"Personalmente, no veo claro lo de taparnos la cabeza con casetas de perro". Son las 23.30 de la noche en el vestíbulo del edificio de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y quien habla es una de las estudiantes que participa en el encierro indefinido contra el plan de Bolonia que comenzó ayer por la noche. Alguien ha propuesto imitar a los estudiantes que en Valencia tienen ocupadas varias facultades y construir "pequeñas casetas de perro" que los protejan de la luz matutina que entra por las ventanas.
Estudiantes de la Complu encerrados contra el Plan Bolonia.
Además de esta discusión peregrina, los alrededor de treinta alumnos que allí se han congregado debaten acerca de otros problemas logísticos que plantea el encierro (práctica estrella del movimiento anti Bolonia), de estrategias ideológicas, de reuniones informativas, manifiestos, planes de actuación, pintadas de carteles y demás. Las ideas discurren con cierta fluidez y mayor o menor sensatez dependiendo del ponente. Antes de entrar en materia, tardan un buen rato en ponerse de acuerdo sobre a qué hora darán por finalizado el trabajo de las mesas y comisiones que buscan contraargumentar el controvertido proyecto que pretende crear un espacio educativo europeo común y que tanto rechazo ha causado. "¿Lo votamos?", propone un chico. "No, no, no", responde una compañera. "Eso se hizo el otro día y fue una medida de emergencia", añade medio en broma, pero taxativa.
Y es que aquí todo se discute. Todo se critica y se consensúa. No tienen claro qué universidad quieren, pero sí que no quieren la que la Unión Europea propone. Donde la declaración de Bolonia habla de poner la universidad al servicio de la sociedad ellos ven el peligro de la mercantilización del conocimiento para el beneficio de las empresas. Critican que se vayan a abrir las puertas al capital privado o que la financiación pública de los nuevos posgrados esté subordinada a su capacidad de atraer también inversión privada. Y, sobre todo, reclaman tener voz en un debate participativo sobre el futuro de la educación superior.
En definitiva, temen que el nuevo modelo de la educación superior en España olvide que la universidad es el hábitat natural del conocimiento y se convierta un lugar utilitarista que únicamente sirva para crear un ejército de becarios formados al arbitrio de las necesidades de las empresas. Para estos estudiantes, Bolonia es quien amenaza la supervivencia de la universidad como caldo de cultivo de debates como el que ellos mantienen en el 'hall' de esta facultad desierta. Pero contra este riesgo, reaccionan con doble (y nocturna) ración de pensamiento crítico.
A juzgar por las edades de los presentes, cuando el plan de Bolonia eche a andar definitivamente, la mayoría de estos jóvenes que debaten vehemente en corro, ya habrán terminado la carrera y quizá no vuelvan a pisar esa universidad por la que ahora pierden horas de sueño. ¿Servirá el desvelo para evitar la catástrofe que anuncian? Violeta tiene una respuesta: "¿Que si creo que con esto vamos a lograr echar atrás Bolonia? Mi opinión es que ni de coña, pero la universidad me pertenece como estudiante y me siento en responsabilidad de defenderla".
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