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Buscando a Lorca: la tierra se calienta entre Víznar y Alfacar

  • En pocos días, la comisión de expertos iniciará la exhumación del poeta
  • No existe consenso sobre el lugar donde se encuentran enterrados los restos
  • Historiadores y gente del pueblo apuntan a dos posibles ubicaciones
Por EDU SÁNCHEZ (SOITU.ES)
Actualizado 22-10-2008 17:55 CET

VÍZNAR (GRANADA).-  En pocas semanas estas tierras secas de olivos de la sierra de Huétor se llenarán de periodistas, arqueólogos, historiadores, autoridades políticas, familias y curiosos. Ahora, por la carretera serpenteante que une las localidades de Víznar y Alfacar sólo transitan grupos de amigas, parejas con hijos y perro, y gente mayor que marcha con la rapidez que les permiten ya los años. En estos caminos de arena se buscará al poeta de Granada.

En las localidades de la sierra granadina es difícil encontrar un rincón que no recuerde a Federico García Lorca. Aquí le asesinaron al amanecer del 19 de agosto de 1936, justo al mes de estallar la guerra civil, junto al maestro Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Eso es lo único que se da por seguro. El resto —quién les pegó el tiro de gracia, dónde les dieron muerte, en qué zona les enterraron— forma parte de la especulación popular y de las hipótesis historiográficas. "Otros que vienen buscando al poeta...", dice un paisano al ver a un cámara grabando las cunetas de la carretera. "Ahí dicen que no está, aunque quién sabe", comentan dos mujeres que detienen su caminata y que acaban todas sus respuestas con un encogimiento de hombros.

En Víznar, como en Alfacar, casi todo el mundo tiene su propia teoría. "Yo tenía un abuelo...", "mi padre decía que...", "fulano, que trabajaba aquellas tierras, siempre comentaba..." La ubicación exacta de la fosa en la que reposan los huesos de uno de los poetas más internacionales de España, autor de 'Poeta en Nueva York' y 'La casa de Bernarda Alba', se ha convertido en una obsesión para hispanistas, historiadores, medios de comunicación y para las familias de sus compañeros de martirio, aunque no tanto para la propia.

"Junto a un olivo..."

Una obsesión que se remonta a hace cuarenta años, cuando el británico-maltés Gerald Brenan llegó a una Granada todavía sumida en el miedo y preguntó por el rastro de un poeta cuya ciudad le había olvidado. Desde entonces, ha sido imposible localizar sus restos. Y no será tan fácil ahora, aunque los medios técnicos harán el trabajo más rápido. Durante décadas, en esta tierra de yerbajos y pedruscos, sólo se han levantado olivos de tronco retorcido. Y junto a uno de ellos, Manuel Castilla, 'Manolillo, el comunista', le dijo a otro apasionado de la historia de España, el irlandés Ian Gibson, que había enterrado, con sus propias manos, a los cuatro hombres hacía ya treinta años.

"En este rodal de aquí desde luego que es; más arriba o más abajo, pero en este rodal, junto al olivo", le señaló al hispanista, cuando todavía uno se la jugaba con la Guardia Civil por merodear estos campos. Aquí las autoridades erigieron en 1986 el parque Federico García Lorca, y sobre un monolito, junto a un olivo y un ciprés, se han rendido durante años homenajes al poeta. Aquí abrirán los arqueólogos cuando lo decida la comisión de expertos establecida en el auto del magistrado Garzón para gestionar las exhumaciones (ya han sido nombrados por el juez el ex fiscal Carlos Jiménez Villarejo y el juez Antonio Doñate; y han sido propuestos por las partes los historiadores Julián Casanovas, Queralt Solé i Barjau, María Isabel Brenes, Francisco Espinosa o el antropólogo Francisco Etxeberría, entre otros). El recurso del fiscal no detendrá los trabajos de búsqueda, localización y exhumación de las fosas comunes, aunque ataca frontalmente la 'causa general' contra el franquismo abierta, a su parecer, por el juez de la Audiencia Nacional.

Pero con toda probabilidad también se cavará a 430 metros al sureste, en la zona conocida como 'El Caracolar' [ver mapa]. En este terrero igual de hosco, seco y donde sólo crecen los olivos y algún pequeño arbusto que da al ambiente olor a orégano, podrían haber enterrado a los cuatro hombres. También es una cuneta en la carretera y entre dos olivos hay colocada una gran piedra sobre la que se puede distinguir la forma de una cruz rudimentaria hecha a mano. Quizá la hizo el sepulturero para evitar que los agricultores que trabajaban estas tierras levantaran los cuerpos con el arado.

Una cruz de piedra sobre más de 2.500 muertos

También tenían miedo los campesinos y las mulas al caminar por los barrancos de Víznar. En pocas decenas de metros cuadrados pueden encontrarse, según la Asociación para la Recuperación de la Memoria de Granada, entre 2.500 y 3.000 cuerpos sin identificar, semienterrados durante años, sin que la tierra les cubriera por completo . En esta zona, años antes de iniciarse le guerra, se hicieron perforaciones en busca de manantiales de agua, que no llegaron a buen puerto. Pero los franquistas las utilizaron cuando las cunetas y las tapias del cementerio no daban ya más de sí y este paraje alejado les servía para no tener que molestarse ni en enterrar a los 'paseados'.

Aquí también podrían estar los restos de Lorca. "¿Por qué no?", se preguntan los vizneros que pasean por estas sendas. "Ahí arriba, en los barrancos, hay miles de granadinos, muchos asesinados casi al mismo tiempo que él, así que es lógico que pueda estar con ellos", conjeturan tres mujeres mayores que detienen su paso ligero. Es posible que debajo de esa cruz de piedras levantada por los familiares de los desaparecidos, bajo las sombras de altos pinos y flores de plástico o bajo el monolito que reza 'Lorca eran todos'. O puede que el poeta no esté solo en una fosa junto al maestro y los banderilleros, sino que descansa con los trabajadores de la fábrica 'El Fargue', o con el rector de la Universidad de Granada, o con los 29 hombres asesinados el mismo día de octubre del 36, o con Miguel Gómez Poyatos. Su nieto, Emilio, todavía no le ha podido recuperar, pero hace años colocó sobre una piedra que hace de lápida un epitafio: podrán matar al gallo que anuncia el alba, pero no pueden impedir que cada día el alba surja de nuevo.

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