Pensar que, aproximadamente, la mitad de las lenguas que se hablan en el mundo están en peligro de desaparecer a lo largo del Siglo XXI no resulta nada tranquilizador. Sobre todo si, como ayer explicó la UNESCO, tenemos en cuenta que existen casi 200 idiomas que hablan menos de diez personas y casi el mismo número tiene menos de cincuenta. Pero los criterios que tradicionalmente se han seguido para decidir si una lengua estaba muerta se difuminan en los últimos años: ahora las lenguas no sólo viven o mueren, sino que también resucitan.
La nueva edición del Atlas de las lenguas en peligro de la UNESCO incluye 242 lenguas extintas desde 1950. O, mejor dicho, 241. Después de presentar el mapa, un grupo de habitantes de la isla de Man se pusieron en contacto con el organismo de la ONU para reivindicar que habían enterrado el 'manx' mientras ellos seguían estudiándolo. Y es que las políticas gubernamentales y el interés por recuperar la herencia cultural también hace que se revitalicen idiomas que estaban condenados al olvido.
"No está muy claro qué parámetros fijos determinan cuándo una lengua desaparece pero suele ser cuando muere el penúltimo hablante [criterio utilizado para componer el Atlas] porque después ya no podrá haber conversaciones en ese idioma", comenta Aitor García Moreno, investigador del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y de Oriente Próximo. En el caso de España, el Atlas recoge la situación de vulnerabilidad del euskera mientras que el aragonés y el asturiano-leonés se consideran 'en peligro'.
Pero la diferencia entre una lengua muerta, moribunda o 'resucitada' es muy compleja. El proceso habitual para estas lenguas que están, a priori, condenadas a desaparecer es que se extingan en las dos próximas generaciones por el avance imparable de las mayoritarias que inevitablemente "llegan a las nuevas generaciones a través de la escolarización. No debemos olvidar que gran parte de los usuarios de los idiomas minoritarios son analfabetos", explican desde la UNESCO. Pero, también asistimos al proceso inverso: el de los nietos que se interesan por conocer la que fue la lengua de sus mayores.
El judeoespañol (o ladino) es un ejemplo de ello. La lengua de los judíos que fueron expulsados de España tenía su principal comunidad de hablantes en Turquía pero a mediados del siglo XX su uso se había visto muy reducido al ámbito familiar. Probablemente habría estado condenada a la desaparición si no fuera porque, a raíz de la creación del Estado de Israel, las autoridades hebreas se esforzaron en reactivar esta lengua a través de instituciones como la Autoridad Nasionala del Ladino. Aún así, según el Atlas el ladino está 'seriamente en peligro', el siguiente nivel sería estar 'en situación crítica', el último antes de la extinción.
"La experiencia personal me dice que sí hay personas que conocen el judeoespañol pero no se puede decir que sean hablantes que lo utilicen de manera habitual en su casa. ¿Eso significa que es una lengua muerta? No me corresponde a mí hacer esa valoración pero, al menos, podemos decir que mientras que alguien lo usa en un encuentro sobre el ladino, por ejemplo, o en un medio de comunicación [como hace Radio Nacional], aunque sólo sea durante ese tiempo, está vivo", explica Aitor García.
Algo parecido ocurre con el yiddish (o yidis), la lengua hablada por las comunidades judías del centro de Europa. Rhoda Abecasis lleva catorce años acudiendo una vez al mes a un círculo de conversación en yiddish en España. "La participación no es mucha, somos cerca de unos doce, pero ha conseguido despertar interés en España y que incluso se traduzcan textos al yiddish". Con el nazismo y el holocausto, la población que utilizaba yiddish redujo de manera drástica. La creación del Estado de Israel no ayudó tanto como en el caso del judeoespañol "porque se dió prioridad al hebreo que entendíamos todos". Actualmente, el Atlas lo sitúa en el nivel 2 de amenaza o 'en peligro'. "Es cierto que ha perdido mucho y que generalmente no es la primera lengua de sus hablantes pero está tomando mucha fuerza en lugares como EEUU, donde vuelve a reivindicarse. Hay mucha diferencia entre estar muerto y moribundo", sentencia Rodha.
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