Rascacielos geométricos, jardines inmaculados, tráfico perfectamente organizado, niveles de delincuencia bajísimos, corrupción prácticamente inexistente, estamos en Singapur, el país aparentemente perfecto. O .¿quizás no lo es tanto?
Le pregunto a Sharon, la singapurense con cara de princesita que acabamos de conocer, qué es lo que diferencia su país del resto de los del Sudeste Asiático para haber tenido una evolución tan diferente. Porque sólo hay que mirar unos cuantos datos para darse cuenta que este pequeño país de apenas 4,5 millones de habitantes es un verdadero oasis dentro de Asia y uno de los más prósperos y avanzados del planeta, con uno de los PIB per cápita más altos del mundo, superior al de países como Japón, Francia o España. Además, Singapur aparentemente constituye un ejemplo de convivencia donde el complicado mosaico étnico de la población, chinos, malayos indios y occidentales, no parece plantear grandes problemas.
Por eso, ¿dónde reside el secreto de este país sin apenas recursos naturales y cuya única supuesta ventaja es su privilegiada ubicación para el trafico marítimo? Sharon lo tiene muy claro, el artífice de este milagro es Lee Kuan Yew, quien fuera Primer Ministro desde 1959 hasta 1990, y que es considerado el arquitecto del moderno Singapur. Lee Kuan Yalew además de impulsar la economía a través de un modelo netamente capitalista, creó uno de los sistemas educativos más avanzados del mundo en el que los profesores son considerados auténticos consultores, la administración más eficiente y menos corrupta de toda Asia, pagando a sus funcionarios salarios comparables con los del sector privado. Impuso así mismo un modelo lingüístico único, cuatro idiomas con el estatuto de oficial: inglés, chino (mandarin), tamil, y bahasa con la obligación de que toda la población debe ser bilingüe (inglés más otra de las tres lenguas).
¿El precio a pagar? Un estado que maneja con brazo de hierro parcelas consideradas en otros países como estrictamente privadas del individuo: durante mucho tiempo los hombres no podían llevar el pelo largo e incluso hoy subsiste la prohibición de comer chicle. Para muchos Singapur no es una verdadera democracia y prueba de ello es que desde 1959 el gobierno es controlado por un único partido, el Partido de Acción del Pueblo . Y, tras la aparente modélica convivencia de su población, hay quien diga que la de origen chino es la que ostenta los mayores privilegios, además de controlar gran parte de la economía del país.
Pero como en todo, no hay nada como formarse uno mismo su propia opinión: llego al aeropuerto de Singapur por la noche: no sé por qué me imaginaba algo así cómo un estado medio militarizado (por lo de no poder comer chicle, imagino). Esperaba encontrar medio ejército en el aeropuerto, aguardando a que alguien cometiera el más leve desliz para encerrarle, como pisar la raya del suelo (ésa en la que dice Please wait), cuando estás esperando en la cola de los pasaportes. Así que trato de ser muy modosita. Pero lo cierto es que todos son muy cordiales y educados, ¡incluso te ofrecen un caramelo cuando te visan el pasaporte!, ¡un momento! quizás es una trampa, quizás es un caramelo-chicle. Lo rechazo por si acaso y me voy directamente a coger un taxi.
El primer paseo por la ciudad me confirma que ciertamente Singapur es la Suiza asiática: jardines primorosamente cuidados, calzadas en perfecto estado, ni un papel por el suelo. Nada de la suciedad y el caos que reina en otras ciudades de los países vecinos, nada de los puestos de comidas que salpican las calles de Bangkok o Kuala Lumpur y que permiten al visitante recrearse con los aromas de la gastronomía local o detenerse a reponer fuerzas en cualquier punto de la ciudad. Alguien me dice que hace años también era así en Singapur, pero ahora todos los puestos de comida se agrupan en áreas especialmente reservadas, de manera mucho más higiénica y organizada.
Cada una de estas zonas tiene por lo menos 20 mostradores que cubren casi todas las especialidades de comida asiática. Platos chinos, indios, malayos, indonesios y tailandeses se pelean por llamar tu atención al lado de los platos clásicos de Singapur como el chicken rice. Todo es delicioso y ciertamente mucho más pulcro y menos confuso, pero, no sé, echo de menos el encanto de ir andando por la calle y observar la intensa actividad que se despliega en cualquiera de estos restaurantes ambulantes, una mujer pelando papaya, el wok humeante siendo agitado rítmicamente una y otra vez
.
Dado su carácter multicultural, en Singapur es posible encontrar barrios que reproducen fielmente el origen de sus habitantes:
Como Little India, un entresijo de calles en el que de repente el paisaje urbano cambia, y nos vemos transportados a una auténtica India en miniatura, con sus templos, sus mercadillos, las mujeres con el sari
, aunque claro, todo muy limpio y ordenado à la Singapur.
El Barrio Árabe, un conjunto de callejuelas en torno a una mezquita, donde, hasta las chicas que te atienden en el Starbucks llevan velo. De nuevo todo perfecto.
Intento encontrar una sola nota discordante, no sé, un árbol que no esté perfectamente alineado, una mala señalización, algo que me haga pensar que tanta perfección no es posible, algo que no haya sido meticulosamente planificado de antemano, que me diga que Singapur tiene alma, que no sólo es el país perfecto de gente perfecta con una vida perfecta.
Pero no lo encuentro. Así que tras un largo día caminando decido volver al hotel. Tras algún tiempo de espera, me encuentro acomodada por fin en un taxi que, por supuesto huele a ambientador y en el que es posible pagar con tarjeta de crédito. Cuando el taxista, de origen chino, descubre que el hotel en el que me hospedo está regentado por una familia india, literalmente se echa las manos a la cabeza: Mala elección, señorita, los indios huelen mal, muy mal.
Singapur, el modelo de armonía y perfección, por fin descubre una de sus debilidades, el mal imperante en nuestro siglo o quizás, no sólo en éste sino en todos, el convencimiento por parte de algunos de ser superiores, de sentirse por encima de otros. Y es que ni uno de los sistemas educativos mejores del mundo ha conseguido borrar el estigma de la raza y la religión.
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