MADRID.- Quien más quien menos, todos hemos caído alguna vez en el onanismo digital de buscar nuestro nombre en 'Google'. Y más de uno habrá curioseado por la vida de sus tocayos. Ante la publicación de un libro en Estados Unidos en el que Angela Shelton, una escritora, describe sus citas con otras 40 personas con las que comparte nombre y a las que accedió a través de internet, no he podido sustraerme a la tentación de ponerme en contacto con mis 'alter ego' digitales.
Buscar nombres no es algo que se haya inventado Google.
Hay quien ya ha bautizado el acto de teclear el nombre de uno mismo en 'Google': "la búsqueda vanidosa". Y también se ha bautizado a aquellos que tienen similar nombre y que aparecen listados en la misma búsqueda: "googlegängers" (término "más creativo" del mundo durante el año pasado, según la American Dialect Society). Y, por si fuera poco, hay estudios al respecto, que aseguran que el 47% de los adultos estadounidenses que utilizan internet ha buscado su nombre a través de 'Google' o cualquier otro buscador.
¿El 47%? Pues el primer dato de la encuesta entre mis "googlegängers" demuestra que el 100% de Álvaros Llorcas consultados, en alguna ocasión, hemos empleado 'Google' para dar con nuestro nombre. Así que, o los llamados Álvaro Llorca somos especialmente vanidosos o la gente esconde su adicción o su curiosidad por buscarse en internet. ¿Es acaso algo de lo que avergonzarse? Pues no necesariamente. Algunos defensores de la autobúsqueda (y no me refiero a Bucay ni a Paulo Coelho, sino a la que se realiza por internet), argumentan que es positivo saber en todo momento qué información de uno mismo tiene la gente a su disposición.
Y es que la información disponible de uno, a merced de contratadores o de quien sea, resulta a veces profusa. Por ejemplo, la búsqueda de mi primer tocayo llevó tan sólo algunos minutos.
— ¿Está Álvaro Llorca?
— Sí, soy yo. ¿De parte de quién?
— De Álvaro Llorca.
— Ah, muy bien.
— ¿Crees que tu nombre combina bien con tu apellido?
— Sí, estoy orgulloso.
— ¿De dónde eres y a qué te dedicas?
— Soy de Sevilla y trabajo como operador de cámara.
— Encantado de conocerte. Ya te avisaré cuando celebre una fiesta con todos los Álvaros Llorcas que encuentre. Así no habrá que hacer mucho esfuerzo para memorizar el nombre de los invitados.
— Eso está muy bien, pero ¿habías pensado que en tu fiesta no habrá ninguna mujer invitada?
Algún que otro sesudo ha buscado explicaciones psicológicas a la "búsqueda vanidosa", según un artículo del International Herald Tribune (IHT) que abordó el tema. "Sucede porque los seres humanos se sienten atraídos inconscientemente por personas y cosas que nos recuerdan a nosotros mismos", asegura el artículo. ¿Y las pruebas? Pues existe toda una teoría psicológica, por ejemplo, que se conoce como "name-letter effect" y que asegura que las personas prefieren las letras incluidas en sus nombres propios (particularmente la inicial) antes que las otras letras del alfabeto.
¿Y en qué se traduce esto? Según han demostrado algunos estudios que recoge IHT, los apellidados Johnsons son más proclives a casarse con otros Johnsons, o, en Estados Unidos, las mujeres que se llaman Virginia tienen una mayor tendencia a vivir o a mudarse al estado de Virginia. Algo parecido ocurrió en las elecciones estadounidenses de 2000, donde la gente cuyo apellido empezaba con la letra 'b' era más proclive a apoyar a George Bush, mientras que aquellos cuyo apellido empezaba por 'g' estaban del lado de Al Gore.
Pruebo suerte con el segundo Álvaro Llorca de mi lista. Una vez más, no es difícil localizarle y, en escasos minutos, obtengo una respuesta.
— ¿Álvaro?
— Sí, soy yo. ¿Qué quieres?
— Mira, que yo también soy Álvaro Llorca, soy periodista, trabajo en un medio digital, eh... estaba haciendo un reportaje sobre nuestros tocayos...
— ¿Qué es lo que quieres y cómo sé que eres quien dices ser?
— ¿Has probado metiendo tu mismo nombre en 'Google'?
— Está bien, ¿y qué quieres?
— Saber a qué te dedicas, es para un reportaje sobre los tocayos en internet.
— Pues mira. Tengo 29 años, trabajo como maquillador en películas porno, y ahora estoy ocupado.
Al margen de argumentos científicos, hay otras explicaciones para el fenómeno de la "búsqueda vanidosa". La primera es el aburrimiento. Y es que nunca hay que subestimar el poder del aburrimiento (¿acaso no fue un ingrediente imprescindible incluso en el surgimiento del movimiento 'punk', según deja entrever John Lydon una y otra vez en su autobiografía?). El otro ingrediente tiene un contenido más romántico. Y es el interés por imaginarse otras vidas posibles, por acoplarse, aunque sólo sea por un momento, al camino que han trazado otras personas a las que te une un hilo tan minúsculo y fortuito como el de compartir el nombre. Desde luego, aunque sólo fuera por un momento, no me importaría sumarme al camino que ha trazado para sí mismo uno de mis tocayos.
¿Has buscado tu nombre alguna vez en 'Google'? ¿Qué encontraste?
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