¿Sabemos lo que es el amor? O lo que es más importante, ¿sabemos amar?. En este articulo se reflexiona sobre cómo llegamos a aprender a articular nuestros sentimientos y cómo podría mejorarse este proceso.
Nadie es ajeno al amor. Muchos dicen estar enamorados, otros haberlo estado. Algunos afirman que les gustaría estarlo y otros muchos abominan del amor. Sin embargo, no creo que existan un consenso sobre lo que es exactamente el amor. Podemos esbozar una primera aproximación en el que el amor quedaría definido por un determinado entorno (famila, amigos, pareja) que le daría un determinado cariz y un conjunto de circunstancias externas objetivables que podemos apreciar en aquellos que son partícipes del mismo: aquellos que se aman se mueven en territorios comunes y comparten cosas. Hasta aquí, podemos estar más o menos de acuerdo.
Sin embargo, es complicado que podamos avanzar más allá de estas palabras tan generales. Es bastante habitual escuchar afirmaciones en las que se pone en duda el amor que se profesa una pareja, la verdadera naturaleza de una amistad o los intereses que guían una relación. Tan habitual como para llegar al punto en el que para un importante porcentaje de la población, sólo su forma de manifestar el amor es auténtica. Anotemos los "si se quieren, es raro que hagan eso", "en realidad, a él sólo le interesa su dinero" o "no encontró nada mejor". Esto, más allá de la distinta vara de medir que empleamos para la vida propia y la ajena, a lo que nos lleva es a que no existe un consenso sobre cómo debe articularse el amor.
Como decía antes, es raro encontrar a alguna persona con una actitud neutra frente al amor. Todos lo hemos experimentado en mayor o menor grado. Entonces, ¿por qué objetivamente es tan difícil afirmar que dos personas se quieren o no? Desde mi punto de vista, todo viene motivado por que nadie nos enseña a amar. Resulta pretencioso afirmar que existe un conjunto de reglas que puedan llevarte a conducir tu vida con éxito, pero parece estúpido negar que hay al menos ciertas pautas que te evitan caer en el desastre absoluto. Sin embargo, no sabemos amar.
No sabemos amar, pero amamos. Nacemos y crecemos y aprendemos a relacionarnos con los demás. Recibimos pautas de nuestros familiares y educadores y así nos hacemos con las habilidades sociales básicas. Lamentablemente, la responsabilidad de enseñar a canalizar el sentimiento afectivo ha sido relegada por la sociedad. Una justificación muy repetida es que es algo que pertenece a la esfera íntima de una persona y que cada cual siente y se expresa de una manera. El problema es que la expresividad puede llegar a ser muy limitada si no se dispone del vocabulario adecuado. Cada cual podrá emplear las palabras como quiera llegado el momento, pero para poder hacerlo es conveniente tener un amplio vocabulario y conocer unos rudimentos de ortografía y gramática.
Siguiendo con la analogía, a la hora de aprender a expresar nuestros sentimientos, no empezamos por lo sencillo, por los rudimentos, y avanzamos hacia lo complejo, sino que simplemente tenemos un conjunto de ejemplos en un primer momento, para después pasar a un estudio basado en casos. Cuando uno crece se encuentra en primer lugar con los ejemplos que tiene en el ambiente más cercano para a continuación pasar a las referencias culturales. Estoy hablando de los libros, las canciones, las películas. Siendo el amor como ha sido uno de los temas fundamentales de la historia de las distintas artes, referencias hay de sobra. Todas estas obras diseccionan relaciones amorosas y nos permiten aprender cómo expresar el amor, cómo vivirlo y, ay, cómo sufrirlo. Existe un problema fundamental en esta aproximación: el amor en el arte es tormentoso y tumultuoso, no te guía poco a poco sino que te ha de arrastrar, los encuentros son maravillosos y los desencuentros, temibles y dolorosos. El amor es eterno y sin medida, el amor ha de durar y tiene una existencia prácticamente independiente.
Cuando uno se encuentra ante el amor en su propia vida, intenta ajustarse a ese modelo, el amor ha de ser así, si no, no es amor. En el camino nos hemos dejado las herramientas básicas para relacionarnos con cualquiera: el diálogo tranquilo y paciente, la comprensión, la tranquilidad, la empatía. El amor tranquilo no es amor, las rupturas dialogadas no existen: el amor debe cambiar nuestra existencia, debe permanecer y las rupturas han de implicar tragedia. Todo esto, que suena estupendamente en las canciones, es trágico en la vida real. Muchas relaciones que de otra manera podrían subsistir con alegría para los interesados, caen como una decepción al no tener lo componentes que enumerábamos antes. De las que subsisten, muchas caen al no poder afrontar diferencias de forma civilizada: vende más una discusión a lo Luz de Luna. Se elige finalmente muchas veces postergar el final más de lo razonable, luchar cuando no tiene sentido simplemente por apostar por la dimensión épica del amor. Si todo esto lo unimos a que funcionamos por el método de ensayo-error en relaciones sucesivas, podemos encontrar muchas de las causas del fracaso de las relaciones de nuestro tiempo y, lo que es peor, no de que una relación termine sino del fracaso personal de los miembros de una pareja.
Si, simplemente, aprendiéramos a relacionarnos con los demás, a ser respetuosos con las opiniones ajenas, a ser asertivos, a asumir que lo que empieza puede terminar de igual modo ("lo que es para siempre lo es mientras dura" cantan Sybil Vane en "Mientras dura"), no sé si las cosas irían mejor o peor, pero nos haríamos menos daño y todo sería más sencillo. E igual de maravilloso y mágico. Créanme, esto es amor, quien lo probó lo sabe.
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