LIMA (PERÚ).- Escribe como habla y habla mal. Pero sólo el castellano, porque el quechua —segunda lengua oficial del Perú— lo maneja con fluidez. Se llama Hilaria Supa, es congresista de la República y acaba de convertirse en protagonista de un debate nacional de doble arista: la discriminación racial y el nivel de instrucción que debe tener un legislador.
El detonador de este escándalo que hasta hoy mantiene ocupados a los medios de Lima fue la portada que le dedicó el diario Correo el jueves 23 de abril, Día del Idioma Español. "¡Qué nivel!" tituló a todo lo ancho el periódico, luego de haber descubierto en la sesión plenaria del viernes 17 que las anotaciones a mano de Supa tenían graves faltas de ortografía y sintaxis. Publicó como prueba una serie de fotos de esos textos.
¿Y qué escribió la legisladora en su cuaderno? Aquí la transcripción tal cual:
Jueves De abril - 16 - 2009 Pleno Del Comgreso De la rePoBleca si Discotio lasituasion de Brai Ovo Muchos Participasion custo No Presencia Del preme menistro Para subre Brasy subreatentado pindio el pleno. Vernes De abril 17 2009…
Así se expresa la mayoría de peruanos quechuahablantes que han migrado de la sierra a la costa del país.
El director de Correo, Aldo Mariátegui, demolió a Supa en su columna. "No se puede pagar más de 20 mil soles al mes [unos 5 mil euros] y darle tanto poder" a una persona con "un nivel cultural tan bajo", ya que si escribe "peor que un niño de ocho años [...] poco puede aportar en la elaboración de leyes, en la fiscalización de casos complejos".
La primera en indignarse y acusar a Mariátegui de discriminación fue la propia parlamentaria. Luego se solidarizaron con ella el primer ministro, Yehude Simon; la defensora del Pueblo, Beatriz Merino; organizaciones de derechos humanos; gremios de trabajadores y columnistas de diarios que tienen etiquetado a Mariátegui como racista desde que criticó a Magaly Solier, protagonista de la película 'La teta asustada', ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín.
Cuando el tema ya estaba en los mercados, autobuses y cafés, el Parlamento aprobó un comunicado de rechazo a lo publicado por Correo, aunque dos congresistas votaron en contra. Una de ellas fue Martha Hildebrandt, para quien éste es un caso de violación al derecho de intimidad y Supa "no fue criticada por ser quechuahablante, sino por su precario castellano".
Hildebrandt, también secretaria perpetua de la Academia Peruana de la Lengua, va más allá. Opina que debería haber un filtro académico para ser legislador. Si la Constitución fija sólo tres requisitos para postular al Congreso —ser peruano, haber cumplido 25 años y gozar del derecho de sufragio—, ¿por qué nos quejamos de que vengan al Parlamento algunos congresistas ignorantes?, cuestiona.
El debate continúa y tiene para varios días más, sobre todo por el sesgo racista. Millones de peruanos se sienten representados por la congresista cusqueña porque han sido víctimas de discriminación por sus orígenes andinos, pero también millones de peruanos piensan lo mismo que Mariátegui o Hildebrandt, aunque no lo digan en voz alta porque no es políticamente correcto.
En medio de posiciones tan extremas, el sociólogo Nelson Manrique piensa que el caso Supa debe ser tomado con mucha comprensión, respeto y tolerancia tanto en el Perú como en España, cuna del castellano. Él se anima a plantear que existan traductores en el Congreso peruano, como ocurre en el español, donde se habla también el catalán, el euskera y el gallego.
Está claro que este tema de las faltas ortográficas y sintácticas no habría levantado tanta polvareda si no se tratara de una congresista. De una mujer que nació en una estancia remota, que nunca fue a la escuela y que trabajó como empleada doméstica, años antes de arribar a Lima ataviada con todos los colores andinos para sentarse en una curul [palabra con la que se nombra en Perú a las sillas de los parlamentarios].
A sus 51 años, Supa tiene frescos los recuerdos de su infancia en Huayllaccocha, poblado de Huarcondo, en Anta, Cusco, donde vivió hasta los seis años. Habla pausada y serenamente de su casa de adobe, de la chacra de papa, de sus abuelos que le inculcaron la premisa de nunca agachar la cabeza ante una injusticia o un maltrato.
Esta idea la acompañó en su juventud, cuando trabajó limpiando casas y cocinando en el departamento de Arequipa. De regreso a su tierra natal, se convirtió en dirigente del comité de mujeres de su comunidad. Orgullosa y con una sonrisa discreta, dice que aprendió a escribir en castellano de manera autodidacta cuando tenía 25 años.
Escaló en las organizaciones indígenas de la sierra y desde esas bases se enroló al partido Unión por el Perú, con el que llegó al Congreso hace tres años. Poco antes de jurar al cargo, debutó en las portadas de los medios cuando irrumpió en el centro del hemiciclo para protestar por el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.
A Hilaria Supa la deben recordar también en Iberia. Ella y su colega María Sumire denunciaron a la aerolínea por discriminación y malos tratos a finales de noviembre de 2006, cuando no les permitieron tomar el vuelo que las llevaría de Lima a Madrid para una cita de legisladoras indígenas. El avión estaba lleno. El caso fue archivado por la Fiscalía, pero la compañía fue multada por sobreventa de billetes.
En esa ocasión, Hilaria dijo lo que ahora repite tras la publicación de la nota en el diario Correo: "Me siento ofendida, señorita, es una humillación no solo a mi persona, sino a la cultura indígena, toda una civilización". Empieza a oscurecer en su modesta casa de un barrio limeño de clase media, donde vive sin hijos y sin esposo, pero con tres paisanas.
Ya debo irme. Antes de salir, le pregunto: "¿Y en algún momento dejará de vestir su atuendo típico en el Congreso?" Me responde: "No, porque entre tanta gente de negro, me gusta seguir siendo una flor".
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