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OBJETIVO BIRMANIA

Actualizado 17-03-2008 05:27 CET

El 22 de Septiembre de 2007 los cánticos de los monjes birmanos se transformaron en gritos pidiendo democracia. La “Revolución Azafrán” se convirtió en el clamor desesperado de aquéllos que intentaban luchar por librarse del yugo de más de 40 años de dictadura y opresión. Todos hemos leído algo sobre ello, pero, ¿cómo es Birmania?, ¿Cómo son sus gentes?, ¿Qué esconde este, hasta hace poco desconocido país?

Cuando era pequeña pasaba horas mirando un descolorido globo terráqueo que había en el salón de mi casa. Me fascinaba aprenderme los nombres de los países e imaginarme que algún día podría visitarlos. Recuerdo haber visto de pasada un país alargado entre China, Tailandia e India, llamado Birmania. Durante años lo único que supe de ese remoto país era el nombre de la capital, Rangún. Y seguro que lo hubiera olvidado completamente si no hubiera sido porque un grupo pop de mi época eligió llamarse “Objetivo Birmania”.

Han pasado muchos años y Birmania ya no se llama Birmania, ahora es Myanmar, Unión de Myanmar para ser más exactos. La antigua Birmania fue un pueblo de guerreros que intentó repetidamente conquistar al vecino Siam (hoy Tailandia). Desde 1866 a 1948 el país se convierte en un protectorado británico. Hoy Myanmar es una nación empobrecida a merced de una dura dictadura militar desde hace más de 40 años. A pesar de la extrema pobreza y precariedad Myanmar es el catorceavo país del mundo que más invierte en armamento militar y el numero doceavo en número de tropas activas en servicio. Un pueblo de pobres armado hasta los dientes.

Llegamos a YANGOON (ex-Rangún) un lluvioso día de Agosto. En la Terminal internacional todo reluce de puro nuevo. Pero ese primer impacto de inesperada modernidad pronto se olvida cuando nos trasladamos a la Terminal de vuelos domésticos donde tenemos que recoger los billetes para los trayectos que realizaremos dentro del país. Y es aquí donde empezamos a ver la verdadera cara de Myanmar, no hay rastro de ordenadores, no se ve ni una única pantalla indicando los vuelos, no hay cintas para las maletas y del billete electrónico ……..nunca han oído hablar.

El taxi que nos lleva a nuestro hotel tampoco tiene desperdicio. Es divertido porque los birmanos conducen por la derecha (como nosotros) pero los vehículos más antiguos tienen todavía el volante a la derecha en vez de a la izquierda, clara herencia de su pasado colonial. El viaje desde el aeropuerto a la ciudad nos deja las primeras imágenes extraordinarias, Myanmar es sin duda junto con Laos el país menos occidentalizado de todo el Sudeste Asiático, la mayoría de los hombres y mujeres visten todavía el tradicional “longyi” especie de sarong que se anuda a la cintura. Las mujeres y los niños llevan la cara embadurnada con un polvo amarillo. Es el llamado “tanakha”, una mezcla de crema hidratante y perfume que se usa como protección contra el sol, pero que también es un símbolo de belleza y sensualidad.

Llegamos al hotel y los frecuentes cortes de electricidad nos recuerdan que efectivamente deberíamos habernos traído una linterna tal como aconsejaba la siempre sabia “Lonely Planet’. Pero esto es sólo el principio de una serie de “detalles” que evidencian el profundo atraso del país: no se puede pagar de VISA, no hay cobertura de móvil, casi imposible encontrar algún acceso a Internet…….. además los principales buscadores están censurados en un país empeñado en mantenerse aislado.

Yangoon no conserva ni un ápice de su al parecer esplendoroso pasado colonial y sólo es una amalgama de calles sucias y polvorientas. El único punto de interés es probablemente la Pagoda Shwedagon, uno de los mayores templos de Asia y poseedor de una espléndida stupa bañada en oro y coronada con diamantes. El complejo es enorme, gigantesco, y aunque hay un punto “kitch” e incluso grotesco en el exceso de color oro, de budas iluminados al más puro estilo discotequero, uno no puede evitar sentirse extasiado contemplando a familias enteras realizando ofrendas en un silencio sepulcral o a monjes meditando inmunes al ruidoso ir y venir del gentío y al sonido de las cámaras fotográficas (como la nuestra) que intentan robar ese instante mágico.

Nuestro segundo destino en Myanmar es BAGÁN, conocida como “la ciudad de las Pagodas”, no en vano es posible encontrar alrededor de 2000 pagodas, templos y monasterios, algunos con más de 800 años de antigüedad. El paisaje, en donde se mezclan los templos con una inmensa llanura en la que es fácil adivinar a pastores conduciendo su ganado o campesinos trabajando el campo usando las mas rudimentarias técnicas agrícolas, es impresionante.

Nuestro guía nos cuenta como la UNESCO ha intentado infructuosamente designar Bagán como Sitio Patrimonio de la Humanidad. La Junta Militar ha restaurado al azar antiguas construcciones, descuidando el estilo arquitectónico original y usando modernos materiales que no guardan semejanza con el original. El resultado es en algunos casos patético. Pero tratamos de olvidarlo porque a pesar de todo merece la pena estar aquí, en lo alto de uno de los templos contemplando el extraordinario paisaje y a las amables gentes que siempre nos devuelven una sonrisa.

En Bagán nos encontramos con Arnau, nuestro gran amigo de Barcelona, y junto con el compartimos la más bella puesta de sol que jamás haya visto. Es en el río, desde una canoa que nos arrastra por las improvisadas calles de una aldea inundada por las aguas. No sé, tengo la sensación de que estoy viviendo un momento único y que este espectáculo de luz y color quedara impreso para siempre en mi memoria. Al final no puedo evitar darles mil veces las gracias a nuestros guías. Creo que no entienden muy bien a que se debe tanta euforia, pero cómo explicarles la sensación de haber vivido un instante mágico.

Partimos para INLE LAKE, el último de nuestros destinos. Inle Lake es un precioso lago rodeado de templos, monasterios y aldeas flotantes. Alrededor, verdes montañas coronadas por un espeso manto de nubes. Parece que estemos en Suiza en vez de en el Sudeste Asiático. El paisaje sobrecoge y sentados en la canoa que nos transporta ninguno de nosotros habla, estamos demasiado ocupados intentando atrapar todos las imágenes que se descubren ante nosotros:

-los pescadores remando con una pierna, curioso sistema que permite dejar las manos libres para pescar al mismo tiempo que se rema. Lo hacen de manera elegante, con porte casi aristocrático. Lo mismo debió pensar Louis Vuitton cuando decidió utilizarlos en una de sus campañas de publicidad.

-Los monasterios dónde es posible avistar los monjes vestidos en sus túnicas de color rojo azafrán y sus cabezas rapadas. Tenemos oportunidad de visitar varios monasterios y en ellos las habitaciones de los jóvenes novicios donde siempre es posible encontrar un póster del Chelsea, del Manchester United o incluso del Barcelona. Todavía no sabían que serían ellos u otros como ellos los que alzarían su voz para reclamar el fin de la dictadura y el restablecimiento de la democracia.

-Pero sobre todo la gente, y sé que suena a tópico tantas veces utilizado cuando se habla de un viaje, “lo mejor de todo la gente”. Pero cómo olvidar aquella viejecita que dejó de remar con tanto esfuerzo para saludarme, o aquellos niños que saltaban de alegría cuando les di un bolígrafo a cada uno, o a aquélla mujer levantando la mano de su bebé en forma de saludo. Y todas aquéllas sonrisas, cada una diferente, pero todas recordándonos que a veces valen más que mil palabras.

Y eso es precisamente lo que he aprendido en Asia, a sonreír, porque no importa el idioma, si sonríes hay un mutuo entendimiento, una primera aproximación….y en Myanmar recibí una de las mejores clases de sonrisa que haya tenido alguna vez.  Espero algún día graduarme en la materia y ser capaz de sonreír cuando las cosas no me vayan tan bien … si consigo hacerlo como ellos en tanta adversidad, sólo con eso, mi estancia en Asia habrá merecido la pena.

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