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Antes fueron los vírgenes, luego los gordos, ahora 'los porretas'

Por F. VOLPINI/ A. MORENO* (SOITU.ES)
Actualizado 05-12-2008 18:13 CET

Judd Apatow es el nuevo rey de la comedia americana. Sus producciones se convierten directamente en obras de culto sin necesitar siquiera un tiempo prudencial para la reflexión. Si debutó haciendo de Steve Carell un 'Virgen a los 40' y suavizó los estereotipos del triunfador sexual en 'Lío embarazoso' o 'Supersalidos', ahora produce lo nuevo de Seth Rogen, 'Superfumados', una comedia disparatada sobre dos porretas descabezados. Además tenemos, dos historias infantiles, un documental musical sobre la tercera edad y una de mongoles. Esta semana hay más variedad que en el Lidl.

‘Mongol’, de Sergei Bodrov (por F.V.)

Experimentó el arte de viajar notables mejoras en el siglo XIII: Gengis Khan-Temujín. Los mongoles inventaron el caballo multiusos, que es como la navaja suiza (una hoja para cada situación, más sacacorchos, punzón, tijeritas, etc.), aplicado a la existencia nómada. El caballo mongol era vehículo, era almacén, era cama (los mongoles dormían a caballo), era atalaya (disparaban sus flechas al galope), era cocina (lo era para los tártaros, la carne cruda debajo de la silla, para que fuera ablandándose y la sazonase el sudor de la montura —de ahí el 'steak tartare'—) y era fuente directa de alimento: la sangre, que extraían abriéndoles una vena en el cuello por turno a los caballos (llevaban, como se sabe, diez o doce cada jinete) y la carne, mataban y se comían al caballo que no soportaba tanto aprovechamiento. Así que no hay que sorprenderse de que llegaran lejos ni de que pudiesen con lo que se les ponía por delante. 'Mongol', de Sergei Bodrov, retrata un momento anterior: la ajetreada infancia de Temujín, su juventud, que parece un Espartaco sufridor, uncido a cada noria del camino (Victor Mature o Charlton Heston habrían dado estupendamente el tipo), su boda, el rapto de su esposa, Bordetai, y el cautiverio con vistas a la calle.

Espléndidos paisajes, hermosa fotografía, un discurrir moroso —algo confuso a veces—, para una película que acaba justo cuando las cosas empiezan a moverse.

‘Buscando un beso a medianoche’, de Alex Holdridge (por F.V.)

Se proyectó en la Gala de Clausura del 46º Festival Internacional de Cine de Gijón. Es lo bueno que tiene ir a Festivales: que se estrenan las películas y tú ya las has visto. Además de que conoces gente. En eso, un Festival es como el sexo: compartiendo una afición con gente a la que fuera del Festival (o de la cama) no frecuentas. Del sexo sacas, además, si eres un indiscreto —o indiscreta—- tema de conversación; y de los Festivales, que ves cine, incluso del que no llega a estrenarse. No es el caso. Cuando sexo y película se juntan y una se cuenta en función del otro, o viceversa, se estrenan casi siempre y más si, más que sexo, es soledad y se sazona con humor juvenil (¡qué gracia, tú, "vagina"!) y unos personajes supuestamente desvalidos que se muestran después (el protagonista) extrañamente desenvueltos. Una película tierna, agradable, que no cae en el cuento de hadas y que invita a repetir. En el sexo. Y en el cine.

‘La leyenda de Santa Claus’, de Juha Wuolijoki (por A.M.)

Nada más salir del cine, entro al excusado y veo a dos señores charlar de lo que les ha parecido ‘La historia de Santa Claus’. Por mi parte, prefiero no hablar tras los pases. La mente humana es tremendamente influenciable cuando recibe juicios de valor ajenos si aún tiene calentito en el horno un pensamiento que procesar. Y estos quieren adulterar mi idea. Dicen que es simple, que le falta emoción, y yo, tirando de bravura y de apresurada autoconvicción me repito como un mantra que la suposición de cómo debió ser San Nicolás de pequeño se adapta como guante a la mano a lo que puede pedir un infante inquieto a unos multicines. Le cuentan una historia que le interesa —-porque a todos nos gusta saber cómo se forjan los ídolos—, que tiene actualidad (estamos en Adviento, así que abrácense) y que, a ratos (cada vez que cualquiera pronuncia la mágica palabra 'Aada'), conmueve. No hay chistes sofisticados ni gran diseño de caracteres. La gente hace en cada momento lo que se espera de ellos, pero, a diferencia de otras historias en las que necesitamos que nos sacudan, ésta, 'miembra' por derecho de ese pequeña cajita de bombones deliciosos que, escondido, suele aparecer cada año, solamente pretende mecernos. Suspiro contento porque han llegado tarde en su afán mediatizador, me lavo las manos y me voy con viento fresco.

‘Corazones rebeldes’, de Stephen Walker (por A.M.)

¿Qué le piden a un documental? ¿Qué sea un exhaustivo reportaje de investigación que descubra claves desconocidas hasta la fecha?, ¿que denuncie el mal estado de los mimbres sociales cuando otros no se atreven?, ¿que intente derrocar a presidentes cuya gestión se antoja deficiente?... Si sus tiros van por ahí, más vale que esperen a la siguiente estación, porque ‘Corazones rebeldes’ no pretende cambiar el mundo. Es, simple y llanamente el acompañamiento silencioso que se hace a un coro de ancianitos con edades comprendidas entre los 73 y los 93 años durante varios meses. ¿Y a que se dedican, a cantar ‘salves’? Que va, eso es lo más curioso de todo; se atreven con Coldplay, James Brown, The Class y hasta Sonic Youth, cuando ni siquiera les gustan. No hay ambición en el que ha sido el documental más visto de este 2008 y sí mucho cariño y respeto hacia unos que se resisten a pasar como vegetales sus últimos meses/años de vida. Dan un puñetazo en la mesa y cantan con orgullo que se alegran de seguir aquí y que piensan seguir dando guerra hasta que el cuerpo aguante.

‘Dos polis en apuros’, de Erik Canuel (por A.M.)

Los canadienses son constante objeto de burla en 'South Park'. Son mostrados en 'Bowling for Columbine' como gente profundamente civilizada, sufridores de muy bajas tasas de delincuencia y confiados en el vecino. Se puede decir que los canadienses nadan contra corriente, que son el reverso manso de su gran vecino del sur, que su mentalidad híbrida anglo-francesa ha devenido en unos rasgos conductuales que nos chocan a los grandes comedores de hamburguesas. O a lo mejor eso es lo que los grandes fabricantes de hamburguesas quieren que pensemos. Lo cierto es que poco cine canadiense llega a nuestras pantallas, y el que llega, como esta 'buddy movie', se antoja ligero y escurridizo. Intentas entender su humor, sabes que bromean porque sonríen, y se escapa, porque es sutil o ininteligible. Propongo resetear cualquier prejuicio existente e intentar entrar puro a la experiencia. Si no, toda la trama de delitos salpicada de chascarrillos de desfase cultural les harán menos gracia que ese tío Julio que todos tienen y que hace que cada cena familiar sea un suplicio insoportable.

‘Superfumados’, de David Gordon Green (por A.M.)

Pasemos por alto que los que se lucran cuando pagamos las entradas han intentado que evoquemos la grata experiencia de 'Supersalidos', apelando explícitamente al film de Mottola, cuando el título original de lo nuevo de la factoría Apatow hace referencia en realidad a la marihuana de alta calidad ('Pineapple Express') que no paran de consumir los tarados protagonistas. Hablemos mejor de el dúo formado por Seth Rogen y James Franco, improbable sobre el papel pero resuelto como una de las mejores asociaciones cómicas de esta temporada, potenciándose mutuamente hasta convertirse en gran alternativa de los Sandler & Schneider, Ferrell & Reilly o Hill & Cera. Pocas pegas para los discípulos del Midas que se entronizó con 'Virgen a los 40' y parece presente de un modo u otro en cada comedia de altura (prepara 'Cazafantasmas 3') estadounidense.

¿Y la trama? Un citador judicial es testigo de un asesinato y urde un plan de supervivencia junto a su colega camello. Seguramente, si no se pasaran el 100% del metraje ‘bajo influencias’ les sería más fácil librarse de los malos, pero para ellos cada nuevo porro supone el biorritmo que les guía para seguir adelante. No crean, aún así, que nos encontramos ante una apología de las drogas sino ante un delirio extremo que no deja títere con cabeza en su afán expansivo. Tan expansivo como el humo que todo lo impregna.

‘Bolt’, de Chris Williams y Byron Howard (por A.M.)

Dreamworks no es Pixar por mucho que ‘Madagascar 2’ esté a la altura de sus títulos medianos. Y Disney tampoco es Pixar por mucho que Lasseter eche un cable. Los caminos en apariencia agotados de la animación tradicional han animado a que los herederos del ¿criogenizado? patriarca se embarquen en las 3D dando como resultado ‘Bolt’, la historia de un perro actor que cree poseer los poderes especiales de los que hace gala en su show televisivo. Es, además de ‘partenaire’ artístico, el amigo fiel —como todos los perros— de la niña protagonista. Por ello, su tonta desaparición se vuelve mutuamente angustiosa.

En su viaje iniciático y reflexivo se dará cuenta de que los gatos, las ratas y él mismo pueden, todos juntos, y contra la costumbre de mamá naturaleza, convivir tan panchamente. Transcurridos los cinco minutos iniciales uno cree todavía que el canino acabará dándose cuenta de la explotación a la que le tienen sometido y comenzará a segar yugulares a dentelladas. Lamentablemente esto no termina de concretarse y la burbuja, claro, se pincha. Aparte a los niños realmente jóvenes e impresionables, este experimento de Disney no aportará a nadie nada más que un capítulo alargado de cualquiera de los productos que ofrece en su canal temático.

Y además


*Federico Volpini y Alberto Moreno son nuestros colaboradores de cine.

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