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La muerte de la politica

Actualizado 31-08-2008 22:11 CET

Don´t choose the clown!“, vociferaban los medios de comunicación en Abril de este año, pocos días antes de las elecciones a la alcaldía de Londres.

Boris Johnson homenajea a Benny Hill

Naturalmente, se referían a Boris Johnson, el candidato del Partido Conservador británico: un periodista verborreico con una especial habilidad para decir lo más improcedente en el peor lugar posible, educado en los colegios más exclusivos del Reino Unido y perteneciente a los clanes pseudoaristocráticos de poder. Desde que se oficializó la candidatura, miles de voces clamaron contra la mera posibilidad de que un bufón recogiera el testigo de ser el alcalde de Londres durante las Olimpiadas. Muchas de ellas anónimas, gente como tú y como yo, pero muchas de ellas de prominentes artistas, escritores, fotógrafos, politólogos, que advertían de la catástrofe que supondría poner la capital en manos de un hombre capaz de enunciar análisis sociológicos tan profundos como

Si el matrimonio gay fuera correcto -y tengo mis dudas sobre esa cuestión-, no vería ninguna razón por la cual no debería consagrarse la unión entre tres hombres en vez de entre dos, o entre tres hombres y un perro.

Lógicamente, Boris fue elegido alcalde de Londres.

No por una gestión irregular de su antecesor Ken Livingstone, no porque fuera el candidato del otro gran partido, o incluso, no porque el millón largo de votantes que le eligieron como primera opción estuviera de acuerdo con frases tan exquisitas como la anterior.

Si le eligieron, fue porque la política, tal como la entendemos, ha sido exterminada. Uno acude a la Wikipedia y ve que la política es el proceso y actividad orientada, ideológicamente, a la toma de decisiones de un grupo para la consecución de unos objetivos.

Luego uno abre el periódico y ve que la política son alcaldes de cualquier signo detenidos por corrupción. Ve familiares de diputados que adquieren terrenos rústicos por los que casualmente un año después pasará una autovía o la nueva línea del AVE, y claro, han de ser expropiados a un precio diez veces mayor al que pagaron. Ve la inquina, la inmensa podredumbre del ser humano por la cual se tiran millones de litros de leche a la alcantarilla porque de lo contrario reventarían los precios, dicen unos señores en Bruselas. Los mismos que declaran que se puede encarcelar sin cargos durante 18 meses a un inmigrante por el mero hecho de serlo.

Toda política convencional está ya supeditada a los intereses económicos. Ahora tomamos más conciencia de ello, quizá porque vivimos en tiempos de cíclica crisis.

[Crisis que son inventadas por el sistema financiero, como lo fueron las de 1907 -J.P. Morgan empezó a difundir rumores de quiebra para asegurar la creación de la reserva federal que él controlaría-, 1920 -donde la reserva federal empezó a reclamar el pago de los préstamos que desde 1919 había duplicado unilateralmente para introducir más dinero en el mercado y preparar la caída del año siguiente- o la de 1929 -donde crearon años antes los Margin Loans para poder exigir su pago en bloque en Octubre, lo que provocó el crack y la ya famosa depresión-. Como aquella, también esta crisis de las subprime está planificada desde tiempo atrás y será la Historia quien juzgue este nuevo robo global, no yo.]

Ahora, decía, tomamos conciencia de la preponderancia de la economía porque vivimos bajo el paraguas de su crisis-excusa. ¿Qué responde el campo político a esto? ¿Cómo trata de paliar sus efectos? ¿Qué medidas toma para ser realmente quienes lleven el peso ejecutivo de la gestión política, de la administración de las ciudades, de las naciones, de los conglomerados transfronterizos?

Nada. Silencio. Una bala de paja cruzando un parlamento.

Por tanto, ¿qué sentido tiene votar a un político preparado para un cargo?

Sólo a través de la muerte de la política convencional se puede entender que una persona que promete cambio (Barack Obama) elija como vicepresidente a un senador de 65 años que nunca ha hecho nada, o que una persona que promete inmovilismo (John McCain) elija como vicepresidenta a una gobernadora de 44 años sin ninguna experiencia.

Sólo a través de la muerte de la política convencional se entiende una Gran Coalición como la que lleva 3 años funcionando en Alemania (¿alguien puede imaginar un gobierno de concentración nacional PP-PSOE?), en la que se masacran los pilares básicos de cualquiera de los dos partidos, eligiendo una tercera vía en la que se aniquila la ideología y se prioriza el beneficio operativo de las corporaciones.

Los ciudadanos ya han comprendido que la política está muerta. Que votar a las grandes opciones no tiene ningún sentido, porque son igual de pasivas ante los poderes fácticos y jamás van a crear medidas que solucionen el día a día de la gente, como bien se demostró en el bipartidismo del siglo XIX. Por lo tanto, el primer movimiento de protesta es la elección de cenutrios por vocación como Boris Johnson (o en ejemplo español Jesús Gil); gente que es estúpida, pero habla claro, o que incluso es divertida a ratos por sus ocurrencias entre el gris panorama de la corrección política de trajes grises y feministas conservadoras.

Cuando la gracia se acabe, la muerte de la política se encaminará a su último estadio: la elección de partidos de extrema derecha como única opción fuera del abanico que hemos detestado ya de tanto ver.

El ser humano es el único animal que no aprende de los años 30.

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