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Banderas lavadas

Actualizado 05-06-2008 01:33 CET

Alemania se prepara para festejar la Eurocopa con un nuevo baño de afirmación patriótica

Este caballero ya es un abanderado

Adornan los balcones, ondean sobre pequeños mástiles de plástico a uno o ambos flancos de los automóviles, campan en camisetas, gorras y muñequeras y, por supuesto, se han apoderado de la publicidad, en prensa, en televisión, en el espacio urbano. Sus colores: negro, rojo y oro. Una semana antes de que comience la Eurocopa, en Alemania las banderas ya han salido a la calle. Reflejan, por un lado, la expectación con que este país de arraigada (y triunfante) tradición futbolística aguarda el pitido inicial del evento balonpédico del año; anticipan, por otro, el subidón de un mes de fiesta nacional, otro período de excepción en el que abiertamente y sin complejos podrá mostrarse a voz en grito, símbolo en ristre y maquillaje en rostro el amor a la patria y el orgullo recuperado de ser parte de ella, sentimientos que, definitivamente desde el verano de 2006, han dejado de estar bajo sospecha.

El campeonato del mundo celebrado ese año en el país centroeuropeo, en que los anfitriones se aprestaron a recibir a los equipos y aficiones participantes como a huéspedes en casa de amigos, tuvo para los excelentes organizadores una significación que trasciende, nadie lo pone en duda, el ámbito de lo meramente deportivo. No sólo la logística, la coordinación y el orden fueron impecables, como cabía esperar de las acendradas virtudes germánicas; haciendo gala con la misma eficacia de otros encantos menos conocidos, Alemania exhibió ante propios y extraños su versión más amable, su mejor cara: la de un pais hospitalario, acogedor, repetuoso, cívico, apto además para la fiesta y el jolgorio, capaz de superar (sin negarlo) un pasado ominoso y traumático, emergiendo de sus más que justificados problemas de conciencia para volver a enamorarse de sí misma. Ese idilio alemán, el cuento de hadas del verano de 2006, bautizado y fijado para el recuerdo en el documental de Sönke Wortmann, es el que ahora todo el país se apresta a revivir con la mayor ilusión sacando del armario los trapos tricolores o adquiriéndolos en las tiendas de todo a un euro (malos tiempos para los patriotas, sentenció El Roto: todas las banderas son made in China; pero no parece que eso inhiba a sus consumidores).

Son ahora los vecinos quienes están al cargo de la fiesta. La selección alemana no jugará, no obstante, en Berna, ciudad en la que se produjo el milagro de su coronación por primera vez como campeona del mundo en 1954, gracias al triunfo de la voluntad de un país que saliendo de la devastación preparaba el prodigio de un fulminante desarrollo económico, a la lluvia y a las revolucionarias botas diseñadas por Adi Dassler. La historia, filmada en 2003 con sensibilidad y talento por el mismo Wortmann, se convirtió en una las películas más taquilleras del cine alemán y, devolviendo como espejo la imagen de una gloria pasada, multiplicó su antiguo efecto: a partir de su éxito, fue más fácil reconciliarse con el lugar de nacimiento, apaciguar los sentimientos encontrados, disipar sombras, superar los recelos y hacer las paces con ese trágico y decisivo elemento de identidad. La nueva película, como la vieja victoria, supuso un cambio en la percepción que Alemania tenía de sí misma.

Aún cuando en el spot de un patrocinador aparezcan ataviados como alpinistas en el mejor estilo “Bergfilm” de finales de los años 20, culminando con sombreros de fieltro y gruesas maromas el ascenso a una cúspide en blanco y negro, los integrantes del equipo alemán, seleccionador Low incluido, forman un grupo moderno y, como parece inevitable añadir, dinámico, cuya frescura y simpatía caracterizan el nuevo estilo de la patria. El hecho de que pese a su excelente preparación los jugadores no reúnan la calidad y la potencia de otros combinados germanos en torneos anteriores, hace que sea aún más fácil tomarles cariño, que se valore de forma especial su esfuerzo y su capacidad de sacrificio, y que la percepción del éxito no quede limitada, pese a las elevadas exigencias marcadas por la Historia, a la consecución del trofeo. Esa conciencia de no ser los más fuertes, los más poderosos y los más antipáticos, sometidos al rencoroso escrutinio externo y a la presión interna de mantener el tipo, es increíblemente relajante y benéfica para el nuevo patriotismo alemán de perfil bajo, el patriotismo bueno, divertido, ligero, de la pachanga y el buen humor.

En televisión se repiten las imágenes de archivo que muestran la explosión de fervor de los aficionados en los estadios, en las tabernas y cerverías provistas de pantallas gigantes, en las plazas y calles al paso, por ejemplo, del autobus que conduce al equipo de Klinsmann, o el día de la multitudinaria celebración del tercer puesto en el Tiergarten de Berlín. Esas imágenes y las intensas sensaciones a ellas asociadas son las que miles de ciudadanos (y cada vez más ciudadanas) sueñan con reeditar. Y para eso hacen falta banderas, miles también, millones de banderas que ya han empezado a ondear, ocupando, sin asomo de timidez, de vergüenza o de prevención, los espacios públicos y nuestro fatigado campo visual.

De modo que ondean impúdicamente las banderas. ¿Y qué? De la mano del fútbol, el patriotismo ha dejado de ser sórdido y puede volver a transmitirse a los hijos como un valor positivo, asociado además a la sociedad de consumo por la prodigiosa ecuación que vincula el amor al terruño con la evasión de la desdibujada realidad a través de la compra de de televisores de pantalla plana, perfectamente interpretada y resuelta por los fabricantes de estos ingenios electrónicos y bien explicada por Holger Kreitling en el artículo publicado el pasado domingo en el Berliner Morgenpost (“Sommermärchen reloaded”). El patriotismo remozado se muestra así perfectamente compatible con los sagrados valores de occidente.

También en la piel de toro se aprecia últimamente un deseo cada vez menos reprimido de identificación con la bandera rojigualda, unas ganas difícilmente contenidas de sacudirle para siempre la sombra del águila, de rescatarla de las correas de los relojes y los cuellos de niquis de los fachas para poder llevárnosla con desparpajo al estadio o a la plaza de Colón, envolvernos en ella, colgarla del balcón aunque no sean las fiestas patronales, teñirnos con sus colores la cara y extraer, en fin, de su uso tantas emociones primarias como toda la vida han hecho los argentinos, los franceses, los italianos y ahora también, rehabilitado ya por el deporte rey su patriotismo, los alemanes.

Conseguido el reimplante sin rechazo de los símbolos nacionales ¿qué importará que nuestro equipo no sea competitivo, que el seleccionador no lleve a Raúl y Guti, que nuestra ciclotimia nos haga pasar en cosa de titular y medio de la euforia a la depresión, que nuestro himno no pueda sino tararearse con un asomo de rechifla porque las letras que se nos ocurren (salvo a Sabina) no son mejor que el chinda-chinda?

Tal vez haga falta la organización de un mundial (parece que España podría presentar su candidatura en 2018) para “lavar” nuestra bandera, para que el pabellón nacional recupere en nuestros desconfiados corazones su carácter representativo y torne, como las enseñas de otros países, de lienzo áspero y sucio y funeral a reluciente bata de seda, liviano, lúdico atavío para las grandes fiestas de la pelota. Si esto es bueno, y a quién pueda convenir, es ya otra cuestión.

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