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VICENTE FERRER, EL ÚLTIMO QUIJOTE

Actualizado 09-03-2008 10:05 CET

Esta es la historia de un hombre con un sueño casi imposible. Un hombre que con su tenacidad y esfuerzo ha cambiado la vida de más de dos millones de personas en la India. También es la historia de personas que creen que todavía es posible cambiar el mundo…

Anantapur en el Estado Indio de Andhra Pradesh (literalmente “ciudad del infinito”) no aparece en la “Lonely Planet” y probablemente en ninguna guía turística. Es una ciudad India típica: caótica, sucia y ruidosa. Y seguramente nunca habría puesto los pies en ella sino fuera porque allí se encuentra el “cuartel general” de Vicente Ferrer, el hombre cuyo sueño es acabar con la pobreza.

El Babá Blanco (tal como todo el mundo le conoce), Vicente Ferrer, llegó a Anantapur en 1969. Cuando a su llegada al aeropuerto de Hyderabad le preguntaron dónde pensaba instalarse, éste contestó a su vez con una pregunta: “¿Cuál es la tierra más pobre, la más mísera?”. Le señalaron Anantapur, una de las zonas más secas y subdesarrolladas de toda India, hasta el punto que los geólogos habían aconsejado el éxodo de la población. “-¡Pues allí me encontrarán!-“ fue la contundente respuesta de Vicente Ferrer.

Iba a comenzar la lucha sin cuartel para erradicar la pobreza de esta zona y de una de las comunidades más pobres y excluidas del planeta, los dálits. Los dálits son los intocables, una clase tan baja que se considera fuera de las castas. En el hinduismo son considerados tan bajos como el excremento, estando condenados a realizar cierta clase de trabajos considerados impuros y casarse con los de su casta en un círculo vicioso del que es casi imposible escapar.

Mi encuentro con Vicente Ferrer
He oído hablar tanto de él que no me puedo creer que ahora mismo lo tenga justo enfrente. Es un hombre menudo, de apariencia frágil y de sonrisa pícara. Pero según empieza a hablar se puede apreciar toda la fuerza, toda la determinación con la que ha conseguido llevar a cabo el gran proyecto de la Fundación que lleva su nombre.

En su mesa de trabajo descansa la escultura de un Quijote con la inscripción
“Vicente Ferrer, Quijote Universal”. Nos dice que es el mejor premio que ha recibido en su vida, el que más le gusta (y eso que ha recibido muchos, incluido en 1998 el “Príncipe de Asturias”). Es fácil adivinar por qué, Vicente Ferrer tiene mucho de “Quijote”, de loco luchando contra gigantes.

Durante tres días visito los proyectos promovidos por la Fundación: extracción y canalización de aguas en terrenos áridos, construcción de escuelas, hospitales y viviendas, creación de estructuras de formación profesional, ofreciendo micro créditos, igualando los derechos de la mujer a los del hombre…es realmente increíble. Aun queda mucho para conseguir “erradicar la pobreza”, pero este hombre ya ha cambiado la vida de más de dos millones de personas. No es de extrañar que con sólo mencionar su nombre se dibuje una gran sonrisa en los rostros de estas gentes, para ellos Vicente es casi un dios.

Yo, que hace tiempo deje de creer que era posible cambiar el mundo, de repente me encuentro con personas que lo intentan día a día, con una fuerza y una alegría difíciles de describir. Son muchos los voluntarios que cada año se acercan hasta la Fundación para echar una mano y aunque todos son dignos de admiración no puedo dejar de mencionar a dos de ellos que me marcaron profundamente:

Sara lleva ya casi 6 meses en la India. Tiene grandes ojos verdes y su sonrisa no tiene nada que envidiar a la mejor de las asiáticas. Trabaja como voluntaria en la Fundación en un proyecto de niños sordos. Ella misma lo es, además tiene problemas de visión. Pero para Sara esto no supone ningún obstáculo: viaja sola, conduce motos (lo que yo nunca en la vida me he atrevido), liga muchísimo… y sobre todo transmite una alegría que quizás ella ni se imagina.

Luís, es médico y desde hace varios años no tiene vacaciones. Bueno, sí las tiene, pero aprovecha para venir a la India y durante un mes entero opera a niños con problemas en los huesos. Según sus cuentas ya han operado a unos 1000.

Sara y Luís son personas a las que es difícil no admirar, no pensar que son de los pocos héroes que todavía nos quedan.

Deseo aportar yo también mi granito de arena, aunque sea sólo eso, un granito minúsculo. Desde años la Fundación tiene un programa de “apadrinamiento de niños”, esa será mi contribución, ayudar a que un niño sueñe con tener un futuro. Es una manera no muy valiente de ayudar, lo sé, pero al menos es algo. Así es como me convierto en la “madrina” de una preciosa niña de 3 años que me recibe con desconfianza y sobre todo sorprendida porque nunca antes había visto una mujer blanca. Iswarya canta canciones Indias que su madre le enseña cuando vuelve de picar piedras en una aldea cercana. Iswarya irá al colegio y quizás, aun siendo intocable, pueda romper con las cadenas del destino que se le ha impuesto y recuperar el suyo propio. 3000 años de existencia de las castas me dicen que será imposible. Lo que hacen Vicente Ferrer y gente como Sara y Luís me hacen creer que Iswaria tendrá su oportunidad.

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