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La Cañada: suelo público y remordimientos

  • ¿Cómo solucionar sus problemas sociales, de seguridad ciudadana y de salubridad?
Por LUIS DE LA CUADRA* (SOITU.ES)
Actualizado 18-08-2009 21:43 CET

Dicen las malas lenguas que el arquitecto es Dios, y le gusta jugar a serlo. Supongo que eso es lo que piensan algunos pardillos, sean o no arquitectos y es una crítica habitual hacia la intromisión de arquitectos en aquellos campos que les resultan interesantes. Pero en ocasiones se utiliza al 'arquitecto-Dios', a sus ideas y proyectos para enmascarar unas intenciones o disimular unas responsabilidades que sin ese aporte de ensoñación y utopía resultarían escandalosas. Esto es lo que está ocurriendo con la gestión de la Cañada Real Galiana y los problemas sociales, de seguridad ciudadana y de salubridad que padecen sus ocupantes en el tramo que transcurre junto a la capital.

Tras publicarse un acuerdo entre Administraciones (municipales, autonómica y estatal), la Comunidad de Madrid ha pedido a los cinco Ayuntamientos afectados, que desarrollen el planeamiento para la ordenación urbanística (competencia municipal) del suelo de la Cañada. Esta ordenación debe concluirse en dos años para que no se 'enquiste' el problema. La información se presenta enmarañada, de forma siempre parcial y con una terminología muy compleja. Los políticos se enfrascan en discusiones sobre competencias, derechos y deberes en una polémica sobre una desidia que viene de largo.

Tras dar por sentada la desafectación de los terrenos y el desarrollo urbano de la Cañada, el diario El País en su espacio La Tribuna consulta a cinco arquitectos cuál es su impresión sobre las posibilidades para hacer urbanismo en la Cañada. Se pretende abrir un espacio para la opinión donde "se aceptan sugerencias". El artículo desde el que se cuelgan las cinco respuestas se denomina 'La utopía de transformar la Cañada' y aparece ilustrado con una sugerente imagen de futuro realizada por Andrés Jaque, uno de los arquitectos consultados. Se presenta el tema como un problema generado por un urbanismo a la deriva, donde la Cañada Real es un lugar en el que cada mañana personas de multitud de razas se saludan por unas calles que carecen de alcantarillado.

Las interesantes reflexiones sobre la consulta planteada, coinciden entre sí en resaltar la complejidad del problema, las distintas tipologías y problemas que tienen asociados los pobladores de la Cañada, la importancia de desenmarañar el microcosmos socioeconómico existente, la necesidad de crear apoyos sociales integradores…, y en que todo esto debe hacerse desde un proyecto coordinado, desde un planeamiento urbano. Lo debe hacer, ¿cómo no?, el 'arquitecto-Dios'. Pero matizando sus decisiones con la ayuda de los vecinos, con una participación social, vecinal o comunal que en el futuro se convertirá en el "contexto pertinente" (D. Fullaondo) que argumentará la solución arquitectónica propuesta. Soluciones que algunos vislumbran ya como zonas urbano-rurales, arquitecturas de autoconstrucción, gestiones comunales que resuelven problemas sociales como edificios híbridos vivienda-guardería, o naturalmente un desarrollo lineal de corredor peatonal.

Se asume que la culpa es del planeamiento, la responsabilidad del urbanista, de ese 'arquitecto-Dios' que debía haberlo previsto y no lo hizo. Hay incluso quien tras descubrir el pecado, extiende la culpa a la ciudad de Madrid presentándola como una mezcla de la Metrópolis de Lang con la ciudad del Blade Runner. Se trata de una perfecta maquinaria que guarda a sus esclavos hacinados en el submundo. Para los que no creemos en culpabilidades colectivas, estos planteamientos no son aceptables y menos como punto de partida del análisis.

En este contexto de endiosamiento del arquitecto a través de la apropiación de la culpa, destacan los comentarios que difieren del coro:

Es importante retener la pregunta que se hace Diego Barajas sobre qué potencial tiene el hecho de que la propiedad del suelo no sea privada. Y subrayar la observación de Carlos Sánchez Casas sobre la necesidad de eliminar la ambigüedad en la actuación de la Administración; y la afirmación de que la Cañada es el escondite de la marginación, pero no su causa.

Y es que aunque a los arquitectos nos pueda sorprender, hay campos de los que no sabemos mucho y existen otros profesionales especializados, no supeditados ni coordinables desde nuestro innegable buen hacer. Hay problemas que no podemos solucionar desde un proyecto arquitectónico (aunque sea de ordenación urbana) y hay decisiones que no estamos autorizados a tomar. Podemos estudiar, investigar, publicar, discutir, asesorar y tratar de convencer. Pero las decisiones políticas corresponden a los políticos. Sólo podemos exigir que decidan (y esperar que no se equivoquen).

Ahora que tenemos tiempo, podemos tratar de resumir de forma sintética qué fue, qué es y qué puede ser este espacio de dominio público al que llamamos Cañada Real Galiana. No se trata tanto de apuntar hacia una propuesta ni de exhibir un pormenorizado estudio sino de realizar una breve y parcial exposición y una llamada de auxilio a quienes por sus áreas de conocimiento (jurídica, social, sanitaria, ecológica, de policía,…) o por sus atribuciones (legisladores, opinión pública, políticos,…), pueden contribuir a solucionar este problema.

Pero, ¿qué es una cañada real?

Las cañadas reales son vías pecuarias que se definen como las rutas o itinerarios por donde discurre o ha venido transcurriendo tradicionalmente el tránsito ganadero, para aprovechar los pastos en las dehesas de verano o de invierno.

Jurídicamente son bienes de dominio público, y en consecuencia son inalienables, imprescriptibles e inembargables.

Históricamente, aunque existe constancia del pastoreo nómada prerromano, fue en el siglo XIII, durante el reinado de Alfonso X el Sabio cuando se constituyó el Honrado Consejo de la Mesta. Con un enorme poder dada la importancia económica que la ganadería ovina suponía para la Corona, la Mesta gestionó el uso y el mantenimiento de estas vías hasta el siglo XIX. Entonces pasó a llamarse Asociación General de Ganaderos, manteniendo el tradicional enfrentamiento con los agricultores, la Asociación trató de regular los anchos de las vías y sus clasificaciones. Permitiendo la presencia de pastores armados utilizando las vías pecuarias, la Asociación General de Ganaderos mantuvo su actividad hasta la guerra civil. El comercio de oveja merina había perdido ya su importancia y el ferrocarril había modificado la costumbre trashumante. Desde entonces la responsabilidad del mantenimiento y cuidado de las cañadas ha ido pasando de mamo en mano. Del Servicio de Gestión de Vías Pecuarias, al ICONA y finalmente al binomio formado entre cada comunidad autónoma —para la conservación, protección, administración, tutela y defensa de estos ámbitos— con la Delegación de Gobierno de la Administración General de Estado —para resolver los problemas de orden público y seguridad ciudadana—. El mantenimiento de unas vías de trashumancia por las que ya no pasa el ganado supone un esfuerzo, tanto de coordinación como de coste financiero, que sin una rentabilidad clara, lógicamente deja mucho que desear.

Actualmente, las cañadas están cortadas por vías de circulación, pantanos, calles, edificios de uso público o no, vertederos legales e ilegales… Con suerte se mantiene su antiguo trazado sin ocupar por los propietarios colindantes, aunque en ocasiones su anchura original ha menguado considerablemente. En el caso que nos ocupa, el trazado se mantiene razonablemente en su anchura original porque desde mediados del siglo pasado tiene habitantes.

La Cañada Real Galiana es una de las nueve cañadas reales que cruzan la península de norte a sur. Un trazado de 400 kilómetros que une La Rioja con Ciudad Real, cruzando las provincias de Soria, Guadalajara, Madrid y Toledo. La anchura de las cañadas tiene un límite máximo de 75 metros y según la información de la Comunidad de Madrid la red cañariega española es 15 veces más extensa que la ferroviaria. Hablamos de mucho suelo de dominio público.


* Luis de la Cuadra es arquitecto y miembro del estudio IN-fact arquitectura.

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