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¿Qué medalla le damos a Zhang Yimou?

Por MARTIN XIAOBAO (SOITU.ES)
Actualizado 09-08-2008 17:58 CET

PEKIN (CHINA).-  Finalmente fue Li Ning. No me lo esperaba. Sospechábamos que la antorcha saldría o entraría volando en el estadio. Pero no que el "príncipe gimnasta" recorrería a cámara lenta el alero del Nido. Faltó un poquito de coordinación con el pergamino y algunos dejamos de respirar durante los cuatro segundos que tardó en prender la mecha del pebetero, pero el efecto fue, en general, tan logrado como el de la flecha de Barcelona 92. La primera medalla de estos Juegos se la llevó la inauguración.

Ahora bien, ¿oro? ¿plata? ¿o bronce? Que los Juegos coincidan con las tres décadas de apertura y reforma en China nos tienta a calificar su ceremonia de apertura como la fiesta de cumpleaños de esta metamorfosis económica (sobre todo), social (en muchos aspectos) y política (a ratos). Una especie de vídeo musical para celebrar el renacimiento de Pekín como centro de gravedad mundial. Y los encargados de ponerle imagen y música, Zhang Yimou y Dan Tun, se han llevado todas las alabanzas.

Me gustan las películas de la primera época del cineasta. Después colgó su hábito de director alternativo y censurado por el régimen para hacer dramas históricos (menos irreverentes que contar historias de hoy, a ojos de los censores) con mucho retoque digital, fotografía de postal y artes marciales efectistas. Y también disfruto con ellas. Por eso me gustó que la ceremonia tuviese ese toque tan Zhang Yimou.

Para empezar, esos 2.008 tambores luminosos. Por alguna razón, encuentro una belleza algo inquietante en la visión de esas coreografías de miles de almas coordinadas en cada movimiento. Es una mezcla de atractivo visual con cierto desasosiego, por lo que tiene de demostración de poder, como en los desfiles militares. No ando muy alejado, pues acabo de enterarme de que ayer actuaron en el Nido cerca de 9.000 soldados del Ejército de Liberación Popular.

La cuenta atrás de los tambores fue seguida en la calle de Pekín a gritos. «Tiene mucho sabor chino», comentó alguien a mi lado. Y es cierto que hubo muchos clichés. Empezando por la recurrencia a la poesía (de la dinastía Tang, siglo octavo), recitada en ese tono del chino impostado, de tonos exagerados, y acabando por la presencia de miles de practicantes de taichi en blanco inmaculado. Algo de ópera, pero con marionetas, referencias al Cristóbal Colón chino, Zheng He, durante el homenaje al mar y la legendaria Ruta de la Seda…

Hubo referencias a las grandes invenciones de China: el papel, en forma de pergamino gigante, y los trazos de caligrafía que un grupo de bailarines imprimió en él empleando sus cuerpos como pinceles. Y cómo no, los fuegos artificiales, que asombraron a los pekineses con esas imágenes del helicóptero mostrando la sucesión de explosiones mientras sobrevolaba el eje de la ciudad de sur a norte. Muy propio de la nación que vio inventar la pólvora y que cada Año Nuevo chino convierte las calles en un polvorín.

Pero también –y afortunadamente- faltaron muchos otros tópicos de esos que abundan en cualquier gala o festival chino que se precie: no hubo baile de dragones, ni acrobacias con platos en equilibrio, ni linternas rojas. Tampoco hubo pandas, pero a estas alturas, y después del terremoto de Sichuan (hogar de estos animales) creo que habrían sido recibidos con una gran ovación.

Menos brillante me pareció la parte musical. La visión de Lang Lang en el piano blanco, con niña incluida, era como para cambiar de canal. Pero estábamos en la calle, y la pantalla gigante no tenía mando. Por no hablar del dueto de Sarah Brightman y Liu Huan sobre el globo terraqueo dando voz a la canción oficial, rodeados de paraguas con rostros de (cómo no, otra vez) niños del mundo. Muy Benetton en lo visual y demasiado soso en lo musical.

También hubo referencias al compás y a la imprenta, dos aportaciones chinas al mundo. Cuando los cubos grises (¿tacos de imprenta?) subían y bajaban coordinadamente, describieron la evolución en el tiempo de un carácter chino: armonía, que aparece en los eslóganes de la propaganda estatal, como parte de la «armonía social» o el «desarrollo armónico». Fue una referencia sutil, que pudo pasar algo desapercibida, pero que seguro que agradó a las autoridades del Partido.

Algunos han criticado la pompa nacionalista del espectáculo, que a mí me pareció bastante más comedido de lo que esperaba. Eché en falta algo de humor, menos seriedad, más ambiente festivo, tanto en el Estadio como en la calle. Pero en general, fue un show propio de una China del siglo XXI, en el que esa otra China del pasado comunista quedó relegada a los rostros inexpresivos de los líderes en el palco presidencial.

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