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Las distintas caras del derecho a decidir

Archivado en:
justicia, politica, salud, sexo, sociedad
Por sara
Actualizado 27-05-2008 23:49 CET

Una breve reflexión a raíz de la concentración convocada el próximo miércoles "Por el derecho a decidir", Los puntos positivos de un acuerdo puntual y un ejemplo del desacuerdo.

El próximo miércoles 23 de enero habrá una concentración en Madrid por la despenalización del aborto y el cambio de la ley de los “tres supuestos” por una que refleje la realidad de la práctica del aborto en nuestro país, que apoye el derecho a decidir de las mujeres sobre sus propios cuerpos. Lo cierto es que es un gusto escuchar a los grupos feministas clamar a coro por el “derecho a decidir”. Un coro conjunto, compuesto por diversos grupos, que seguramente se centren en temas distintos pero que convergen en una preocupación común por la situación actual de las mujeres en el mundo y en sus lugares de origen/residencia, en este caso concreto, por la situación del aborto en el Estado español.

El derecho a decidir ha sido y es una de las consignas más pronunciadas, escuchadas y exitosas del movimiento feminista, y con razón. Su fuerza reside en su sencillez y en lo lógico de sus palabras, que hasta al machista más recalcitrante le hace balbucear al tratar de criticarlo en esencia. Las mujeres, ante todo, debemos tener derecho a decidir sobre nuestras vidas, sobre nuestros cuerpos. Algo que nos ha sido negado durante muchos años y aún hoy día podemos ver en numerosos ejemplos [1]. Aquí sólo voy a referirme a dos casos en los que esto sucede.

Por desgracia y en contraposición con la ya nombrada lucha por el derecho al aborto, en el segundo de los ejemplos que quería contar hoy aquí, el movimiento feminista no sólo no “grita a una sola voz” sino que está cayendo en un enfrentamiento descarnado, en el que se llega a acusar a un@s y otr@s de no ser feministas, de defensoras del patriarcado y demás lindezas de escaso gusto y, la verdad, poco interés. El caso es que el derecho a decidir ser prostituta/trabajadora del sexo no parece ser –en absoluto- respetado por nuestra sociedad, ni por nuestras leyes, ni por casi nadie. Y lo que es peor, el derecho a decidir trabajar como prostituta no es respetado por muchos grupos feministas. Así, nuestra sociedad y sus reglas del juego dejan a estas mujeres en una situación de desprotección social absoluta: no son ilegales pero tampoco legales, van de puntillas por ese limbo legal que tanto facilita la vida a las mafias como perjudica la de las mujeres que viven de vender servicios sexuales. Un trabajo estigmatizado, que no es delito pero está fuera de la ley: rodeado y tentado por los peligrosos brazos de don dinero y doña mafia.

El debate sobre la legislación en torno a la prostitución y las garantías legales para el reconocimiento de los derechos de las prostitutas es tan necesario como lo es la nueva legislación sobre el aborto. El gobierno no debería retroceder ni achantarse ante el lobby de la iglesia católica, la derechona española o cualquier otro grupo de presión. No cuando lo que está en juego es la libertad de las mujeres. Por desgracia, el énfasis continuo y exclusivo de nuestro gobierno y del feminismo institucional en la igualdad de género ha hecho olvidar o esquivar a estos órganos públicos la necesidad de terminar el camino que empezamos a recorrer hace muchos años por la libertad de todas las personas, colectivo dentro del cual se incluyen las mujeres, y por tanto, las trabajadoras del sexo. Es bueno que un gobierno tenga como lema la igualdad, pero eso no excusa el dejarse la libertad en el tintero.

No creo que me corresponda a mí en este artículo entrar a discutir cuáles deberían ser los plazos para el aborto, ni cómo exactamente legalizar la prostitución –si están interesados en ello pueden mirar aquí- ya que el único propósito es el de recordar estos dos ámbitos en los que nuestra sociedad niega a las mujeres su derecho a decidir. Recuperemos las luchas por nuestra libertad sin desviar la atención de la igualdad y caminemos hacia una sociedad más justa, en la que el Estado proteja a sus ciudadanos, en lugar de ponerles la zancadilla a cada paso que dan. Y, mientras tanto, disfrutemos de este acuerdo puntual tan enriquecedor y vayamos junt@s el miércoles, por el derecho a decidir.

[1] Me refiero aquí solamente al caso de nuestro Estado, por desgracia en otros lugares del mundo anular los derechos de las mujeres es el pan de cada día, pero esto daría para otra (y otras cientos) noticia.

Sara Lafuente Funes

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