MADRID.- ¿A quién mira Rajoy? ¿Cuál es el más empollón de la clase? Adivina quién miente esta noche y escucha el cuento de la niña. Si te los has perdido, no desaproveches la ocasión que te brindamos de recuperar esos momentos inolvidables del debate entre los candidatos.
Lo fácil sería apuntar a un asesor haciéndole el signo de OK para animarle o negando con la cabeza cuando el discurso falla. Lo divertido, imaginar a una mujer cañón situada estratégicamente por el PSOE a su izquierda para quebrar su concentración. Lo normal si eres el niño de 'El sexto sentido': "En ocasiones veo muertos". Un psiquiatra valoraría la posibilidad de que pudiera oír voces que emanan de su propia mente. Quienes suelen hablar consigo mismos, le entienden perfectamente. Rajoy mira de reojo, sin tregua, a su izquierda. Igual juega con Zapatero a sostener la mirada. O pretende distraer la atención de su contrincante haciéndole creer que hay algo excitante que se escapa a su campo visual. El motivo es un misterio. Por favor, que no sea el reloj. Resulta demasiado vulgar.
El clímax del surrealismo se ha alcanzado cuando Zapatero ha recurrido a la cifra de policías y guardias civiles para convencer al personal de que durante su presidencia estamos más seguros: 'Policías y guardias civiles en España, en el momento más bajo, 113.000, cuando usted era ministro del interior y ahora hemos recuperado hasta 136.000'. Compitiendo por la medalla de oro al empollón de las elecciones, han recurrido al clásico 'y yo más, chincha rabiña' o 'al rebota y en tu cara explota' para tirarse las cifras a la cara, gráfico mediante. El baile de parados y ocupados, o las variaciones en el precio de la vivienda, demuestran cómo dar la vuelta a la tortilla utilizando lecturas distintas de los indicadores económicos.
Cargados con los papeles que los fontaneros -esos hombres en la sombra que dirigen la estrategia y escriben los discursos- les habían preparado, Zapatero y Rajoy han medido sus fuerzas como si estuvieran en clase de primaria. Con ejemplos como estos cómo no va a situarnos el informe Pisa a la cola de la educación en Europa.
Como si fuera la letra de una canción de Bisbal. Con extra de convicción y doble de ímpetu. Imperturbables, los dos candidatos aguantaban el tirón como si no fuera con ellos la acusación del contrario. Crecerles, no les ha crecido la nariz pero la boca se les ha llenado con tanta mentira. Señalar es gratis. Sin abogados, ni pruebas, Rajoy y Zapatero han designado a un jurado popular, la audiencia. Y han obligado a millones de españoles, esos a los que dicen representar y a los que piden el voto, a dictar veredicto.
Mueve la nariz con más gracia que la histórica bruja de la tele, frunce el ceño, toquetea los papeles, se tira de la solapa, hace una mueca de ohhh con la boca... gesticula. Rajoy responde con un catálogo de mímica, que incluye desde mohines a aspavientos, los envites de un Zapatero disfrazado de Chucky, el muñeco diabólico. El marcado arco de las cejas del candidato socialista junto a su forzada fijación de la mirada permiten compararle con el popular personaje de terror. A veces da la impresión de que el presidente parodia a la siniestra marioneta. El duelo, al final, resulta un bluff, más cerca de una película de Esteso y Pajares que de los films que protagonizaban Chucky y Embrujada.
En Hollywood ya están gestionando la compra de los derechos del folletín con el que Rajoy ha puesto punto y final al debate. Las imprentas echan humo, preparando la edición de tapas duras. Y en Internet es el texto más copypasteado de la temporada. Imagina la escena. Los sabios del PP reunidos, elucubrando cómo espantar al personal en vivo y en directo. Tormenta de ideas. De repente, alguien tiene una visión. Inteligencia emocional en estado puro. Hay que tocar el corazón de la audiencia. El viejo truco de la nostalgia. La infancia siempre funciona. Revive los recuerdos del niño que fuiste y representa, a la vez, el futuro de tus hijos. Conmovedor pero gastado. ¿Niño o niña? plantea una voz puñetera. Habrá que ser políticamente correctos. Viva la discriminación positiva. Ha sido niña y se llama España.
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