Para tomarnos un café expreso como el de George Clooney se necesita: cultivar el grano, tostarlo, transportarlo, meterlo en dosis individuales, colocarla en la cafetera y finalmente tirar la cápsula a la basura. El resultado es un aromático café que cada minuto rellena 8.000 tazas en todo el mundo. Todo un éxito comercial con una importante contrapartida ambiental: cada una de estas tazas de café ha supuesto la emisión de 82 gramos de CO2.
Visto este "pequeño inconveniente", la empresa suiza Nestle Expresso acaba de lanzar esta semana en Barcelona una estrategia para intentar mejorar su mala imagen ecológica. Aseguran que van a conseguir que el 80% del café que va dentro de las cápsulas proceda de explotaciones ecológicas (acreditadas por Rainforest Alliance) y que reducirán su huella de carbono en un 20% para 2013. No sabemos como acabarán estas promesas y si no se trata de una campaña más de marketing 'verde', pero lo cierto es que esta estrategia bautizada como 'Ecolaboration' ha servido para desvelar algunos datos muy interesantes sobre lo que emite una simple taza de café.
Para llegar al dato de los 82 gramos de CO2 por taza, la compañía suiza afirma haber estudiado todo el ciclo de vida de su café: desde el cultivo, el transporte o el encapsulado. Por ejemplo: se ha determinado que una máquina Expresso de una oficina que esté encendida durante 12 horas consume 140Wh al día, lo que supone 30 kilogramos de dióxido de carbono equivalente al año.
En cuanto al cultivo del café, Nestle Expresso asegura que las emisiones de carbono varían mucho en función del uso de pesticidas y fertilizantes de los más 25.000 agricultores con los que trabaja. Si bien esta investigación no incluye la cantidad de agua utilizada, otros trabajos estiman que para producir una única taza de este oro negro se necesita hasta 140 litros de agua.
La gran diferencia entre este tipo de café expreso y otras fórmulas más tradicionales de hacer café —como la cafetera italiana— son las cápsulas. En este caso, el estudio de la empresa resalta que la fabricación de estas monodosis de aluminio genera una gran cantidad de emisiones, aunque se defiende alegando que gran parte de su producción procede de material reciclado. En cualquier caso, son millones y millones las cápsulas que se distribuyen por el mundo cada año. Este mismo mes de junio se ha inaugurado en Avenches (Suiza) una nueva planta de fabricación que producirá ella sola 4.800 millones de cápsulas al año. Si bien la elaboración de estas pequeñas cápsulas es un aspecto a tener en cuenta, no menos importante es el residuo que queda una vez que ya nos hemos preparado el café. Esto obliga a darle un tratamiento final a estas cápsulas ya usadas. En algunos países se han puesto en marcha puntos de recogida sólo para estas cápsulas.
Hoy en día el balance ecológico de una taza de estos cafés deja mucho que desear. Dentro de la estrategia Ecolaboration, la empresa suiza prevé medidas como incluir el apagado automático a sus cafeteras o reducir el porcentaje de aluminio de las cápsulas.
Tú que crees, ¿merece la pena crear un residuo nuevo cada vez que preparas una taza de café?
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