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TEATRO. Rebeldías posibles. "Prisioneros de la resignación".

Actualizado 04-04-2008 22:19 CET

De Luis García-Aráus y Javier García-Yagüe. Con: María Antón, Frantxa Arraiza, José Melchor, Javier Pérez-Acebrón, Asu Rivero y José Sánchez. Compañía Cuarta Pared. Dirección: Javier García-Yagüe. Madrid. Sala Cuarta Pared. 29 de Marzo de 2008.

Siguiendo la estela de Café, último montaje de la Compañía Cuarta Pared, Rebeldías posibles se mantiene fiel a su misma preocupación temática y a sus mismos planteamientos escénicos: idéntica mirada franca y comprensiva dirigida a la realidad cotidiana, parecido afán testimonial, la misma pretensión de objetividad y una poética realista aunque con una gran libertad en la concepción del espacio y del movimiento escénicos y en la administración del humor y del dramatismo.

Ahora todo ello se pone al servicio de cuatro historias que crecen y se entrelazan de manera un tanto caprichosa impulsadas por el influjo que ejerce sobre sus protagonistas respectivos el obcecado y buen samaritano García, que consigue trasmitirles su espíritu reivindicativo e impulsarlos a luchar contra la impotencia y la resignación que se han instalado en sus vidas y que amenazan con aniquilarlos. Por cierto, ese hubiera sido el corolario más plausible de este divertido teorema que nos proponen García-Aráus y García-Yagüe, habida cuenta de la arbitrariedad con que ejercen su omnímodo poder las multinacionales de la comunicación, de la voracidad de las promotoras inmobiliarias, del sectarismo de la Iglesia o de la supuesta inoperancia de nuestro sistema público de salud, de quienes son víctimas propiciatorias unos timoratos ciudadanos tocados por la desgracia o doblegados por la precariedad del empleo o por la espada de Damocles de la hipoteca.

La obra discurre a buen ritmo, pero con altibajos; conviven momentos de una comicidad desbordante con otros de intenso dramatismo y con otros anodinos cuando no colindantes con el tópico o lo melodramático. El prometedor conflicto casi kafkiano de José García con su proveedora de telefonía por un nimio error en su factura, pronto se diluye en una especie de utopismo “light”, que como el propio título de la obra sugiere, aunque contagioso, posee un limitado poder desestabilizador. Y lo que vemos es sólo un esbozo del análisis de las contradicciones en que se debate todo posicionamiento ético cuando se traduce en acciones concretas, como la protesta de García, o en el peor de los casos, una bienintencionada caricatura que desencadena la carcajada de los espectadores.

Cuento con final feliz, en fin, de efecto balsámico, que contrarresta el regusto amargo que nos produce la frustración y del desvalimiento de los protagonistas de esta historia, unos seres perdidos en el absurdo de una sociedad neurótica y despiadada que pretende, si no lo ha conseguido ya, arrojarnos de nuevo al servilismo.

Aún reconociendo los valores del montaje, verbigracia, el ritmo ágil, la viveza de los diálogos o el trabajo de los actores y su habilidad para conectar con el público, no comparto la aprobación casi unánime de la crítica especializada. Hace falta algo más de brío, de sarcasmo, si se quiere, o de mala leche, algo más que esa complacencia en la derrota que al final se desliza en nuestro ánimo, para desestabilizar esa máquina infernal empeñada en nuestra enajenación, al menos ese es el mensaje que uno quisiera recibir desde esta sala, que fue baluarte del teatro alternativo, trampolín de creadores noveles y trinchera del inconformismo y de la disidencia.

Gordon Craig.
31-III-2008.

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