Entre Fuendetodos, donde nació Francisco de Goya, y Belchite, donde se produjeron algunos de los más encarnizados combates de nuestra Guerra Civil, sólo hay 19 kilómetros de distancia.
Cualquier viajero puede contemplar los grabados de los Desastres de la Guerra en la aldea natal del genial pintor y pasear unos minutos después por el pueblo derruido. Aunque el dictador Francisco Franco decidió mantener las ruinas intactas como símbolo de sus victorias, la desolación y el absurdo de toda guerra penetran en la conciencia como un latigazo en cuanto comienza la visita al pueblo fantasma, situado a 49 kilómetros de Zaragoza.
Hace 20 años que regreso a Belchite para ejercitar mi memoria. Necesito pasear entre sus cascotes para no olvidar que hace unas décadas mi país se desmoronaba en el silencio después de una cruenta Guerra Civil.
La aldea también ha sufrido los estragos del paso del tiempo. Pero los esqueletos de las casas o las iglesias, los muros derrumbados, los escombros acumulados nos recuerdan que los españoles también nos matamos con toda la saña que provoca el odio.
En algunas visitas me han acompañado fotógrafos y periodistas prestigiosos cuya costumbre es cubrir conflictos armados. Todos, sin excepción, se han quedado estupefactos frente al mar de ruinas. Ni Sarajevo, Kabul, Grozni o Gaza, ciudades bombardeadas hasta la saciedad, pueden competir con Belchite.
En julio de 2006 acompañé a Sergi y Octavi, los dos hijos de Agustí Centelles, el fotógrafo que mejor documentó la Guerra Civil española. Querían conocer los lugares de Aragón donde su padre había realizado varias de sus mejores fotografías.
Centelles, igual que Goya hizo en el siglo anterior, documentó el miedo, la resignación y la desolación de la guerra. Muchas décadas después reconoció: "He pasado ratos de verdadero pánico y peligro". Pero no le gustaba 'contar batallitas', según me confesaron sus hijos.
Nos acercamos al 70.º aniversario del final oficial de la guerra, aquel 1 de abril de 1939. Y dentro de dos años habrá que conmemorar los tres cuartos de siglo del inicio de la guerra, aquel 18 de julio de 1936. Pero todavía nos cuesta sortear las profundas lagunas donde yacen ahogados los verdaderos datos de nuestro desastre.
Sí es cierto que han aparecido centenares de libros sobre el conflicto. Yo mismo acabo de comprar '1936: El genocidio franquista en Córdoba', del historiador Francisco Moreno Gómez, porque quiero conocer lo que pasó en mi tierra natal. Rastreando su contenido he encontrado 120 páginas repletas de listas con nombres compactos. Sólo en la capital cordobesa, según los datos fragmentarios de los libros de los cementerios, hubo 2.307 muertos, pero parece que el número real se acerca a los 4.000.
Carecemos de un informe de la Verdad, de un relato oficial pormenorizado y concienzudo de nuestros crímenes de guerra bendecidos por el Estado, del dolor oscuro y nauseabundo que ese daño provocó en las generaciones posteriores
Pero carecemos de un informe de la Verdad, de un relato oficial pormenorizado y concienzudo de nuestros crímenes de guerra bendecidos por el Estado, del daño que infligimos como verdugos a nuestros vecinos, del dolor oscuro y nauseabundo que ese daño provocó en las generaciones posteriores.
Pienso en Guatemala. Su guerra civil acabó a mediados de los 90. Los niveles de violencia fueron inauditos. El ejército fue el gran responsable de centenares de masacres, de decenas de miles de desaparecidos y centenares de miles de muertos. Unos años después, en 1999, ya se había publicado 'Guatemala, memoria del silencio', el informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico.12 volúmenes sobre las violaciones de los derechos humanos y 4.400 páginas para consultar.
A pesar del poder omnímodo de su ejército, un contrapoder en la sombra que hace y deshace a su antojo en la actualidad, la sociedad civil guatemalteca se enfrentó a sus miedos y consiguió reunir un impresionante alegato contra la impunidad y la desmemoria.
Algo parecido pasó en Sudáfrica a mediados de los 90. Después de más de dos años y medio de trabajo, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica, presidida por el obispo Desmond Tutu, publicó en octubre de 1998 su informe final sobre las largas décadas de apartheid, 3.500 páginas con 21.000 testimonios de testigos, y rechazó el perdón o la amnistía generales.
Yo tenía 18 años cuando se decretó la amnistía general de 1977 en nuestro país y se oficializó la llamada transición modélica. Los defensores a ultranza de esta cómoda etiqueta (parecen que olvidaron que las cunetas estaban repletas de cadáveres) siguen afirmando que fue el mejor camino para evitar otro encontronazo armado entre españoles. Amnesia frente a memoria fue, en definitiva, el camino elegido.
Siempre he pensado que se exageró aquel exceso de prudencia. Que había margen de maniobra para iniciar una búsqueda legítima de todos los muertos o asesinados y restituir sus derechos pisoteados. Años después siento que guatemaltecos y sudafricanos fueron más valientes que nosotros.
Han sido los familiares de las víctimas, los nietos, a medida que han ido falleciendo las esposas y muchos de los hijos e hijas; los que han decidido entorpecer el atajo hacia la amnesia y mentira institucionales.
Me molesta que los responsables políticos se apropien de la memoria histórica y la conviertan en un paquete arrojadizo. Me molesta que decisiones tomadas con décadas de retraso se utilicen con cariz propagandístico. Me molesta que ayer fuera prudente silenciar la verdad de las víctimas y hoy sea urgente reivindicar su memoria. Me molestan los partidarios de olvidar esta dantesca página de nuestra historia.
Puede haber casos de personas que no deseen remover el pasado aunque hayan sufrido en la propia piel el impacto más doloroso de la guerra, pero, como ocurre en Chile, Argentina, Guatemala, Irak, Afganistán o Sudáfrica, la inmensa mayoría de los dolientes quieren saber dónde están sus desaparecidos y conocer el mayor número de datos sobre lo que les ocurrió. Para entenderles sólo basta con ponerse en su lugar. ¿Qué hubiera hecho cada uno de nosotros si nuestro familiar más querido hubiese sido lanzado a una zanja sin identificar después de ser asesinado?
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Coincidiendo con el bicentenario de "Los Desastres de la Guerra" (1810-1815) de Francisco de Goya, el autor reflexiona sobre las guerras y los desastres actuales y sobre las consecuencias que sufren las víctimas, la única verdad incuestionable de una guerra. Gervasio Sánchez, fotógrafo y reportero, ha desarrollado su trabajo en los lugares más conflictivos del mundo. Premio Ortega y Gasset de periodismo en 2008, colabora habitualmente en Heraldo de Aragón.
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