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El fracaso de la reunificación alemana

Actualizado 29-04-2008 20:13 CET

Cada 3 de Octubre, Alemania juega a engañarse a sí misma.

¿Hacia dónde va Alemania?: Entrada del aeropuerto berlinés de Tempelhof (ddp)

En el llamado Día de la Unidad Alemana se ponen en práctica todos los ritos y costumbres que generan un pueblo: día festivo, banderas nacionales, alcohol e himno. Se conmemora la unión técnica de un mismo pueblo que un día fue separado por un muro. Pero El Muro cayó un 9 de Noviembre, coincidiendo con la fecha en la que Hitler dio su primer y fallido golpe de Estado en 1923. Y la fecha de la unión de la Gran Alemania pasó a ese aséptico lugar del calendario que nadie siente como aniversario de nada.

La Unidad Alemana es pues desde su nacimiento algo abortado, algo trazado sólo en los mapas. Ningún lugar real de encuentro entre seres humanos. Y lo que se genera en despachos de moqueta impecable y maderas nobles son sólo palabras que no penetran en las mentes de quienes tienen que ponerlo en práctica: los ciudadanos. Si en la mente de los alemanes siguen habiendo dos bandos, cualquier motivo es excusa para la confrontación.

Como el domingo por la tarde. 2,4 millones de berlineses llamados a las urnas en el primer gran referéndum de Berlín desde la reunificación. La pregunta: ¿Debe mantenerse abierto el aeropuerto de Berlín-Tempelhof?

Cronología de la pregunta: Berlín tiene tres aeropuertos. Tegel (antiguo aeropuerto internacional del Oeste), Schönefeld (antiguo aeropuerto de andar por casa del Este) y Tempelhof, el aeropuerto construido en plena ciudad y magnificado por el Tercer Reich. Con una arquitectura monumental que todavía hoy impresiona, resultaba el orgullo del arquitecto Sagebiel, deudor de la megalomanía de Speer. Era la puerta de huída por la que Hitler quiso escapar, y en la Guerra Fría, la puerta de entrada de 490.000 toneladas de alimento para la hambrienta ciudad de postguerra tras el bloqueo soviético terrestre. Los Aliados hicieron aterrizar durante aquel invierno un avión cada 90 segundos.

Hoy Tempelhof es un aeropuerto que se ha quedado pequeño, desde el que despegan menos de 1000 pasajeros al día. Un aeropuerto demasiado cerca de la ciudad, con la contaminación sonora y ambiental que eso genera. Un aeropuerto que necesita inyecciones de dinero de más de 10 millones de euros al año por parte del Senado berlinés, quien lleva años planificando -y ya ejecutando- crear un mega-aeropuerto en los exteriores de la ciudad (donde ahora se emplaza Schönefeld): el Berlin-Brandenburg-International. Fecha prevista de apertura: 2011 ó 2012. Hoja de ruta: cerrar ya Tempelhof y cerrar en esa fecha Tegel.

Pero cerrar Tempelhof es para muchos doloroso, sobretodo entre aquellos que tienen 60 años o más. Porque es el aeropuerto que les salvó del hambre en el invierno del 48. Y organizaron una recogida de firmas para impedir el cierre por parte del Senado: como cientos de movimientos vecinales a lo largo de la Historia.

Sin embargo, las heridas están sólo cauterizadas, no cicatrizadas.

El Senado y la Alcaldía de la ciudad están gobernadas por la coalición entre el SPD (equivalente alemán del PSOE) y DieLinke (el equivalente de IU sin descalabro electoral). Al CDU, el partido democristiano conservador alemán, le ha faltado tiempo para apropiarse de la iniciativa y politizarla para sus propios fines, tratando de demonizar y desgastar al triunfante alcalde berlinés, Klaus Wowereit, cuyo nombre suena cada vez con más fuerza como posible candidato a canciller alemán en el futuro inmediato.

La explosiva mezcla entre politización y sentimientos ha puesto en evidencia una realidad dolorosa: que siguen habiendo dos Alemanias. Porque el futuro de Tempelhof importaba sólo a los acomodados barrios del Oeste, mientras que a los del Este les preocupaban más asuntos vitales para la ciudad como el reparto de presupuestos para las guarderías infantiles o la sostenida huelga del transporte público.

Resultado: ayer se votó, no se alcanzó siquiera el quorum necesario para que la consulta tuviera valor (aunque el resultado no era vinculante para el Senado) al conjurar a las urnas sólo al 21′3% de la población, entre los que ganó el Sí en porcentaje 60%-40%. Pero eso no significa nada, si se observa el mapa de la ciudad. Barrios del Oeste: gana el Sí con el 70%. Barrios del Este: gana el No con el 60% de los votos.

La herida sigue abierta. 18 años y medio después, la Unidad Alemana es sólo un título teórico que se observa marcado en rojo en los calendarios. Siguen habiendo dos Alemanias. Se cobra más en el Oeste que en el Este por un mismo trabajo, todavía. Se pagan menos impuestos en el Este. En Berlín, según el barrio en el que se viva se te inscribe a menudo en un seguro sanitario del Este o del Oeste. Esto no ayuda a que la división deje de existir también para los berlineses. Unidos, sí, pero no revueltos. Quien vive en Kreuzberg no se va al Este de fiesta, y viceversa. Los microghettos que tanto criticamos a los inmigrantes.

A veces basta poner un clavo en un muro agrietado para que todo el edificio se venga abajo. Alemania, la primera potencia exportadora del mundo, se ha olvidado de mirarse hacia sí misma. Y para cuando lo haga, quizá sea demasiado tarde.

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