoja del experimento: "O sea, que le dices a Google lo que nunca querías que supiera tu madre, dónde estabas".

Para el emprendedor gallego el nacimiento de Latitude ("que ha sido muy prudente, han ido con mucho cuidado") es fundamental para el futuro de este incipiente mercado, y recuerda que Google aún no ha liberado las API's de su servicio, lo que permitiría el nacimiento de un sinfín de aplicaciones relacionadas. ABI Research calcula que el mercado de las redes sociales basadas en el geoposicionamiento alcanzará los 3.300 millones de dólares para 2013.

Pero volvamos a mi 'peligroso' teléfono con Latitude. La verdad es que si alguien estuviera interesado en espiarme, mis trayectos de casa al trabajo y del trabajo a casa le resultarían muy aburridos. Decido usar una de las armas que Latitude permite esgrimir en defensa propia: el posicionamiento a mano. Es decir, ubicar la situación de forma falsa y sin usar el GPS. Zagreb me parece un buen lugar y traslado mi icono en el mapa hasta allí. Por si queda alguna duda, informo en mi estado de que ando "en Zagreb". Mientras navego encadenada al ordenador empiezo a recibir chats de Gmail que me preguntan qué pinto en Croacia y descubro que si cambias de estado en el móvil, se repite automáticamente en el ordenador. Hago balance. Número de acosadores que me han perseguido esta semana: 0. Número de amigos despistados por mi súbito viaje a Zagreb: 10. Segunda conclusión: Parece que de momento Latitude es mejor para la mentira que para la verdad.

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