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Doce horas sin piedad

Por JAVIER PÉREZ DE ALBÉNIZ (SOITU.ES)
Actualizado 06-07-2009 07:52 CET

Nunca el título de un programa reflejó con mayor precisión el contenido del mismo. Porque 'Doce horas sin piedad' fue un telemaratón tan cruel como absurdo, organizado por Veo 7 (la televisión de juguete de El Mundo), que consistió en una entrevista de medio día de duración, con decenas de invitados y cientos de preguntas, a un mismo personaje. "Sólo Castro, Chávez o Pedro Ruiz serían capaces de protagonizar este reto", aseguró un Josu Aurrekoetxea, director general de contenidos de la cadena. Eligieron, imagino que sólo por cuestiones de presupuesto, a Pedro Ruiz. "Es una de las pocas personas en este país que tiene opinión sobre todo", aseguró Aurrekoetxea.

"Soy un clásico", dijo modestamente un Pedro Ruiz que llevaba cinco años sin ponerse delante de una cámara. Ahora sabemos por qué. Y también que, en buena lógica, deberían pasar por lo menos otros tantos para que vuelva a hacerlo. La historia de este esperpento audiovisual comenzó con una idea genial de Veo7 y Ruiz: entrar en el libro Guinness de los Récords. Podían haber elegido las fórmulas habituales para pasar a la historia de las plusmarcas imbéciles, como romper cien nueces con la rabadilla en menos de un minuto o comerse una docena de perritos calientes sin respirar. Pero, vaya por Dios, eligieron hacer un programa de televisión. ¿No tenemos ni la creatividad ni el talento como para hacer un espacio realmente original? Pues cogemos a un ególatra acabado y le entrevistamos el tiempo suficiente como para salir en el libro Guinness.

Cuesta trabajo imaginar un programa peor, puesto que en éste todo resultó de una mediocridad sonrojante. La decoración del plató del hotel Wellington, unos maquillajes dignos de Paco España, la iluminación, la dirección, la presentación, el contenido, la realización, la música (ese piano de bar de hotel), la publicidad y, por supuesto, los entrevistadores: Sáenz de Buruaga, Luis Cobos, Pipi Estrada, Ramoncín, Miguel Ángel Rodríguez, actrices de medio pelo, un tío con barbas vestido de mujer... Todo parecía de mala calidad, chusco, de saldo. Incluso las reflexiones del protagonista: "He leído suficiente, pero mucho menos de lo que la gente pueda pensar al escucharme".

"Por la boca muere el pez" tampoco hubiese sido un mal título para este programa. Un espacio de doce horas (o de cinco minutos) con Pedro Ruiz está condenado a ser patético: se trata de una apuesta perdedora sólo asumible por una televisión sin futuro, puesto que Ruiz pertenece a esa cuadrilla de personajes pedantes, demagogos, prepotentes y vanidosos que destacaron cuando sólo había una televisión, y sucumbieron al surgir la competencia. Fósiles audiovisuales que nos recuerdan una forma de hacer televisión vieja, decrépita, acabada. "Es muy importante que todo el mundo sepa que Pedro Ruiz no ha cobrado ni un céntimo de euro por este trabajo", aseguró de forma innecesaria Miralles. Y digo innecesaria porque es evidente que Ruiz se encuentra en un momento de su carrera en el que tiene que pagar por hacer televisión.

¿En 2009 puede interesarle a alguien lo que piense Pedro Ruiz? El único atractivo del programa era científico: ¿Resistiría doce horas la próstata del veterano presentador? ¿Soportarían sus esfínteres tan largo reto televisivo? ¿Estaría sondado durante el programa o se vaciaría en una cuña? Afortunadamente el señor Hannah, juez de Guinness encargado de auditar el esperpento, tenía un gran corazón: le permitió visitar el baño durante unos minutos cada hora.

A las dos de la madrugada del sábado Pedro Ruiz y Veo7 entraron en el libro Guinness. "Atrévanse a ser ustedes", dijo el primero justo antes de hacer el pino. Enhorabuena. Habían conseguido el récord con la entrevista más larga, aburrida, absurda, casposa, intrascendente y peor realizada de la historia de la televisión española.

P.D.1

Y hablando de cosas que dan vergüenza ajena... El Gobierno subvencionará la compra de motocicletas con ayudas de hasta 750 euros. Una medida tan inteligente y conservacionista como construir un parador de turismo en Garoña. Si realmente les preocupa el medio ambiente, el ahorro de energía, la salud de los ciudadanos... ¿Por qué no subvencionan la compra de bicicletas?

P.D.2

Más vergüenza ajenas relacionada con el mundo del motor... Bernie Ecclestone, patrón de la Fórmula 1, dice que "Hitler supo hacer las cosas". Y no pasa nada. Ni las escuderías, ni los pilotos, dicen una palabra.

P.D.3

Última vergüenza ajena del día... En 'Sálvame' (Telecinco) repiten los mismos burdos trucos para enseñar tetas y culos. Por segunda vez un tal Kiko arrancó el vestido a una mujer en pleno programa y la dejó desnuda. Un recurso que no dice mucho de los creativos de una cadena en donde se nota cada día más la mano de Berlusconi. Se nota en cada teta y en cada culo, concretamente.

Un motivo para no ver la televisión

La oreja de Murdock.
Autor: Castle Freeman Jr.
Editorial: Mondadori.

La América profunda está en Vermont, Nueva Inglaterra. En una región maderera, cubierta de grandes bosques y habitada por hombres que pasan la tarde bebiendo cerveza en el viejo molino de la Silleria Dead River. Desde ese local en ruinas controlan todo cuanto pasa en la región. Un lugar donde se conducen viejas camionetas, las escopetas están siempre cargadas y el sheriff cubre una jurisdicción que no tiene ninguna intención de sobrepasar. El escenario perfecto para situar una historia rural sobre los miedos, la justicia, la violencia, la astucia y la filosofía de la supervivencia.

Lillian, la joven protagonista, un chaval tan grande como zoquete y un viejo cojo que se las sabe todas siguen la pista de Blackway, el hombre que acosa a la chica y tiene atemorizado a todo el pueblo. Una historia que muy bien podría haberla escrito un Cormac McCartney con sentido de humor y un ritmo enloquecido a la hora de construir diálogos. Pero la ha escrito Castle Freeman Jr, un autor desconocido en España. Y podían llevar al cine Tarantino o los hermanos Coen. "La oreja de Murdock" es una novela con aires de road movie, construida sobre los diálogos y dividida en capítulos breves e intensos, con constantes cambios de decorados, planos y personajes. Una delicia. Imprescindible seguir los pasos de Castle Freeman Jr.

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