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Terry Gilliam, Ed Wood y las sustituciones extravagantes del mundo del cine

EFE
Actualizado 25-10-2009 12:24 CET

Madrid.-  Aunque las tecnologías digitales son ya capaces de resucitar a los actores, nada más eficaz que la imaginación para solventar imprevistos y Terry Gilliam, como ya hiciera Ed Wood, hizo uso de ella al morir Heath Ledger en pleno rodaje de "The Imaginarium of Doctor Parnassus".

Así, el desglose de su personaje en tres "alter ego", encarnados por el trío de ases de Johnny Depp, Colin Farrell y Jude Law, se ha convertido en el principal reclamo y giro más ingenioso de la última obra de Gilliam.

"La muerte de Heath Ledger terminó mejorando la película", aseguró sin reparo el ex miembro del grupo cómico Monty Python en el pasado Festival de San Sebastián.

Otro artista igualmente imaginativo y no en vano considerado el maestro de la serie Z, Ed Wood, también se vio obligado a buscar una solución al morir su actor fetiche, Bela Lugosi, cuando tenía a punto de terminar su película más célebre: "Planet 9 from Outer Space" (1959).

A la puesta en escena encantadoramente chapucera y a los efectos especiales imposibles se sumó, entonces, una última triquiñuela: Lugosi fue sustituido por el quiropráctico de la esposa de Wood, que era más alto que el otrora célebre "Dracula", pero que fue ocultado para las escenas restantes tras la mítica capa del conde-vampiro.

Ese mismo año, Yul Brynner, el calvo más sexy del Hollywood dorado, sacrificó su seña de identidad en pos del rigor histórico en "Solomon and Sheba", de King Vidor, después de que Tyron Power, el actor que había asumido el personaje en un principio, muriera en pleno rodaje en España. Todas sus escenas tuvieron que ser filmadas de nuevo por el actor de "The King and I" (1956).

Burt Lancaster, a sus 72 años, quería impulsar su esplendor otoñal tras el éxito de "Atlantic City" (1980) produciendo la adaptación cinematográfica del libro de Manuel Puig "El beso de la mujer araña", película con la que, además, quería asumir públicamente su homosexualidad.

Sin embargo, el actor tuvo que abandonar el proyecto por problemas de salud para ser sustituido por William Hurt, que por aquél entonces contaba con 35 años y que ganó el Óscar por esa película en el año 1985.

Otros proyectos, directamente, se cancelaron. El más célebre de ellos fue el que Marilyn Monroe estaba rodando con George Cukor antes de ingerir una dosis letal de Nembutal. El mito Monroe creció de tal manera, que los 34 minutos existentes de "Something's Got To Give" se estrenaron para coleccionistas en 2001.

Con el avance de las nuevas tecnologías, numerosas películas han superado el escollo con recreaciones digitales de los intérpretes desaparecidos: la más sonada, por su ambigüedad y el posterior éxito de la película, fue la de "The Crow" (1994), de Alex Proyas.

Su protagonista, Brandon Lee, murió durante el rodaje por lo que oficialmente fue calificado de error humano: las supuestas balas de fogueo acabaron con su vida. Para muchos, su caso no era más que la extensión de las cuentas pendientes de las mafias chinas con su padre, Bruce Lee, también fallecido en extrañas circunstancias.

El actor británico Oliver Reed también fue "digitalizado" al fallecer después de una vida llena de excesos y antes de poder ver cómo "Gladiator" se convertía en la mejor película de 2000 según la Academia de Hollywood.

Tras ver cómo Brad Pitt "actuó" durante gran parte del metraje de "The Curious Case of Benjamin Button" (2008) con un rostro íntegramente digital, el cine ha demostrado su potencial capacidad para resucitar a sus muertos y jubilar a sus actores.

"Siempre y cuando las leyes lo permitan, podremos hacer películas con Marilyn Monroe o cualquier actor ya fallecido", aseguraba el año pasado Paul Debevec, el hombre al que, desde su labor para "Matrix" (1999), Hollywood tiene como barómetro de las tendencias de la industria digital.

Las nuevas tecnologías de reconstrucción imagen y grabación de voz -en poco tiempo se podría hasta registrar todos los tonos de una voz y conseguir que leyera textos que nunca ha pronunciado- conducen hacia "una sensación de control de la obra cinematográfica similar a la que un escritor tiene sobre su libro".

Mateo Sancho Cardiel

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