INSOMNIA- Si miramos a nuestro alrededor, el paradigma del hombre triunfador viene representado por Josep Guardiola, el flamante entrenador del Barça, sin paliativos el mejor equipo de fútbol del planeta. En el ecosistema en el que nos movemos resulta, cuanto menos chocante que la mayor admiración, los más frenéticos y encendidos elogios vayan dedicados a un técnico, y tanto más si consideramos que vestidos de blaugranas se alinean jugadores de la talla de un Puyol, un Alves, un Xavi, un Iniesta, un Etoo e incluso un Messi, considerado este último por casi todos el rey de cuantos futbolistas pululan por los cinco continentes. Pero aun así, repito, el héroe de nuestra comedia es alguien que no empuja directamente el balón, es Josep Guardiola, un entrenador, un técnico. Insólito, pero verdadero.
A los que entendemos de fútbol sólo lo preciso, este género de cosas nos cogen con el pie un tanto cambiado y no acertamos a desentrañar todos los misterios que pueden esconderse detrás de un esférico forrado de piel y repleto de aire.
¿Quién es Guardiola en realidad? ¿Qué es? ¿Qué méritos exhibe? ¿Qué clase de goles son los suyos que, aun sin saltar al campo, enloquece a las multitudes y genera tal tipo de arrebatos?
Bueno, en realidad adentrarnos en la vida de este joven técnico nos sirve para enterarnos que ha sido un gran jugador del equipo barcelonés, que se gestó como futbolista desde los 13 años en las instalaciones que este club posee en La Masía y que circuló por todas sus categorías, alcanzando siempre la internacionalidad por sus aptitudes futbolísticas y por su acusado liderazgo en las plantillas de las que formaba parte. Acabó su peripecia profesional en Italia, donde se le acusó de dopaje, cosa que finalmente no se pudo probar.
Buen jugador; excepcional, si quieren. Pero como tantos otros con una carrera similar y a su tiempo, sin embargo, aparcados y, casi casi, olvidados. ¿Qué tiene, pues, este joven para que el club de sus amores lo rescate tras su peripecia italiana y lo incorpore a su staff técnico?
Esta pregunta se responde por sí sola a tenor de los éxitos que obtienen los equipos que dirige. El Barça B emerge de Tercera y se encarama a Segunda B tras entrenarlo Guardiola una sola temporada. Es en 20072008. Un Laporta, presidente de la entidad, decepcionado con el equipo de primera, repara en el joven catalán y se da cuenta de que la solución la tiene en su propia casa. Confía en Guardiola y lo aúpa, sin currículum y sin experiencia suficiente, a lo más alto del club como entrenador, en sustitución del holandés Rijkaard.
Una apuesta arriesgada
La apuesta es arriesgada y el presidente pone su piel en unas manos a todas luces inexpertas. Pero Laporta es un hombre nacido a orillas del Mediterráneo y conoce seguramente esa frase que tanto circula entre los pescadores de la zona: Quien no se arriesga no cruza la mar.
La valentía de Laporta crece hasta extremos insospechados si reparamos en que, además, prescinde de la estrella del club, de Ronaldinho, aglutinador de una gran masa de seguidores que comienzan a afilarse las uñas por si los tiempos venideros se muestran aciagos. Y tan aciagos se insinúan, que el hombre gol, Etoo, comienza a mirar hacia tierras inglesas e italianas.
La plantilla anda, pues, desunida, desorientada. El joven entrenador no genera demasiada confianza. ¿Ha llegado tal vez el momento de saltar por la borda y abandonar la nave antes del naufragio? Pero contra todo pronóstico, rescata al náufrago Etoo y dirige la nave con mano diestra hacia la Ítaca de los más sonados triunfos. El equipo juega como nunca, embelesa a propios y extraños. La atención futbolística del mundo se concentra en la ciudad condal. ¿Qué ocurre allí, qué se está inventando que tanta maravilla produce?
Frente al somnoliento fútbol de los últimos tiempos, frente al rocoso y antipático modo de interpretarlo, surge de improviso un fútbol alegre, vivo, dinámico, imaginativo, ambicioso, imparable. ¿Qué está ocurriendo en Barcelona?
El fenómeno Josep Guardiola
El fenómeno tiene un nombre: Josep Guardiola. Él ha revolucionado el cansino juego de darle patadas al esférico. Ha descubierto insospechados rincones en el rectángulo de juego y los ha incorporado a su estrategia. Ha sabido que el sol y la luna salen tan sólo para los triunfadores o, en todo caso, para los que reconvierten en triunfo las derrotas. Ha sabido, en suma, volver a las raíces más puras y resucitar el concepto de equipo, sustituir la estrella por el polvo cósmico, la individualidad por el conjunto.
Lógicamente, todo este tránsito no resulta fácil de diseñar. Sólo un mago, alguien que ya domina el arte puede arrinconar el arte y entronizar la lucha, el esfuerzo sin tregua, sin florituras, rectilíneo, pero tremendamente generador de belleza a su vez. Para darnos cuenta de la personalidad de este insólito mago nos tenemos que retrotraer a la última final de la Champions League.
La fórmula del éxito
Guardiola no lanzó a sus pupilos al tapete verde con abstrusas consignas cuya lenta digestión paraliza las piernas y obnubila la razón. Cosa que resultaría letal para unos jugadores que se juegan la vida y algo más en el envite. Guardiola es más brillante y más tradicional a la vez. Se encierra en su laboratorio de mago medieval y prepara una pócima milagrosa, un brebaje que tras ser bebido, convierte en invencibles a unos simples mortales.
La fórmula de este componente milagroso es tremendamente sencilla. Anoten:
Siete minutos de intenso Gladiator
Recubiertos con:
Una densa capa de Turandot.
O lo que es lo mismo:
Un combinado explosivo de Russell Crowe y de Puccini
Servidos en la copa de hierro
De un enérgico: ¡Venceré, venceré!.
La liturgia seguida para administrar esta pócima fue espectacular. Un cuarto de hora antes de que el árbitro descorriera silbando el telón del mayor espectáculo del mundo, la final de la Champions League, todos los jugadores del Barça, obedientes a la voz de su amo, inclinada religiosamente la cerviz ante el Sumo Sacerdote del vestuario, se tragaban la pócima explosiva que los iba a catapultar a lo más alto de la gloria futbolística: ser coronados reyes del fútbol europeo, de sus estadios, de unos estadios por donde deambulan los mejores jugadores del orbe.
En aquel Sumo Sacerdote creía a pie juntillas toda la plantilla, lo seguían como se sigue a un profeta. Se llamaba Josep Guardiola. Su historia como entrenador era corta, casi insignificante. Meses atrás le habían puesto en las manos 24 hombres y le habían dicho: Haz lo que puedas. Y él los había hecho campeones de la Copa de España y de la Liga. Los había consagrado como ídolos de pequeños y de mayores, de los devotos del fútbol y de los que, hasta entonces, vivían de espaldas a este deporte. Los había convertido de simples mortales en mágicos intérpretes, en hermanos de los dioses, en habitantes de un Olimpo privilegiado.
Y ese 27 de Mayo, mientras la noche romana se enseñoreaba del coso futbolístico de la ciudad, estaban a punto de convertirse en una pléyade de estrellas rutilantes cuyo fuego perduraría en la memoria de millones de hombres, testigos de la proeza que se avecinaba.
Un vídeo potente, con aria incluida
Aunque para que ese sueño se realizara, Josep Guardiola había tenido que desenfundar sus viejas recetas y ponerlas en práctica. Tres días antes del encuentro contra el Manchester United, el preparador catalán se había puesto en contacto con Santi Padró, periodista de TV3 con quien mantiene una buena amistad. Era preciso elaborar un documental con imágenes de Gladiator entremezcladas con los jugadores del Barça en momentos afortunados a lo largo de la temporada. Todo ello sazonado con el aria Nessum dorma del Turandot de Puccini. Tenía que ser un vídeo intenso, motivador, capaz de arrancarles cualquier temor de sus corazones, transformarlos en leones, en gladiadores romanos dispuestos a morir en la noche romana.
Hay que imaginarse el vestuario blaugrana minutos antes del encuentro con los aguerridos ingleses. Se apagan las luces. Gruñe el proyector, se ilumina la pantalla. A lo largo de los 400 segundos que dura la proyección, los jugadores se emocionan, incluso lloran sacudidos por los frenéticos gritos de: ¡Al alba venceré! ¡Venceré! ¡Venceré! del aria de Puccini. Para cuando pisan el terreno de juego del Olímpico de Roma ya no son unos excepcionales finalistas de la Champions. Son unos gladiadores dispuestos a entregar la vida por la victoria.
La pócima ha resultado un éxito a escasos segundos de saltar al terreno de juego. Guardiola ha sabido mover sus corazones antes que sus piernas, ahora ya pertenecen al grupo de los héroes. En sus mentes no martillea mas que una consigna: ¡Venceré! ¡Al alba venceré!
La suerte está echada y el sunami inglés puede ser derrotado.
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