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¿Interesa llenar los depósitos con biocombustibles?

Por ALBERTO GARRIDO* (SOITU.ES)
Actualizado 03-05-2009 11:03 CET

La crisis de los precios de las materias primas agrarias vivida en la primera mitad de 2008 dio lugar a no pocas especulaciones sobre la responsabilidad que los biocombustibles y las políticas que los promueven podrían tener en el encarecimiento tan súbito y virulento de sus precios. Como en todos los temas polémicos, y éste sin duda que lo es, hay argumentos en contra y a favor de los biocombustibles, lo que dificulta formar un criterio ponderado que nos ayude a valorar esta alternativa energética.

bern@t (Flickr)

Para enmarcar el debate tengamos presente dos hechos que ilustran la controversia y sugieren algo sobre su dimensión económica. Primero, existe una intensa batalla entre detractores e interesados en los biocombustibles que se está librando en los medios de comunicación, las universidades y las organizaciones internacionales. Segundo, WWF, FAO, OCDE, la Unión Europea, el 'International Institute for Sustainable Development,' el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino (MMAMRM), y por qué no incluirlo también, la Asociación Española de Productores de Vacuno de Carne han publicado extensos informes que analizan las ventajas y los inconvenientes de los biocombustibles. El balance global de estos estudios es cuando menos ambiguo.

El bioetanol procedente de cereales o azúcar y el biodiésel procedente de oleaginosas son conocidos como biocombustibles de primera generación. Los denominados de segunda generación se obtienen a partir de biomasa lignocelulósica. Esta biomasa puede proceder de residuos de cultivos, subproductos de la industria alimentaria, subproductos forestales, cultivos específicamente destinados a su obtención (tales como Jatropha o Jojoba) o incluso algas. Para su transformación es necesario recurrir a técnicas que aún no tienen un desarrollo comercial.

Fuentes de FAO han evaluado el precio del petróleo al cual distintos tipos de biocombustibles podrían ser competitivos. Así, el bioetanol producido a partir de caña de azúcar en Brasil es competitivo a 30 dólares/barril, el biodiésel obtenido de la casava a 40, el de palma a 57, y a unos 80 $/barril los biodiésel producidos en la UE a partir de oleaginosas (colza o girasol) serían también competitivos. Sin embargo, como indica el MMAMRM (ver pdf), la competitividad de estos productos no depende sólo del precio del petróleo sino también del precio de las materias primas que se emplean en su producción.

De ahí que el alza de precios de los cereales y las oleaginosas de 2008 provocara una disminución de la producción de biocarburantes en la UE en 2007 y 2008 con respecto a lo que la Comisión Europea había previsto para esos años. Muchas plantas de bioetanol y biodiésel europeas pararon su producción en 2008 por no poder afrontar los precios de las materias primas. En parte, pero sólo en parte, ellas eran co-responsables de su encarecimiento. Hasta qué punto los biocombustibles fueron responsables del alza de los precios nadie lo puede precisar, pero el consenso que se configura tras el descenso de octubre de 2008 es que no fue el factor más decisivo. Por tanto, no hay razón para endosarle a la industria de los biocombustibles y a los gobiernos que la apoyan la responsabilidad esas alzas de precios tan nocivas.

Tanto en EEUU como en la UE, la producción de biocombustibles está subvencionada (por medio de la exención del impuesto de hidrocarburos, en el caso de España, y mediante ayudas a los productores de cultivos energéticos en la UE). Dos son las principales razones que dan fundamento a esta política: reducir la dependencia del petróleo y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Indirectamente, también se apunta a la necesidad de potenciar el desarrollo científico y tecnológico que a la larga permita abaratar sus costes de producción.

Con respecto a la reducción de la dependencia del petróleo, conviene recordar que el Plan de Acción de la Biomasa de la UE prevé reducirla en tan solo un 4%, suponiendo que se cumpliesen plenamente sus objetivos. Pero es que el balance neto de materias primas destinadas a la producción de biocombustibles convertirían a Brasil en único exportador neto de oleaginosas, siendo el resto de los países (entre ellos España) absolutamente dependientes de las importaciones de los productos necesarios para fabricar biocarburantes.

Hay quien puede decir que es mejor depender de Brasil o Argentina que de Nigeria, Argelia o Kuwait, y quien lo dice no es un cualquiera, sino el mismísimo Thomas Friedman en su libro ‘Hot, Flat and Crowded’, que establece una relación directa entre el precio del petróleo y el número de mandatarios no democráticos en el mundo produciendo felonías. Es fácil compartir la idea de que tenemos más valores comunes con los países exportadores de materias primas agrarias que con los mandatarios de los países exportadores de petróleo (salvando a México, RU y Noruega). Por tanto, reducir la dependencia del petróleo es un objetivo al cual contribuyen los biocombustibles.

Con respecto a las emisiones de GEI, las estimaciones son muy variadas. El resumen más reciente que se ha publicado (ver pdf) establece lo siguiente. De un lado, los análisis del ciclo de vida de combustibles alternativos para el transporte elaborados por el CIEMAT (Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas; CIEMAT, 2005, 2006) establecen que tanto en el caso del biodiésel como en el del bioetanol el balance energético es tanto mejor cuanto mayor es el contenido en biodiésel (especialmente cuando este procede de aceites vegetales usados) o en bioetanol en los carburantes, disminuyendo también de la misma manera las emisiones de CO2 y de GEI.

Por otro, el documento indica que, frente a estos resultados, existen también abundantes informes que cuestionan la eficiencia energética de los biocarburantes. Así, por ejemplo, mientras la CE (2006) estima una reducción de la emisión de GEI en gramos de CO 2 equivalentes del 30% para el etanol de trigo, 32% para el etanol de remolacha y 53% para el biodiésel de colza —todos ellos en Europa— o del 88% para el etanol de caña en Brasil, la OCDE (2007) ha calculado que la reducción de las emisiones de CO2 en la UE no superaría en ningún caso el 3%.

Como respuesta a estos retos e incertidumbres, la UE está vigilante y actúa pro-activamente para asegurar que las dudas sobre la sostenibilidad de la producción los biocombustibles se van despejando mediante certificaciones crecientemente más estrictas. A día de hoy, la UE exige una serie de condiciones, como la reducción de emisiones de GEI mínima del 35%, llegando al 50% a partir de 2017, la prohibición de uso de tierras de elevada biodiversidad o de tierras con tasas elevadas de reservas de carbono.

Desde una óptica global y en el corto plazo, los biocombustibles podrían plantear una cierta competencia con los productos agrarios, especialmente en el acceso a la tierra o al agua. Pero en la actualidad las materias primas agrarias destinadas a biocombustibles sólo ocupan el 1% de la tierra cultivada en el mundo, siendo las previsiones de la FAO a medio plazo en torno al 3-4%, pero podría llegar al 15% en la UE. No obstante, como el encarecimiento general de las materias agrarias deja fuera del mercado la producción de muchos biocombustibles que las utilizan, si se diese otro repunte de precios como el vivido en 2007 y 2008, su producción disminuiría descongestionándose la demanda en cierta medida. Tanto más cuánto más barato esté el petróleo.

Las cosas hay que verlas globalmente y desde una perspectiva más amplia, especialmente a la hora de ‘experimentar’ con la política energética. La ciencia avanza mucho en este campo, por lo que los números que aquí se citan seguramente serán revisados y corregidos en los próximos años. Muchos expertos consideran que la política de biocombustibles es ineficaz y un medio costoso para producir energía de manera sostenible. Pero todos, incluido el sector productor, ponen muchas esperanzas en los biocombustibles de segunda generación.


*Alberto Garrido es profesor de Economía y Ciencias Sociales Agrarias de la E.T.S de Ingenieros Agrónomos, de la Universidad Politécnica de Madrid.

(Las conclusiones y puntos de vista reflejados en este artículo son responsabilidad únicamente de su autor y no representan, comprometen, ni obligan a las instituciones a las que pertenece).

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