La asfixiofilia, también llamada asfixia sexual, asfixia erótica, conducta hipoxifílica, —por la hipoxia, la falta de oxigeno que produce—, es una parafilia, una práctica que busca privar al cerebro de oxigeno para incrementar el placer sexual.
En el campo de la sexología fue John Money uno de los primeros en documentar esta práctica, cuando publicó 'The Breathless Orgasm' ('El orgasmo sin aliento'). Según Money, en el mapa del amor del asfixiofílico, imágenes infantiles erotizaron el estrangulamiento, asociando el sufrimiento al placer. Estas imágenes eróticas quedaron fijadas y lo llevan a una conducta compulsiva, necesitando reducir el nivel de oxígeno cuando busca el placer sexual.
Lo más frecuente es que este tipo de conducta se asocie a la masturbación, seguramente debido a que puede ser difícil de entender para otras personas. En una escena de la película 'El refugio de mi padre' —curiosamente neozelandesa, como John Money—, se retrata fielmente esta práctica cuando, en pleno coito, con una chica esta encima de él, el personaje coge su cinturón y se lo pasa por el cuello, apretando hasta que le sobreviene el orgasmo. La chica, sintiéndose excluida del juego erótico, salta de la cama abandonando al que hasta hacía un momento había sido su compañero sexual. No obstante, en ocasiones, la práctica es compartida y una persona estrangule a la otra, como ocurre en la película 'El imperio de los sentidos' de Nagisa Oshima.
Si la asfixia la práctica el propio sujeto se denomina autoasfixia erótica. Son varios los métodos que se suelen utilizar para reducir el aporte de oxígeno: bolsas de plástico, las manos desnudas, una cuerda o cualquier otra atadura. Conocemos un caso de abusos sexuales en el que el niño describe muy bien la práctica: cuenta cómo su padre se pone los dedos en la nariz hasta que se queda sin aire y casi se desmaya, y que a él le pone el cinturón en el cuello y aprieta hasta que no puede respirar.
La asfixiofilia, además de ser una práctica extremadamente arriesgada, hace que la persona se siente mal al darse cuenta que sin estar cerca de la asfixia no puede llegar al orgasmo. Su peligrosidad se debe a que puede producir pérdida de conciencia y lleva a su practicante al borde de la muerte. Es lo que le pasó a un diputado británico al que se encontró atado, vestido de mujer y asfixiado por unas medias de nylon que le cubrían la cara. Como sucede en este caso, donde se asocia al auto bondage y al fetichismo travestista, es frecuente encontrar la asfixiofilia relacionada con otras parafilias. No cabe hablar de suicidio ya que, si llega a ser mortal, es porque en el momento del orgasmo el oxígeno no llega al cerebro, la persona se puede desmayar y no llegar a desatarse a tiempo.
Según estima una prestigiosa revista de psiquiatría forense, se calcula que al año pueden morir de 500 a 1000 personas como resultado de esta práctica. Es una conducta sexual muy poco frecuente por los riesgos que entraña. De hecho, se conoce más la asfixiofilia por la psiquiatría y la psicología forense que por la clínica sexual: estas personas no suelen acudir a consulta.
En la autopsia psicológica se distingue el suicidio de la muerte autoerótica analizando la escena del crimen. La presencia de los siguientes indicadores ofrece importantes claves: mecanismos de autorrescate como un nudo corredizo o un cuchillo a mano para cortar las ataduras; signos de conductas sexuales masoquistas en los genitales, los pezones, etc; ataduras con significado sexual; juguetes sexuales, espejos o pornografía; rastros de la práctica de otro tipo de parafilias.
Considerando las mortales consecuencias que puede conllevar esta práctica, se recomienda el tratamiento sexológico. El objetivo no es privar al sujeto de su fuente de placer, sino ayudarle a canalizarla de manera más controlada y menos destructiva. En algunos casos, en un primer momento, puede ser necesario el apoyo farmacológico para ayudarles a controlar conductas compulsivas.
¿Habías oído hablar de esta práctica sexual? ¿Conoces algún caso?
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