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Subcontratados: Los esclavos del siglo XXI

Actualizado 12-03-2008 22:10 CET

Solamente hace unas horas que me liberé del yugo de la subcontratación. Ha llegado el momento de romper una lanza en favor de los que quedan en la panza de la mugrienta galera, atados a los remos y con pocas esperanzas de escapar.

No caiga en la tentación de pensar que soy un sindicalista o un aprovechado, valga la rebuznancia. Quienes me conocen pueden atestiguar que mi profesionalidad, mi esfuerzo y mi contribución a los objetivos de la empresa que paga mi nómina son incuestionables.

Lo digo en román paladino: Soy todo menos un cara dura. Todo menos un vago. Por eso tengo la autoridad moral necesaria para exigir a las empresas de servicios que observen un comportamiento ético impecable. Y a los poderes públicos que hagan lo necesario para castigar los incumplimientos de manera ejemplar, fulminante y ejemplarizadora.

Es tan fácil como dotar al subcontratado de las condiciones que su contrato especifica. Para los no informados al respecto, voy a exponer unas cuantas situaciones frecuentes:

  • Función. En su afán por vender, el comercial de la empresa de servicios -en adelante, la cárnica- firma lo que le ponga el cliente por delante. Luego vuelve a la sede de su compañía y no se molesta en explicar lo que ha vendido. Una vez me enviaron a un cliente con una dirección -calle, número, planta- y la indicación “pregunta por Paco, el de bigote”. Ni un solo detalle sobre lo que tenía que hacer allí. “La voltereta”, me dijeron después en el cliente. Quince años de experiencia, dos carreras y un master para ponerme a contestar el teléfono. La telefonista más cara y más peluda de Europa. Un disparate.
  • Sueldo. En su legítimo afán por ganar dinero, el comercial de la empresa de servicios coloca el recurso que tenga a mano -y cuadre mínimamente por currículum- en la posición más cara posible. Es lo que tiene la sociedad capitalista. El cliente está pagando un dineral por tener en su oficina a un fulanito que no gana, ni mucho menos, lo que él paga. Exige a tenor de lo que desembolsa, y no de lo que ingresa el pobre currito. Cinismo en grado sumo.
  • Horario. En su afán por llevarse el gato al agua, el comercial de la empresa de servicios se adapta a lo que el cliente pida en el aspecto de la presencia. No importa lo que esté escrito en el contrato de trabajo del subcontratado. Éste se queda en una situación de indefensión insoportable. ¿Qué horario tiene que hacer? ¿El del cliente? ¿El que el cliente quiera? ¿El que especifica su contrato? ¿El que aparece en el contrato que ha firmado el comercial sin contar con la víctima?
  • Formación. Al convertirse en margen comercial puro, el subcontratado no es objeto de acción formativa alguna. O bien, es forzado a asistir a los cursos fuera del horario laboral. Porque el cliente ha pagado por un completo, y no va a consentir que su esclavo desaparezca unas horas para formarse.
  • Desarrollo profesional. En el contexto del citado margen comercial, un subcontratado está bien donde está. Haciendo billetes. Si su carrera profesional va directa hacia un muro de hormigón, que se compre unas rodilleras y unas coderas. De su propio bolsillo, que no está la vida para andar pasando gastos a la empresa.

Todo esto puede parecer inevitable, pero no lo es. Tiene la llave el legislador, que puede hacer bien su trabajo y redactar un Estatuto del Subcontratado para regular esta forma moderna de esclavitud. Todos sabemos que en España, el país de los pícaros, cada ley tiene su trampa y cada gesto legislado es silenciosamente contradicho cuando la cosa no tiene remedio.

Yo mismo recibí y acepté una oferta de trabajo en una consultora, y cuando llegué alegre y contento a firmar el contrato, una encantadora señorita me obsequió con unas cláusulas sorpresa que me obligaban a cosas jamás mencionadas. Ni que decir tiene que tuve que firmarlas porque ya había avisado de mi marcha a mi empresa anterior. Empecé a planear la fuga antes de la incorporación.

La solución a todos estos problemas tiene un apelativo: Definición. Si se legisla a favor del subcontratado con el mismo entusiasmo con el que se ha trabajado la causa del gay y la lesbiana, no tiene aquel de qué preocuparse. Y no es que esté en contra de los dos colectivos citados, ni mucho menos. Deseo lo mejor a ambos grupos porque les mueve el amor. Aunque sea amor contra natura. Puestos a tolerar, me vale.

No es tan difícil:

  • Un contrato de servicios auditado, en el que el subcontratado tenga acceso a la información que le concierne. Sus funciones, su adecuación al nivel profesional que ostenta. Y nada de abstractos como “oficinas y despachos” en los que cabe de todo. Hay expertos en recursos humanos que clavan el perfil cuando les interesa. Es el momento.
  • Un apartado económico específico, que sea conocido por todas las partes. Un límite para el margen comercial que puede obtener una empresa cárnica. En definitiva, adecuación del nivel real de una persona al nivel de exigencia del cliente.
  • Un horario establecido. Junto con las compensaciones que proceden en el caso de que sea necesario pisotear el contrato del trabajador por necesidades del servicio.
  • Un porcentaje de horas destinado a la formación, a las gestiones derivadas del hecho de ser humano, a los imprevistos que todos sufrimos y que parecen vedados al pobre subcontratado. No digo yo que se tenga que llegar al fenómeno Moscoso, pero seguro que hay un término medio razonable.

Soy consciente, otra vez, de que generalizar es dejar fuera muchos casos, favorables y desfavorables. Hay subcontratados que no sufren estos martirios, son bien tratados por sus clientes y son valorados en todas partes. También hay subcontratados muy vagos que van saltando de flor en flor porque nadie soporta su cara dura una vez que les conoce. Pero hay que ser justos. También hay funcionarios muy cumplidores y funcionarios que no lo son tanto, y todos ellos están protegidos por la Ley.

O todos en la cama, o todos en el suelo.

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