El problema de la migración informal tiene una relación directa con el ascenso y crisis del capital. En épocas en que los Estados más fuertes pasan por una fase de prosperidad económica del capital, éstos permiten, de forma más blanda, la inmigración de los trabajadores de otros territorios para ejecutar el trabajo más arduo y peor remunerado que el de los trabajadores locales.
Pero en épocas en que la crisis se agudiza estos trabajadores inmigrantes serán, en el mundo del trabajo, los primeros que sufrirán con el aparato represor del Estado que, aparentemente, los acogió, pero que en esencia concordó con su explotación por el capital (inter)nacional que ahí opera.
Ese Estado comienza su acción represiva en el norte. Cohíbe, condiciona, expulsa y enseña a los Estados intermediarios la política que será reproducida con relación a los países más débiles del sur. O sea, la Unión Europea y los Estados Unidos endurecen sus leyes de migración con mejicanos, brasileños, argentinos, entre otros. Éstos, a su vez, endurecen sus políticas con los vecinos económicamente más débiles: Paraguay, Ecuador, América Central.
La relación entre subimperialismo, crisis y migración es directa. Cuanto más intensa es la crisis vivida por el capitalismo, mayor es la acción coercitiva de los Estados centrales sobre los periféricos y de éstos entre sí, con relación a la política hacia los trabajadores inmigrantes extranjeros en su territorio, por lo tanto, es más intensa la represión sufrida por los cuerpos y mentes de los sujetos que no consiguen realizar su supervivencia en el propio territorio.
En otras palabras, las migraciones de los países económicamente más débiles del sur de América desaguan en los países económicamente menos débiles. Y las migraciones de éstos desaguan en los aun más fuertes. Trabajadores de Paraguay y de Bolivia emigran para Brasil, Argentina y Chile; trabajadores de América Central para Méjico y trabajadores de Brasil, Argentina, Chile y Méjico emigran en su gran mayoría para los países centrales.
Tenemos aquí una cadena reproductora de la necesidad de supervivencia de los pueblos que no encuentran en sus países condiciones de existencia real, y que se someten a los criterios legales e ilegales de su posible vida renovada en otro territorio.
Pero, y con la crisis, como queda la cuestión de la migración subimperialista?
El Estado, antes receptor de trabajadores inmigrantes en tiempos de vacas gordas, se transforma en el Estado coercitivo que exige a los inmigrantes retorno inmediato al territorio de origen. Una vez más el Estado al servicio del capital no puede ser, ni siquiera un poco, un Estado comprometido con el mundo del trabajo en medio de la crisis generada por los primeros (aquí não está claro quem são esses primeiros, pode ser: "ese capital" ou "el capital financiero"), dada la tenue relación entre capital productivo y capital bancario.
Como estos trabajadores son precarios, débiles en los trámites legales de los Estados que los "acogen", vulnerables a las coyunturas político económicas de cada época, serán ellos unos de los primeros que sufrirán con mayor intensidad dos grandes catástrofes laborales: el desempleo y la necesidad de retorno al país de origen que antes no les dio condiciones.
Es la crisis dentro de la crisis. La clara confirmación de que el capital, aunque no existe sin el trabajo, puede reducirlo y subyugarlo a su voluntad. Es un ejemplo más de la relación estrecha que existe entre capital y Estado (inter)nacional. Cuanto más el capital transnacional entra en crisis, más los Estados (inter)nacionales tornan más severas las políticas migratorias en sus territorios aparentemente soberanos.
Como ejemplo, uno de estos aparatos legales represivos de los Estados centrales es el proceso conocido como "directiva de retorno", potenciado por los Estados centrales europeos. Ese proceso define, de manera represiva e ilegal, de acuerdo con la circunstancia de crisis, el derecho soberano de estos Estados al tratar la política y los sujetos migrantes.
Este aspecto formal del Estado represivo europeo genera para el trabajador inmigrante las siguientes persecuciones y penas:
1. Prisión automática de los indocumentados por hasta 18 meses antes de su repatriación.
2. Imposibilidad de retorno a los Estados miembros por un largo período.
3. Tratamiento excepcional a la extradición de niños y jóvenes.
4. Bloqueo de nuevas entradas.
5. Humillación cultural, al explicitar a los pueblos receptores la faceta negra de los pueblos recibidos, como personas non gratas, como responsables por la crisis y por el aumento del desempleo.
La crisis actual y las políticas migratorias de defensa de los territorios, represivas y con cuño nacional fascista son, en sí, contra los pueblos, los derechos humanos y la integración con soberanía.
La directiva de retorno protagonizada por la Unión Europea y sus pares en el mundo explicita cuánto la migración para los que necesitan realizar la reproducción de sus vidas lejos de sus tierras es un tipo específico de exilio. Exilio que sólo puede ser combatido a partir de otra dimensión de poder, cuya clase protagónica, al asumir el Estado, sea la clase que vive del trabajo.
Si no es así, la migración, el subimperialismo y el exilio se fortalecen. Y en el fortalecimiento son generadas más crisis. Como sostiene Galeano en su texto El exilio, entre la nostalgia y la creación, esa crisis es generadora de otras tantas crisis y la migración forzada por el mundo de la necesidad. Por lo tanto, es un tipo específico de exilio que explicita "crisis de identidad, angustias de desarraigo, fantasmas que asustan y acusan: el exilio genera dudas y problemas que no necesariamente conoce quien vive lejos por opción. El desterrado no puede volver al propio país o al país elegido como propio. Cuando una persona es expulsada para tierras extranjeras, su alma es expuesta a la intemperie y los marcos habituales de referencia y amparo son perdidos. La distancia crece cuando es inevitable".
Fuente .-Radioagencia
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