Parece tranquila, pero mañana miércoles Adriana Espinosa se juega en Turquía algo muy serio: su inocencia y, de paso, entre uno y tres años de prisión. Ella no estará allí, se quedará en su casa de Sevilla, pero un abogado defenderá en su nombre su derecho a asistir, como estudiante de periodismo y como ciudadana, a una manifestación.
Adriana se enfrenta a la justicia turca.
La vida de Adriana se convirtió en una novela negra en el momento en que se acercó por curiosidad a una protesta organizada por kurdos, mayoría en Gaziantep, la ciudad en la que cursaba su Erasmus. Desde ese día, 18 de octubre de 2008, cuelga sobre ella un título que suena muy serio: participante en la "dirección, preparación o participación en manifestación ilegal". La Erasmus más peligrosa de Europa.
De su condición de delincuente se enteró al abrir la puerta de su casa diez días después de la protesta. Encontró los armarios abiertos de par en par, su ropa esparcida y los papeles por el suelo. Alguien había entrado para registrarlo todo y se había llevado de entre sus pertenencias el ordenador portátil y la tarjeta de su cámara fotográfica. Fue el portero quien le informó, visiblemente nervioso, de que quienes habían irrumpido de madrugada en el edificio no habían sido vulgares ladrones, sino la policía misma, arrestando a sus compañeras y organizado aquel estropicio.
Revisemos la novela desde el principio para entender cómo se había metido esta estudiante de cuarto de periodismo en semejante embrollo.
Todo empezó, explica Adriana, al mes de su llegada, cuando acudió a una manifestación en favor de los derechos de los kurdos organizada por el Partido de la Sociedad Democrática (el DTP). Éste es un partido político legal que cuenta con representación parlamentaria, si bien el Gobierno turco vincula una facción del mismo al PKK, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, considerado un grupo terrorista por la comunidad internacional.
Adriana asegura que no tomó un posicionamiento activo durante la protesta, sino que estaba allí para "conocer de primera mano" la realidad de su país de acogida, "como observadora neutral y motivada por un sentimiento de pura curiosidad periodística". Pensó que aquella sería una buena ocasión para hacer contactos en la prensa local y recabar información para unos trabajos de sociología y periodismo que estaba preparando.
Una niña kurda en un festival en Turquía.
La concentración se disolvió sin incidentes al ser prohibida por las autoridades. Lo que Adriana no sabía es que, desde aquel momento, pasaba a ser una sospechosa investigada por la policía. Los documentos que encontraron en el registro de su ordenador, y que habían sido descargados de páginas web legales para informarse acerca del conflicto kurdo, podían representar un delito, motivo por el cuál fue interrogada. "Sin embargo, tras las explicaciones que ofrecí, y que supuestamente se recogen en la declaración oficial, me dijeron que podía irme tranquila y que no me pasaría nada", explica. Creyendo haber solucionado el problema, en enero de 2009 regresó a España para hacer unos exámenes. Fue un día antes de volver a Turquía que una fuente cercana le aconsejó no hacerlo. Adriana tomó entonces la decisión de renunciar a la beca.Y no se equivocó, porque el proceso legal seguía su curso, como ha ido sabiendo gracias a las citaciones que dice haber recibido.
El final de esta historia puede escribirse el miércoles. O no. Según la ley turca, Adriana podría enfrentarse hasta a tres años de cárcel, o al pago de una fuerte multa económica. Aunque el Alto tribunal de Adana desestimó los cargos de "propaganda del terrorismo", el fiscal de Gaziantep ha presentado una segunda acusación. "Ignoro si por un malentendido o por una motivación política, he sido acusada, investigada y procesada por un delito que no he cometido", se queja Adriana. Desde la Embajada Española indican que la Dirección de Seguridad Turca no reconoce tener ningún procedimiento abierto respecto a este caso, lo que entra en contradicción con las citaciones en poder de Adriana. Turquía, en pleno proceso de adhesión a la Unión Europea, sabe que esta clase de culebrones no le favorecen. Y Adriana, para aprovechar el poder de la presión mediática, ha decidido hacer pública su rocambolesca historia.
Las novelas negras no tienen moraleja, pero a Adriana le gustaría que de ésta sacaran una lección las universidades europeas.
La estudiante se responsabiliza de sus actos, pero reclama una mayor implicación de las universidades con sus estudiantes. Considera que, "igual que los profesores y el personal de administración e investigación, [los estudiantes] deben poder ser convenientemente atendidos en caso de surgirles algún problema dentro del ámbito académico". Por eso propone la creación de un protocolo para próximos Erasmus que incluya tanto una guía pormenorizada con información útil para la prevención de posibles contingencias en los países ofertados, como un seguro jurídico.
Otro de sus caballos de batalla es la defensa del derecho y el deber del periodista y el investigador social de conocer la realidad de primera mano, trabajando al servicio del rigor informativo. "Fui a este destino motivada por el convencimiento de que es necesario conocer otras culturas para abrir la mente y ampliar perspectivas", cuenta. "Con mi experiencia lo he confirmado: he encontrado la hospitalidad, el cariño y la aceptación de toda la gente que me ha rodeado. Es más, uno de los principales motivos por el que quiero resolver este problema es para poder volver y reencontrarme con los muchos amigos que allí he dejado".
La última línea de la historia se escribirá esta semana. Y, a veces, hasta Raymond Chandler creía en los finales felices.
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