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Miedo y asco en Barajas

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meteorologia, madrid, transporte
Por amayita
Actualizado 11-01-2009 23:28 CET

Hace más de cuatro años decidí no comer carne. Quizá resulte una decisión irracional, supongo que a Aznar le parecerá 'éxótica', pero no es momento de entrar en ella. Sigo viva y feliz. Eso es lo importante. Hoy he decidido no volver a volar. 

Estado del exterior de la T1 de Barajas. Sábado 9 de Enero de 2009.

Créanme, las consecuencias en mi vida personal van a ser infinitamente más costosas que mi particular dieta. Mi pareja no vive en España. Aunque estoy planteándome seriamente unirme a él en el norte de Europa para encontrar una tregua y escapar del madrileño caos diario. Pero me puede el clima.

Mi ya desfasado portátil promete ofrecer 5 horas de batería y trataré, en ese tiempo, de describir la situación que se vive todavía en el Aeropuerto de Barajas.

Ayer el aeropuerto de Barajas permaneció cerrado 5 horas. El primer vuelo en salir fue de Finnair... ¿coincidencia? Sólo sé que los finlandeses saben volar en condiciones mucho peores de las que se daban ayer en el aeropuerto madrileño.

Lo que no se lee en los grandes titulares es que aunque los aviones hubieran podido salir, sé y soy testigo de que pueden hacerlo en mucho peores condiciones atmosféricas, los pilotos y tripulaciones no pudieron acceder a Barajas, al hallarse atrapados en las carreteras que circunvalan la capital.

Durante toda la noche los viajeros han permanecido, sin información ni asistencia, en las terminales observando cómo se cancelaba un vuelo tras otro.

Me cuenta una joven andaluza que varios pasajeros sin otra alternativa se hacinaron anoche en casa de uno de los madrileños que debía haber volado con ellos. Pudieron descansar y lo cuenta agradecida, como si la generosidad de aquél le hubiera permitido reconciliarse con el género humano.

Mi vuelo de las 6:30 de la mañana, sacrificio de sueño que ahorra euros y multitudes, fue uno de los cancelados. No quieres arroz, pues toma 2 tazas.

Mientras, Aena conseguía abrir dos pistas, una de despegue y otra de aterrizaje. Absolutamente titánico esfuerzo debió ser, ya que declaran que todos los efectivos se pusieron en operación nada más comenzar la inocente nevada que ayer colapsó nuestra vida diaria y paralizó la capital de un país con más aspecto de norteafricano que de europeo. Dicho esto con todo el respeto y ateniéndome a la calidad de las infraestructuras con las que contamos.  No se engañen, son y parecen puro atrezzo, cartón piedra, desmoronado ante el más mínimo imprevisto. Pero son versátiles, caen dos gotas de agua y nuestros famosos túneles hacen doblete como acuífero. Pero hablemos de la inocente nevada.

Yo no soy periodista, yo confieso ser de sistemas, y además, de letras, para que se hagan una idea. Además de no comer carne y de la excentricidad de mantener una relación a distancia de tres años largos con un alemán, sé lo que pasa cuando se cae un servidor, o cuando hay cualquier problema técnico.

En nuestra profesión todo está pensado para que el usuario no se entere de nada. Todos los efectivos se ponen en marcha, hay procedimientos definidos, pero un mucho de intuición y de experiencia que, volcada en la incidencia, ayuda a conseguir que el servicio vuelva a la normalidad sin apenas trastornar al usuario, nuestro juez y peor verdugo. ¿Señores y señoras, cuántas veces se han encontrado Google caído? Incido en que hablo de procedimientos, nunca de burocracia. Somos ágiles, flexibles, creativos con los problemas, pero improvisamos lo justito.

No es un asunto de presupuesto, no es un tema de medios. Se trata de un capital humano sujeto al mínimo de burocracia, y no es que quiera tirarme flores, con una mente analítica y, discúlpenme la expresión, percebes en los cojones a la hora de afrontar problemas. Créanme, cuando el usuario final nota una caída en el servicio se debe, parafraseando a la socorrista sin conocimientos de química ni mantenimiento de piscinas, a que 'se ha liado parda'. Pero tenemos prácticamente carta blanca a la hora de solucionar incidencias, cosa que parece que esta industria no ha sabido aprender de sus informáticos-bomberos, que es lo que yo me considero.

Barajas es, a esta hora, una especie de campo de concentración mucho mejor decorado, eso sí, que los otros que conocemos si nos molestamos en visitar una web pro derechos humanos o un minoritario documental bajado (recuerden la legislatura vigente en mi querida España, esta España mía, esta España nuestra) legalmente de la red. Los ocupantes, personas desesperadas, enfadadas, que han invertido todo su presupuesto de paciencia para este año en abandonar Madrid vía aérea sin amotinarse ni recurrir a la violencia física.

Créanme que el ambiente que se respira es tenso. Escucho, indiscretamente y sin ningún disimulo, llamadas a familiares y otros servicios de apoyo y consuelo, y comparo lo que oigo con mi propia experiencia. Vuelos cancelados, cambios de puerta de embarque, varios en el plazo de pocos minutos, aclamaciones cuando se anuncia el comienzo del embarque del vuelo de otros, más afortunados, que liberan así la tensión acumulada. Se nos nota, queremos salir de aquí a cualquier precio, y no encontramos explicación alguna a la situación.

Estás en tu puerta de embarque, donde una pantalla que anuncia tu vuelo y el retraso estimado, que súbitamente cambia a una imagen genérica con el logo de Aena. La multitud se apresura a agolparse frente a y bajo las pantallas de información, especialmente diseñadas para que miopes y personas mayores tengan que pedir ayuda al ser humano más próximo intentando descifrar el mensaje mostrado, en una tipografía digna de un portátil de gran resolución de pantalla.

En las salas de fumadores de las distintas áreas de la Terminal 1, desde donde voy escribiendo esta dolorosa crónica, se van formando breves amistades y alianzas, delegando la vigilancia de las distintas pantallas a distintos miembros de los grupos de viajeros.

A las 13:00 h empieza a embarcar el Ryanair de las 10:00 a Palma de Mallorca.  Mi vuelo a Frankfurt (aeropuerto que intimida por su tamaño y dificultad en las escalas) sigue anunciado a las 12:30. Aena no deja de sorprenderme.

Los empleados de las distintas líneas aéreas muestran una empatía inusitada y tratan con la mayor delicadeza a los viajeros, imagino que por la vergüenza o el temor que se debe sentir siendo la cara visible de este desastre.

Las cafeterías están saturadas de gente malhumorada; todas las máquinas de las salas de fumadores muestran pantallas parpadeantes que suplican ser reiniciadas.  Siendo como soy un técnico en espíritu y profesión, pruebo a reiniciar una, que hace su ciclo de pruebas en el arranque para volver a mostrar el triste mensaje: Error. Reboot. No hay solución, están sencillamente fuera de servicio.  No hay servicio de mantenimiento hoy en Barajas y la terminal entera huele a tabaco. 

Dos señoras con idénticas mechas rubias lamentan que no llegan a tiempo a Roma a una exclusiva recepción con el sumo pontífice y deciden irse a casa, hasta que les recuerdo que sus maletas están ya en las propias entrañas de la macchina. No saben qué hacer.

Una mujer francesa, ha confirmado con Renfe, por teléfono, que hay tres plazas en un tren a París desde donde llegar a Alemania. Le parece mejor solución que pasar el día en el aeropuerto y no poder volar hoy. Renfe, nada menos, pienso para mis adentros, y le deseo lo mejor. Su equipaje también es rehén del caos y duda si podrá ella recogerlo en Frankfurt. Le explico que cuando un pasajero no embarca en un vuelo sus maletas son descargadas, retrasándo aún más el despegue. Se queda lívida y se sienta a mi lado. Se resigna.

En estos momentos ya sé que he perdido mi conexión en Frankfurt, pero no dudo de que hoy dormiré en mi destino final. Una vez fuera de mi querida España, esta España mía, esta España nuestra, dónde lo único que se hace son pisitos, y mal, no voy a entrar en la obra pública, pretendo ser breve, los problemas serán más llevaderos

.Necesito reafirmarme en mi decisión de volar con una aerolínea alemana. No quiero ni pensar qué será de los pasajeros de Iberia. Aunque creo que las pistas de despegue abiertas están en la T4, a la que los vuelos del resto de terminales no pueden acceder con facilidad. Si no nos dejan echar sal nos sentimos perdidos.

Esto no parece un aeropuerto, parece la tundra. Aquí no se utiliza sal, pues daña los aviones. En el resto de España sí se usa, aunque queme a todo ser vivo que la roce. En la europa en que una nevada supone una simple oportunidad de jugar con los más pequeños de la familia, no se esparce sal. Nosotros sí, pero por todo Albacete. Unos kilometrillos de error de cálculo, señores, esto es España.

Veo cómo mi avión se acerca a la puerta de embarque. Todavía me queda una hora para que empecemos a embarcar, según las previsiones

.Hay un muñeco de nieve junto a mi avión parado, no resulta feo, pese a la falta de experiencia en esta zona de Madrid para tan ocasionales manifestaciones artísticas. El del parque cerca de mi casa daba francamente miedo. Me fijo, el muñeco va tocado con una chapela, de nieve, e intento desechar de mi mente los interrogantes que la chapela suscita.

No se engañen, esto no es periodismo ciudadano, es sufrimiento ciudadano. He doblado mi dosis de ansiolíticos, y los he regado con una carísima cerveza temperatura ambiente. Mi queja, créanme, es moderada. Puedo sublimar mi frustración compartiéndola con ustedes, lectores. El resto se conforma con llamar a familiares y amigos, a los que seguramente les importe más esta peripecia. Pero la gran beneficiada de todo esto será la operadora telefónica dominante. Créanme, soy una teórica de conspiraciones amateur, pero empiezo a sufrir la paranoia. Es imposible no contagiarse. Los pasajeros: ganado; así lo deben llamar los responsables de trasladarnos de un punto a otro de la forma más incómoda y caótica posible, cruzan los dedos para que no se reanude la caída de nieve.

Me siento serena, veo cargar maletas en el avión de la compañía alemana con la que vuelo, que parece haber estacionado en la puerta de embarque que me corresponde. Este destello de normalidad resulta surrealista y temo que en cualquier momento la pantalla muestre el logo de Aena y tenga que buscar a ciegas mi nueva puerta de embarque, en la que, por supuesto, no habrá avión alguno ni autobús aparcado esperándome para llevarme a mi destino. El caos es absoluto. Acoplan al avión una escalera de acceso, cuando la rampa cubierta ya está montada. Eficiencia alemana para embarcarnos más rápido o una escalera que llegó por error al avión equivocado, retrasando otro vuelo en otro punto del aereopuerto, desencadenando otro ciclo de improvisaciones y retrasos?  No se llevan la escalera finalmente. Pero embarcamos por la rampa, mucho más cómoda. Qué pinta ahí esa escalera?

 Estupor. Miedo. Y asco. Algo huele muy mal en Barajas, y no hablo exclusivamente del humo de los fumadores que invade la terminal.

Quiero felicitar al personal de tierra, son gente valiente. Otros no valemos para estar de pie, sin hacer nada mientras, nos demandan una información de la que no disponemos. Auténticos camafeos sonrientes. Unos profesionales como la copa de un pino. Yo debía haber llegado a mi destino a las 12:30 del mediodía y termino de escribir estas líneas con la previsión de aterrizar a las 20:30.  Las placas de hielo en el aeropuerto de Frankfurt son de las que sí parecen peligrosas, no el aguachirri que se veía ya en Barajas al mediodía.

Tengan ustedes buena semana, yo intentaré disfrutar del frío, la calma y el orden teutón.

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