La capital de Dinamarca es una ciudad de claroscuros, de luces y sombras, sol y oscuridad.
Un extraño atardecer en el paseo martítimo de la capital danesa
Copenhagen despierta temprano, casi siempre, bajo un cielo blanco que todo lo cubre. En el frío invierno, la noche conquista diariamente el firmamento a la hora en la que, en España, algunos no han terminado de comer (alrededor de las cuatro de la tarde)
Esta noche interminable no es sucia, ni amarillenta ni ruidosa, gracias a que las motocicletas casi no existen y los coches, que son pocos, dormitan antes de la medianoche. Y es que aquí, los vehículos y su petróleo están fuertemente fiscalizados.
Las noches claras y estrelladas, no merman la alegría de quien vuelve a ver, durante el día, los rayos de un sol que parecía estar raptado. El júbilo es mayor si el sol aguanta hasta la hora en la que el día decide cerrar (ocho de la tarde desde finales de marzo).
Con el día crecido y el nacimiento tardío de la primavera, vuelve a abrir sus puertas, como cada abril (y hasta septiembre) el lugar con más bombillas de la ciudad: el parque de atracciones Tivoli. Todos aquí se han enterado de una reapertura cuyo anuncio ha tapado, por delante y detrás, la portada de los periódicos gratuitos que se reparten, cada mañana, en los, extremadamente puntuales, trenes, metros y autobuses.
El cartel publicitario es sintomático. Tres cuartos del mismo están ocupados por un cielo anaranjado que recuerda a, los aquí muy valorados, atardeceres veraniegos. En la parte inferior, una vista panorámica de esta ciudad que no entiende de rascacielos. En primer plano, la copa verde de unos árboles y la cresta roja de una montaña rusa.
Vuelven, por tanto, a tomar vida las atracciones de un parque en el que se celebrará, a partir de hoy, y cada noche del viernes, el festival musical Fredags Rock. Los estadounidenses The Flaming Lips, el cantautor de las Feroe Teitur, o los omnipresentes daneses L.O.C., entre otros, se turnarán en un escenario situado en este parque cuya decoración recuerda al mundo del circo y del cabaret.
Los conciertos, al aire libre, se escucharán, seguro, en el barrio de Vesterbro, que es de los pocos que parece trasnochar; una zona comercial, de cines (como el Imperial o el Palads), teatros, pubs, edificios de oficinas y fachadas luminosas que intentar imitar, sin éxito, al Picadilly Circus londinense.
Contrasta esta iluminada área con el resto de una capital que, por lo general, está apagada por las noches. Tanto, que en algunas calles y avenidas, la oscuridad solo se ve interrumpida por las luces blancas y rojas de las bicicletas que no dejan de pasar. Entre la oscuridad, uno puede observar el interior de las viviendas danesas que no se ocultan bajo persianas ni cortinas. Casas de cristal encendidas, interiormente, por velas (la luz eléctrica se paga cara) y pequeñas lámparas que, rara vez, cuelgan del techo.
Esta iluminación, íntima y casi expresionista, consigue que las viviendas, pubs y cafés sean lugares cálidos y elegantes. Y, sobre todo, engaña a ese ciudadano despistado que cree que Copenhagen está muerta cuando, en realidad, miles de lugares, tímidamente iluminados, acogen a esos habitantes silenciosos y hambrientos, siempre, de cultura y luz.
*Martín Martínez (Copenhagen)
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