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Andrés Montes: una marca registrada

Archivado en:
comunicacion, deportes
Actualizado 17-10-2009 09:46 CET

Clásico: dicho de una obra o de un autor que se tiene por modelo digno de imitación; dicho de una etapa o periodo que permanece para siempre y que no muere nunca.

Andrés Montes no fue periodista sino un comunicador excepcional de ayer que le tocó actuar en el siglo XXI. Elegante siempre como nadie. Vestía pajarita al cuello, camisa y chaqueta. Aspecto peculiar: piel marrón, lupas graduadas y una calva embadurnada de cremas. Un tipo diferente. Un clásico dedicado al mundo mediático con una imagen propia del blues.

En el tono de su mirada y en el reflejo de su voz siempre se escondió una figura especial. Alguien que convirtió la timidez de su pubertad en el desparpajo de su madurez. Una persona con un diario personal que rellenar. Montes era un nostálgico lleno de alegría, un sentimental plagado de melancolía.

A juzgar por su trayectoria debió tener una fenomenal colección de música que hoy quedó huérfana. Vinilos de ayer y de hoy. Andrés aludía siempre a letras de canciones que para él significaban algo; después le añadía el tono jocoso y el marketing apropiado para que funcionara en la televisión. Pero para él eran algo más que muletillas mediáticas.

Durante su carrera fue una persona profunda que supo dotar de valor al hecho de hacer cada retransmisión suya. Andrés Montes es una marca registrada. En cada partido mostraba su impronta. Creó un estilo nuevo. Siempre se alejó de ese periodismo deportivo en pie de guerra que luchaba cada madrugada por un trocito de audiencia. Él creó otra escuela sin más arma que un micrófono y sin más malicia que su creatividad.

Durante su etapa en Digital Plus como comentarista de la NBA tuvo que luchar contra las intempestivas horas y contra la marginación del baloncesto. Estuvo casi once años en el frente y consagró a un chico tímido llamado Daimiel, su primer compañero de batalla. Juntos hicieron historia. Supieron enganchar al telespectador en aquellos años tan maravillosos del basket americano. Inició aquellos cursos baloncestíticos y aquellos vuelos sin motor de un tal Michael Jordan.

Nunca dejó indiferente. Recibía tantas críticas como reconocimientos; fue tan héroe como villano. Aunque lo único objetivo fue que Andrés Montes disfrutaba con su trabajo. "Yo soy un obrero más de esto", confesó en alguna entrevista cuando ya cobraba como un capataz.

La Sexta lo incorporó cuando lanzó su gran apuesta deportiva. Le colocaron a su lado a una nueva pareja humorística. Iturriaga y él, él e Iturriaga. Se juntó el hambre con las ganas de comer y, casualidades de la vida, cuando nadie daba un duro por el baloncesto nacional la selección española se consagró con Montes en la cabina de retransmisión. Llegó el hombre que había visto a las leyendas vivas de la NBA y consagró a un grupo fantástico de jóvenes promesas que querían convertirse en estrellas. Y Andrés estuvo ahí para contarlo. Daba igual el horario de Pekín: ver a España y oír a Montes valieron la pena.

Con el tiempo España se fue empachando de oros en diferentes competiciones pero con un mismo testimonio.

Después se incorporó sin complejos al mundo del fútbol; había que rentabilizar un diamante en bruto que hasta entonces se había emitido en un canal de pago. La expectación fue máxima. Con fútbol y con "fatatas" inició la temporada con su nueva pareja, su inseparable Julio Salinas. Y ahí fue cuando la marca Andrés Montes impuso su copyright.

Los aficionados apagaban la tele y encendían las radios. Los comentaristas dormían al personal con un ritmo cansino y un lenguaje alejado del bar. Hasta entonces se creía que la fórmula exacta para retransmitir un partido de fútbol era la misma que para narrar una noticia: contar lo que está pasando. Grave error. El aficionado ya está viendo lo que está ocurriendo y hoy por hoy todo el mundo sabe quién conduce el balón y quién ha marcado el gol. Montes se encargó de transmitir algo más complicado: las emociones.

La muerte de un clásico siempre deja un vacío lleno; sabemos que Andrés no volverá pero sabemos que Andrés no se ha marchado. Aquí quedan sus clases magistrales, sus frases míticas y la imagen de alguien que ha vivido y ha muerto con el deporte entre las manos. Alguien que supo moldearlo a su antojo y pudo mostrarlo al mundo. Eso se llama arte. Y quien hace arte, es un artista.

 

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