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LA TRASTIENDA DE EL SOLITARIO

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sociedad, sucesos
Por naca
Actualizado 16-07-2008 10:18 CET

Cada cierto tiempo, normalmente en épocas de crisis donde faltan héroes y sobra heroína –Poli Díaz dixit- surgen personajes que aun ganándose los crispis afanando el jornal ajeno, el pueblo los convierte temporalmente en mitos gracias a su inicial gallardía, astucia y supuesto espíritu libertario contra los poderes establecidos. Luego, el tiempo y la policía, como si de un aguarrás justiciero se tratara, se encargan de diluir toda esa gruesa capa de maquillaje que ocultaba la verdadera realidad del caco de turno.

Ay que risa que me da

Ocurrió con bandoleros como Diego Corrientes o Luis Candelas, a los que se dedicaban coplas y las mocitas suspiraban por ser secuestradas por estos pájaros, cabalgar a la grupa en su jaca, adentrarse en la sierra y terminar cabalgando cual máquina sexuarrll a lomos de su jambo idolatrado. Años más tarde sucedió lo mismo con Eleuterio Sánchez, El Lute. No sé si como mito erótico, aunque tendría su público digo yo, pero sí como una especie de incono de rebeldía contra los poderes franquistas. Mitificado por sus espectaculares fugas, y con una famosa foto que le inmortalizó a la fama, escayolado entre dos guardias civiles –uno con bigotazos, el otro, más modernito, rasureitor-, le convirtieron de la noche a la mañana en una pobre víctima puteada por los picoletos.

El caso de El Solitario es lo mismo. Un tipo al que muchos caía en gracia por el hecho de aflojarles la mosca a bancos con los que están entrampados con la hipoteca, que no saben siquiera si terminarán de pagarla o acabarán plagiando su propio estilo, tirándole del bigote al dire y diciéndole mientras saca una bolsa de viaje de La Caja Rural ¡Echa aquí unos eurillos, monstruo!

Durante años fue más escurridizo que una lagartija sudá, hecho que le sirvió para incrementar su leyenda y conseguir que los polis que le seguían los pasos fueran amenazados por sus jefes con terminar sus detectivescos días buscando gamusinos en el islote Perejil. Y es que su táctica de robar según se fueran acabando sus reservas de parné impedía marcar un patrón fijo de conducta a las fuerzas del orden. Tan sólo sabían que el amigo Giménez Arbe no estaba gordo, ni siquiera fuerte, sino que llevaba bajo la gabardina que le birló al Inspector Gadget un chaleco antibalas, al igual que eran falsos sus demás atuendos carnavalescos de pipera barata.

Sin embargo, el tipo también sabía latín, ocultando las huellas dactilares de sus dedos con esparadrapo, y el rostro bajo una gruesa careta de latex. A eso hay que añadir que tenían una arsenal de armas, muchas de ellas fabricadas por él en la nave industrial que poseía en Pinto, como si de un Equipo A con reducción de plantilla se tratase, tirando de soplete y de la Enciclopedia Bélica de los Jóvenes Castores.

Un personaje que si no se hubiese cargado a dos guardias civiles a sangre fría, sin que le temblase el pulso, o disparado en la pierna a otra persona cuando no le dieron lo que pedía, quizá la gente lo tendría aún como un tipo simpático, bizarrete, y avionado, como demostró al marchar esposado ante las cámaras con la sonrisa de oreja a oreja y creyéndose una especie de Robin Hood de Las Rozas.

Al final las pruebas demostraron su culpabilidad, convirtiendo al efímero héroe en un hábil ratero y asesino sin piedad, por mucho que oportunistas telefilms le dediquen una película que sirva para que tal sujeto disfrute de otros cinco minutos de gloria.

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