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Palos en Xinjiang, machetes en Ruanda: ¿qué hay en común?

  • Este tipo de violencia tiene unas características que se repiten
Por ÁLVARO LLORCA (SOITU.ES)
Actualizado 10-07-2009 23:31 CET

Desde los machetes de Ruanda hasta los palos de Xinjiang, la violencia étnica ofrece imágenes sobrecogedoras, en las que unos ciudadanos se arman hasta los dientes con utensilios rudimentarios para dar caza a sus vecinos de la etnia rival.

Este tipo de violencia tiene unas características que se repiten. Ervin Staub es profesor en la Universidad de Massachusetts y uno de quienes más han estudiado la violencia grupal. Según escribe este profesor, cuando las condiciones de vida son muy complicadas en una sociedad, es más probable que puedan ocurrir este tipo de enfrentamientos, ya sea "a causa de los problemas económicos, de la inestabilidad política o de un cambio en la sociedad demasiado acelerado". Curiosamente, en el origen del enfrentamiento entre los integrantes de la etnia han y los de la minoría uigur, que al menos ha costado la vida a 156 personas, se pueden encontrar los elementos mencionados:

  1. Los problemas económicos: Desde que la región pasara a formar parte de China en 1949, a pesar de su carácter autónomo, los miembros de la etnia uigur se han sentido discriminados y han denunciado el trato de favor que han recibido los chinos han en cuestiones económicas y laborales, a pesar de que la zona ha vivido cierta prosperidad y el terreno es rico en petróleo y gas.
  2. La inestabilidad política: La región de Xinjiang ha vivido múltiples convulsiones a lo largo del siglo XX. En 1933 se erigió como República Islámica del Turkestán Este, aunque sólo duró un año. En 1944 se fundó la Segunda República del Turkestán Este, aunque volvió a formar parte de China en 1949. Desde entonces, las relaciones han sido muy tensas, y hay quien exige una vuelta a la independencia.
  3. Cambios sociales apresurados: La política de repoblación que han seguido las autoridades comunistas chinas han provocado un súbito cambio demográfico. Y es que, desde que el territorio pasó definitivamente bajo control chino, el gobierno impulsó una política de emigración masiva de miembros de la etnia han para repoblar la provincia. Concretamente, la proporción de habitantes de la etnia han en la región creció desde el 6%, en 1949, hasta el 40%, en 2000. Estos movimientos provocaron grandes tensiones y problemas de integración entre ambas etnias, que tienen valores muy contradictorios.

Todo lo que hemos hablado hasta ahora nos permite entender otro de los factores que Ervin Staub califica como 'instigadores a la violencia': "La colisión entre un grupo dominante y un grupo subordinado en una sociedad". En este caso, el desequilibrio es evidente. El grupo dominante sería el conformado por la etnia han, y el subordinado serían los uigures.

El grupo dominante, normalmente, va creando una serie de mitos que legitiman esa jerarquía. Hay un ejemplo muy llamativo que relataba Pierre Haski: "En Kashgar, la nueva ciudad china se ha construido de espaldas al zoco uigur, que se desploma en ruinas. Entre las dos zonas se levanta una estatua gigante de Mao, una de las poquísimas construidas después de su muerte en toda China".

Este desequilibrio acaba moldeando una determinada identidad en ambos grupos. Y resulta que, merced a esta identidad, el otro grupo se percibe como enemigo, como culpable de los males que afectan a los miembros de la comunidad, creando lo que se denomina "ideologías antagonistas". Este choque, en el caso que nos ocupa, se agrava por las diferencias religiosas, ya que los uigures profesan un islamismo moderado (que poco a poco va ganando adeptos).

Quienes ostentan el poder juegan un papel determinante en el mencionado equilibrio de fuerzas. A ojos de Ervin Staub, "los líderes podrían ofrecer visiones positivas que sirvan para unir a la gente, en vez de dividirla". Sin embargo, cuando estalla la violencia social, normalmente, "es porque los poderosos han trabajado más en el mantenimiento de las diferencias, en la creación de organizaciones que son potenciales instrumentos de violencia". ¿Cómo se explica si no, la decisión de las autoridades chinas, de reforzar los movimientos migratorios con la creación ex profeso de un cuerpo militar, llamado Bingtuan?

Pero este planteamiento se extiende a las autoridades internacionales: "Los países que están fuera del conflicto continúan las relaciones comerciales y culturales con un país que permite la violencia contra un grupo de sus ciudadanos, de modo que expresan cierta aceptación con lo que ocurre en el país", asegura el profesor de la Universidad de Massachusetts. Ha habido casos muy graves y notorios en este sentido, como cuando Estados Unidos entrenaba en técnicas de contrainsurgencia a personal militar en Sudamérica, a pesar de que esas técnicas se empleaban a la postre, por ejemplo, en las desapariciones forzosas de Argentina.

Todos estos ingredientes conforman un caldo de cultivo excepcional para estallidos de violencia tales como el que se está viviendo en China durante esta semana. Y una vez que la chispa ha prendido, las personas que se suman a las manifestaciones participan en un proceso de desindividuallización, a través del cual se da una disminución de la consciencia y una difuminación de las responsabilidades de cada uno, puesto que estas situaciones grupales o colectivas favorecen de alguna manera el anonimato. En el lado contrario se sitúa la deshumanización, que es el proceso a través del cual se deja de ver a los integrantes del grupo contrario como personas, por lo que la violencia puede tener consecuencias mucho más nefastas.

Toda esta nómina de procesos sociales y psicológicos que se ha plasmado a lo largo del artículo permiten encontrar una serie de constantes que subyacen en gran parte de los estallidos de violencia étnica. Si los especialistas han sacado a la luz este conocimiento después del estudio de episodios similares, ¿por qué se hace tan poco para prevenir estos enfrentamientos?

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