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Scalextric, te echo de menos

  • Contra complejos cerriles, reciclar espacios es una iniciativa tan necesaria como estética
  • Viejas infraestructuras pueden transformarse en soluciones para las nuevas ciudades
  • El High Line de Nueva York aporta un ejemplo de cómo jugar con volúmenes y niveles
Por DIEGO FULLAONDO (SOITU.ES)
Actualizado 14-06-2009 14:03 CET

Ayer fui al cine a los Renoir de Cuatro Caminos, en Madrid. Hacía años que no caminaba por esta famosa plaza. Más o menos desde que sustituyeron el 'horroroso' paso elevado que daba continuidad al tráfico de la calle Raimundo Fernández Villaverde por el 'invisible' túnel actual. Imagino de los detractores de aquel viejo scalextric me dirán que, a raíz de su demolición, ahora es posible caminar por la plaza. No lo sé; yo siempre había paseado por allí. Y he de decir que, en esta ocasión, me sentí muy extraño. No encontré aquella entrada de cine angosta y presionada por la pesada rampa de hormigón. No reconocí una nueva plaza demasiado grande. No comprendí una rotonda excesiva y completamente inútil para el peatón (como casi todas, por otra parte). No recordé mi ciudad.

Las grandes infraestructuras forman parte de nuestra memoria urbana. Al menos en la misma medida que iglesias, monumentos e hitos varios que nadie siquiera pensaría en eliminar de un plumazo. Que algo se implante en nuestra memoria no lo hace intrínsecamente bueno o malo. Pero, desde luego, lo convierte en importante. Sin embargo, por algunos motivos precipitados se decidió en su momento que estos pasos elevados de nuestras plazas eran malos, muy malos; que constituían barreras infranqueables para la fluidez del tejido urbano; que impedían la percepción limpia y clara del entorno; que eran elementos nocivos que arrebataban la ciudad al ciudadano para entregársela al malvado coche.

Mira tú por dónde, me despierto esta mañana con la noticia de la inauguración del primer tercio de un famoso proyecto de Diller y Scofidio en Nueva York: El High Line. Se trata de un nuevo parque lineal, construido sobre un par de kilómetros del viejo trazado de unas vías férreas elevadas que se construyeron hace muchos años para facilitar el acceso de mercancías a una zona industrial de la parte oeste de Manhattan. Como muchas áreas fabriles de la isla, ante la presión inmobiliaria y dificultades de conexión varias, cayeron lentamente en desuso y se han ido reconvirtiendo, con envidiable vitalidad, a otros usos: lofts, galerías, comercios, etc.

La solución obvia y, si se me permite decirlo, madrileña, hubiera sido desmantelar automáticamente la vieja vía de tren, para hacer de la zona un convencional y agradable barrio residencial, incluso de nivel adquisitivo alto o muy alto. Pero varias asociaciones de vecinos elevaron su voz en defensa de aquella obsoleta infraestructura que, desde su punto de vista, había pasado a formar parte fundamental de la imagen de la ciudad y del barrio, al igual que las fábricas y demás estructuras industriales del pasado. Se convocó un concurso planteando este enfoque sorprendente para muchos de los promotores y especuladores inmobiliarios de la zona: no acababan de entender cómo la gente podía querer mantener una cosa tan fea en lugar de construir un nuevo barrio residencial amable y tradicional.

Reciclar e invadir el eje vertical

El resultado de todo aquel debate es el High Line que ahora abre sus puertas. Ganó el concurso la propuesta Diller&Scofidio + Renfro con la colaboración del artista Olafur Elliasson, que convierte la vieja estructura en un gran parque lineal que sigue atravesando a media altura todo el barrio. Ahora podemos comprobar que el proyecto no es sólo tremendamente atractivo (que lo es sin duda); sino que es además una respuesta viable a una problemática urbana muy común, y una respuesta mucho más inteligente, rica y compleja que las infantiles y torpes demoliciones que algunos defienden con virulencia.

Con esta operación Diller y Scofidio consiguen mantener aquellos valores que, sin pretenderlo y con el exclusivo paso del tiempo, aquella brutal infraestructura había construido en la memoria de los ciudadanos. Reciclan esos recuerdos, y construyen sobre ellos. Eliminan lo negativo y lo infrautilizado y le superponen nuevas actividades, un nuevo sustrato (en este caso vegetal) para seguir proporcionando a la ciudad la densidad y complejidad que necesita. Solucionan un problema de falta de espacios verdes y libres en el barrio. Inventan un espacio nuevo para el peatón, una nueva perspectiva para el ciudadano, que puede ahora contemplar y disfrutar de su barrio desde las alturas por donde antes circulaban los trailers. En definitiva,duplican el espacio público de calidad aprovechando algo que ya estaba allí, y con un coste, proporcionalmente, ridículo.

Esto es lo que eché de menos en Cuatro Caminos. Me habían robado torpemente la memoria. No digo que el túnel esté mal. Posiblemente el tráfico rodado esté mejor ahí abajo. Pero ¿por qué no haber mantenido el poderoso paso elevado y haberlo entregado al ciudadano? Habríamos multiplicado no por dos, sino por tres el espacio público: túnel, cota de calle y scalextric. ¿Para qué? ¡Seguro que se nos ocurrían cosas!

No todo está en la escala

La diferencia entre la ciudad y el pueblo no es simplemente una cuestión de escala —me acabo de dar cuenta de una curiosidad: "scale x tric", truco de escala en inglés (más o menos)—. Aunque a algunos les pese, el modelo de ciudad no puede ser un pueblo en grande, con avenidas más anchas, con plazas de más radio y con edificios más altos (no mucho por favor). Entiendo perfectamente que haya gente a la que no le guste la ciudad, pero que no nos digan una y otra vez a los que sí nos gusta que somos imbéciles y que lo bueno es el pueblo. Que no impulsen un urbanismo que persigue su sueño imposible y absurdo de vivir en Madrid como si fuera Patones de Abajo.

El suelo, la cota cero es un bien caro y, desde hace unos años nos hemos dado cuenta, escaso. No podemos lanzarnos enloquecidos a la conquista de más y más superficie horizontal. La respuesta para la ciudad y, más concretamente, para el espacio público de la ciudad, está en la sección; en invadir con inteligencia y decisión el eje vertical. Sólo de esa manera mantendrá la ciudad la densidad y complejidad que necesita para subsistir. Y el proyecto de Diller&Scofidio para Nueva York me parece un magnífico ejemplo de esta actitud.

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