Los aniversarios son como el sarampión, no queda más remedio que pasarlos. Esta semana se cumplen doscientos años del inicio de la Guerra de la Independencia, un conflicto complejo que ha sido sometido a diversas interpretaciones a lo largo de estos dos siglos y cuya conmemoración ha derivado en una especie de "trance conmemorativo".
'La carga de los mamelucos', de Goya.
Pero ni España se levantó unida por la soberanía, ni fuimos tan antifranceses, ni Madrid fue tan heroico, ni la Guerra tuvo tanta significación en el contexto internacional.
La profusa literatura sobre el 2 de mayo ha alimentado tópicos y mitos (particularmente aquellos que se refieren al papel que el pueblo de Madrid tuvo en la insurrección) que se cultivan olvidando algunos fundamentos históricos que matizan estas interpretaciones más exaltadoras.
Los madrileños y los españoles de 1808 eligieron, como un sólo hombre, arriesgar su vida por la dignidad y la libertad.
Ésta es una de las frases que aparecen en el prólogo que Esperanza Aguirre ha escrito para '1808. El Dos de mayo, tres miradas' (en el que también dice sobre la Constitución de 1812 que es la primera liberal del continente europeo), un libro editado por la Fundación Dos de mayo, Nación y Libertad que se ha repartido en todos los Institutos públicos de la Comunidad de Madrid.
Sólo el 1 por ciento de los madrileños (unas 1.670 personas en una ciudad con 176.000 habitantes) participó en el alzamiento
Sin embargo, el papel de Madrid en la Guerra de la Independencia fue en realidad mucho más modesto de lo que se hace creer. El historiador Ronald Fraser estima en 'La maldita guerra de España' que sólo el 1 por ciento de la población madrileña (unas 1.670 personas en una ciudad con 176.000 habitantes) participó en el alzamiento.
Aunque en un primer momento Madrid tuvo una actitud muy combativa con los invasores extranjeros, después se mostró bastante dócil al poder josefino y en diciembre firmó su rendición. El mito del Madrid revolucionario contrasta, además, con la resistencia de otras ciudades que se mostraron más sólidas frente al Ejército invasor. Aquéllas que, situadas en la costa, gozaron del suministro naval de los ingleses, como por ejemplo Cádiz o Alicante, nunca fueron ocupadas.
Por otra parte, la visión idealizada del pueblo en armas defendiendo su soberanía contrasta con algunos de los episodios sangrientos que protagonizó. Aunque en el imaginario colectivo prevalece la imagen de la represión del levantamiento (cuya significación simbólica multiplica el cuadro de Goya), los amotinados fueron autores de masacres como la de Valencia de junio de 1808, cuando en dos días asesinaron a 400 vecinos franceses, causando aún más víctimas que en el propio 3 de mayo.
Otro de los hitos de la Guerra, citado hasta la saciedad estos días, es el famoso bando del alcalde de Móstoles incitando al levantamiento. No es un documento original y su autor no fue el regidor Andrés Torrejón, sino Juan Pérez Villamil, un acérrimo partidario del absolutismo. El escrito que ha llegado hasta nuestros días se trata, además, de una versión apócrifa que el propio Villamil reescribió después, plasmando un llamamiento a las armas más retórico, contundente y breve.
Cuando el pueblo de Madrid se levantó no sabía que estaba librando la Guerra de la Independencia, acepción que se tomó tiempo después. Como bien ha señalado el escritor Arturo Pérez Reverte (quien sin dejar de participar en la fiebre conmemorativa, ha optado por erigirse como una especie de iconoclasta desmitificador) el pueblo que se alzó en armas lo hizo más en un estallido de malestar derivado de la crisis del Antiguo Régimen que por un intento de reivindicar la soberanía.
'Los fusilamientos del 3 de mayo', de Goya.
La Guerra de la Independencia se ha convertido en el gran mito fundacional de la Nación española. El conflicto, que comenzó como un motín minoritario, acabó conduciendo a un proceso más complejo e interesante políticamente que culminaría con las Cortes de Cádiz y de las que nacería una verdadera conciencia nacional.
Tampoco se trató de una guerra nacional en la medida en que no hubo un choque frontal y unánime entre españoles y franceses, ya que ambos ejércitos estaban compuestos por efectivos de diversas nacionalidades (los famosos mamelucos de la armada francesa y los ingleses de la española). Otra cosa que parece olvidarse es que, además de todo, fue una guerra civil entre españoles: los contrarios a la dominación extranjera y los denostados afrancesados, que apostaban por la instauración de una nueva dinastía napoleónica.
Conviene además levantar un poco la vista de una perspectiva española para comprender la relativa significación del conflicto en una Europa convertida en un tablero de ajedrez del que Francia y Gran Bretaña se disputaban el control. Aunque ello no le reste importancia interna, para el resto de continente, la Guerra de la Independencia fue más bien un conflicto internacional que se libró en la Península entre las dos potencias mundiales del momento.
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La manipulación españolista del 2 de mayo debería avergonzarnos a todos, porque no fue más que una defensa del absolutismo propiciada por unos mandamases +
En España todas las guerras que ha habido han sido civiles, y aún no hemos arreglado el problema. +
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