Madeira es el mundo

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turismo
Actualizado 14-01-2008 09:55 CET

Madeira es el mundo, y el resto de la tierra firme no es más que una enorme isla. Madeira lo tiene todo y es para todos porque está en medio del océano.

Porto da Cruz. Foto de Christophe Luethi

La única pista del modesto aeropuerto de Funchal está sostenida por pilares de hormigón que la sostienen por encima de las aguas del Atlántico, lo que unido a su poca longitud le da un aspecto parecido al de un trampolín. Por algo las líneas comerciales no permiten que cualquier piloto cubra esta ruta: los despegues y aterrizajes deben llevarse a cabo en un abrir y cerrar de ojos, que es exactamente lo que se tarda en pasar del mundo real al mundo de los sueños. Bienvenidos a Madeira.

Explicar que existe una isla diminuta donde hay volcanes en activo, ríos subterráneos, selvas prehistóricas, playas de arena negra y nieve en invierno puede sonar a cuento, pero es verdad. Aunque sólo es verdad si hablamos de esta isla “secreta” que pocos conocen.

La capital de Madeira es Funchal, una ciudad que hasta 1.982 no tenía semáforos y cuyos jardines parecen diseñados por un niño mago. Tomar una copa de vino frío de malvasía y levantar la vista para contemplar cómo cae la lluvia en las cercanas cumbres de 1.800 metros mientras se remojan los pies en una soleada playa subtropical es una experiencia casi irreal. Por eso, lo mejor para convencerse de que es posible algo así es explorar este pequeño mundo con mucha calma y los ojos bien abiertos.

Unos marineros portugueses llegaron a Madeira en el siglo XV y casi acabaron con todos los árboles de la isla al comprobar que la madera de allí era ideal para construir galeones. Afortunadamente la naturaleza se impuso y los bosques de laurisilva han sobrevivido hasta nuestros días. Hoy, éstas marañas de vegetación siempre verde declaradas patrimonio de la humanidad se extienden desde laderas y vaguadas hasta vertiginosos barrancos al borde del mar.

Vivir en un sitio así forzosamente desarrolla la imaginación de los habitantes, y una de las muestras más curiosas de ello son los llamados “cesteiros”. Debido a la complicada orografía madeirense, hasta los pueblos más pequeños tienen muchas de sus calles en cuesta, y por ello se usaban unos cestos parecidos a bañeras de cáñamo con ruedas en las que viajaban pasajeros y mercancías, cuesta abajo, a velocidades vertiginosas. Los turistas podemos probar este peculiar medio de transporte o fortalecer nuestras piernas para después emprender uno de los imprescibles trekkings que nos descubrirán paisajes dignos de “El Señor de los Anillos” y de los que traeremos como trofeo fotos insuperables.

Otra muestra del ingenio local son las “levadas”, un complicado sistema de conductos subterráneos que conducen el agua de las cumbres y los ríos de la parte norte de la isla, casi deshabitada, hasta la parte sur, donde vive la mayoría de la población.

La historia de Madeira está llena de detalles que parecen salidos de una leyenda, como que los dos primeros portugueses nacidos aquí fueron unos gemelos llamados Adán y Eva, o que hace 500 años era la mayor diócesis del mundo, pues desde Funchal se dirigían las misiones de África, Brasil, China y la India...

Todo ello importa poco, pues lo importante de las leyendas es que disparan nuestra imaginación mientras nos revelan algún secreto. Y pocas leyendas son tan fáciles de visitar como Madeira.

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